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miércoles 8 de octubre de 2014

A como dé lugar

A como dé lugar

El análisis de Vicente Massot

No son legión —ni mucho menos— quienes están dispuestos a seguir el derrotero presidencial de Cristina Fernández hasta las ultimas consecuencias, pero los que están junto a ella y forman parte de su círculo íntimo o su elenco ministerial no se atreven a disentir con la Señora nunca y tampoco son capaces —no importa cuan maltratados sean— de plantar bandera, cantarle las cuarenta y mandarse mudar sin pedir permiso. Es de sobra conocida la respuesta que recibió, desaparecido Néstor Kirchner, el otrora poderoso ministro de Infraestructura, Julio de Vido, cuando se dio cuenta de que había caído en desgracia con la viuda del santacruceño y que, por tanto, sus relaciones nunca serían iguales con la mujer que las tejidas con el marido. Una airada Cristina Fernández le dijo, sin pensarlo dos veces, que sin su autorización se iría muerto o preso.

Salvando las distancias, algo similar acaba de suceder con el ex–presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega. Eran públicas y notorias las diferencias que lo separaban del mandamás de la cartera económica y en consecuencia resultaba cantado que, en cualquier momento, sería despedido de su cargo sin demasiadas explicaciones. Nadie imaginaba, en cambio, que la salida se parecería a las de las ratas por tirante y, menos aun, que mientras la presidente entonaba una filípica a expensas suya en un auditorio colmado de obsecuentes, uno de los que aplaudiría las críticas con las cuales la jefe de estado estaba anunciando su renuncia resultaría el mismísimo titular del Banco Central.

El tercer ejemplo es el del gobernador de la provincia de Buenos Aires cuyos esfuerzos —verdaderamente sobrehumanos— para caerle en gracia a la Fernández nunca prosperan y cuanto más es el afán que pone para quedar bien y recibir la bendición de la Casa Rosada, tantas más son las humillaciones que recibe del kirchnerismo de paladar negro. Con todo, Daniel Scioli sabe mejor que nadie hasta dónde su suerte esta asociada a la de Balcarce 50. El ya quemó las naves y no tiene retorno. Si acaso quisiese retroceder y reivindicar su razón independiente de ser respecto del gobierno nacional, sería inmediatamente fulminado. Por lo tanto, hace lo que mejor sabe: bajar la cabeza y obedecer, no sin antes convertirse en más papista que el Papa. No por nada, en el último fin de semana, sostuvo algo que nunca antes se había atrevido a definir de manera tan clara. Se asumió como el continuador natural del modelo K y hasta se animó a decir que no había que cambiar.

¿Qué convierte a esos hombres y a tantos otros de los que pueblan la administración kirchnerista en pusilánimes? ¿Qué los hace rebajarse de tal manera? ¿Qué los lleva a tolerar en silencio los maltratos o el malhumor de la poderosa de turno? ¿Por qué están dispuestos siempre a callarse la boca cuando la presidente los increpa o disiente con ellos? Si Cristina Kirchner se pareciese a Iósif Stalin, se entendería el fenómeno y la respuesta sería que el miedo los paraliza. Pero salvo un enajenado o un ignorante nadie trazaría una comparación entre la Kirchner y el líder bolchevique. Para el caso, tampoco se parece demasiado a Juan Domingo Perón. No tiene ni su carisma ni su autoridad ni suscita, de parte de sus subordinados, la fascinación que despertaba el general.

Y sin embargo ahí están, presidenciables del Frente para la Victoria y gobernadores del peronismo, diputados nacionales y senadores, intendentes del Gran Buenos Aires y ministros del Poder Ejecutivo, secretarios de Estado y jefes de las Fuerzas Armadas, pendientes todos de los caprichos de la señora y dispuestos a cumplir sus órdenes como si fueran autómatas, o poco menos. No es una relación enfermiza. Sencillamente es la demostración de que, mientras ejerza el poder en plenitud y sea inflexible con sus enemigos, la presidente se asegurará la subordinación de sus incondicionales —precisamente porque eso son— y también de algunos timoratos que no son capaces de aguantarle una mirada fija.

Durante la semana pasada Cristina Fernández le dio una nueva vuelta de tuerca al mecanismo de poder que pacientemente creó su marido y ella heredó y perfeccionó. Dejó en claro —por si existiesen dudas al respecto— que su intención, ahora más que en otras circunstancias difíciles del pasado, es rodearse de talibanes. Gobernará, pues, el último año que tiene de mandato con los cuadros provenientes de La Cámpora o del riñón puro y duro del kirchnerismo. Está visto que ha pasado el tiempo de los técnicos o de los especialistas. La designación de Alejandro Vanoli en el Banco Central pone al descubierto la voluntad de Cristina Fernández de rodearse de enragés.

Nada está cerrado ni totalmente decidido en materia política para el gobierno: ni la candidatura presidencial ni el tema de los hold–outs ni la promulgación del nuevo Código Penal. Todo hace suponer que, si en el camino de aquí a las PASO, hallase un delfín que verdaderamente la representase, Scioli sería echado a un lado y tratado como un trapo de piso. No obstante, en tanto alguien así no aparezca —el tiempo dirá qué tanta batalla puede dar en la interna del FPV Florencio Randazzo— el mandatario bonaerense podrá alentar esperanzas. Sobre todo luego del espaldarazo que recibió del Papa Francisco en la visita que la presidente acaba de hacerle en Roma. Con los modos propios de la orden jesuítica, Bergoglio le hizo saber a Cristina su aprecio por Scioli. A la luz de la relación que han forjado después de años de duros desencuentros la presidente y el vicario de Cristo, Scioli debe haber bailado en una pata a poco de enterarse.

Otro tanto corresponde decir de la deuda externa. Lo más probable es que en enero no pase nada y que el default siga su curso, corregido y aumentado, aunque el asunto podría retomar el cauce del cual no debió apartarse si la presidente entendiese, a principios del año próximo, que su política de confrontación destemplada la conduce de manera irremediable a una salida anticipada del poder.

En los noventa días por venir —poco más o menos— asistiremos a un ensayo a escala importante de intervencionismo económico y no sería de extrañar que si la situación empeorase sensiblemente en materia social —cosa que no debe descartarse— la política del gobierno, hegemonizado por el camporismo, sea la de echar mano a cualquier recurso con tal de llegar a buen puerto en diciembre de 2015. Todo el poder a La Cámpora no es un slogan ni una exageración para meter miedo. Refleja la relación de fuerzas dentro del espacio K y es una promesa, a corto plazo, de la puesta en marcha de una estrategia dirigista sin fisuras ni contemplaciones de ninguna índole.

Si para muestra vale un botón, véase la siguiente. El día en que el gobierno decidió cargar contra el Banco Mariva, Axel Kicillof se tomó el trabajo de convocar, uno por uno, a los principales operadores financieros de la City. Su discurso fue el mismo en todos los casos: sentarse serio frente a su interlocutores, decirles que no especularan más con el contado con liqui y que le pusiesen un tope de 14,90 al valor del dólar en ese tipo de operaciones y, finalmente, amenazarlos apuntando que si no seguían sus instrucciones el gobierno utilizaría en su contra a la AFIP y no trepidaría en poner en vigencia la ley de terrorismo económico para domesticar a los díscolos. De más está señalar que los U$ 6000 MM que reclamó Vanoli a los productores, acopiadores y empresas exportadoras de granos puede dar lugar a medidas draconianas en el momento menos pensado.

Ha llegado la hora del estatismo a como dé lugar. Hasta la próxima semana.

 

Fuente: Massot / Monteverde & Asoc.