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Jueves 11 de junio de 2009

Aprietes e ingerencias bolivarianas

El autoritario estilo chavista se derrama sobre la región y contagia –tan sólo con pequeñas variantes– a varias naciones dispuestas a extraviar el rumbo de la libertad.

Hugo Chávez es un autoritario. Disfrazado quizás, pero autoritario al fin. Sus seguidores también lo son. Rafael Correa con más picardía que otros. Los Kirchner con fuerte disimulo (para que no se note). Fernando Lugo cada vez con más dudas sobre si arrojarse (o no) a los brazos de Chávez. Y Evo Morales, burdo, provocador y descarado como pocos.

Riesgos físicos

En Bolivia, ser opositor hoy es peligrosísimo. Existe riesgo físico cierto. Esto es, la posibilidad real de sufrir la agresión material de turbas manejadas a control remoto por los líderes del Movimiento al Socialismo (MAS) que conducen Evo Morales y el pensante Álvaro García Linera, su Vice-presidente (una suerte de Horacio Verbitsky local).

Allí acaba de suceder una fea agresión más. La diputada opositora (de Podemos), Jheymi Flores, ha sido agredida brutalmente en las calles de Oruro.

Por indígenas “comunarios” (campesinos) llegados “espontáneamente” de la provincia de Avaroa. A palazos y latigazos. Abiertamente, a la luz del día y frente a todos, en el casco céntrico de la ciudad. La diputada terminó maltrecha, lastimada, con diez días de recuperación por delante por los golpes y heridas recibidos.

Para la agredida, los responsables de la agresión serían el propio Prefecto orureño, Alberto Luis Aguilar, y el presidente de la Brigada Parlamentaria del MAS de ese departamento, Heriberto Lázaro. La diputada Flores hizo, por ello, denuncias al Ministerio Público (que no hará seguramente nada destacable) y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, organismo regional que tiene una pila de denuncias similares relativas a una Bolivia cada vez más inestable.

Este es el cuarto caso de violencia política personalizada ocurrida en las últimas semanas en territorio boliviano.

Lo precedieron los conocidos casos del indígena ex Vice-presidente, Víctor Hugo Cárdenas (despojado de su vivienda por la fuerza por una turba de “comunarios” en Sank’ajauira, que además la saquearon); de la diputada masista Marleny Paredes (agredida en Yungas); y del también dirigente indígena, Marcial Fabriciano (a quien se le propinaron 50 latigazos, antes de dejarlo tendido en el suelo, abandonado).

La situación es grave. Detrás de los atentados aparece la intolerancia. También el deseo -calculado- de golpear, intimidar y amenazar. Para sembrar el miedo y alimentar el odio.

En este caso, la fraguada “indignación popular” (los llamados “movimientos sociales” son solamente instrumentos del poder que se organizan, mantienen, estimulan y empujan a voluntad) tuvo aparentemente que ver con una denuncia de la diputada en el sentido que el Prefecto local había cedido 145 kilómetros cuadrados de su jurisdicción a otro departamento. Lo que no es algo menor, como “descuido”. Los agresores indígenas le exigieron, antes de golpearla, que se retractara de la acusación. No lo hizo, y sufrió la planificada barbarie desatada contra ella.

Los acusados respondieron, con la soberbia del MAS, sugiriendo que la diputada estaba montando un “show político”, en busca de “protagonismo”. A costa de su físico y salud. Increíble. La diputada cumplía, corajudamente, con el deber que su condición de mandataria le impone. La acompañaba su hermano, quien también fue víctima de patadas y palazos.

Las vejaciones se están acumulando sobre los dirigentes de la oposición boliviana. Por esto, “hacer política” en Bolivia es jugarse la vida. Los autores de los atentados se excusan detrás de la noción de “justicia tradicional indígena” que -sostienen- está privilegiada y protegida por la nueva “Constitución Política” de Bolivia, que es una receta perfecta para el caos.

Si la presunta tradición indígena se sobrepone a los derechos humanos de los bolivianos, el camino iniciado por Morales conducirá a enfrentamientos. Terminará mal. Con choques entre quienes pretenden subyugar a los demás (como si fuera su derecho) y quienes no quieren retroceder al atavismo y perder, en el camino, sus preciadas libertades esenciales, aquellas que hacen a su condición humana. Para preocuparse, y mucho, por el rumbo que están tomando las cosas en el país del norte.

Detrás de Morales están las sombras de Castro y Chávez, que desde el exterior “mueven las fichas” en el tablero boliviano, en partida de alto riesgo. Creyendo que son los dueños de la verdad cuando, enfrentados con hombres de la talla de un Mario Vargas Llosa, lo único que se les ocurre es salir corriendo ante la posibilidad del ridículo.

Claro “do ut des” de “Lula” a Evo Morales

Acicateado por su ventrílocuo Hugo Chávez (que alguna vez soñó con desplazar a “Lula” del timón del liderazgo regional), Evo Morales lastimó a las inversiones brasileñas en Bolivia. Ahora comienza a recoger lo que sembró.

En efecto, el gobierno del Brasil acaba de anunciar (contra lo que esperaba Evo Morales) que ha concedido asilo político a 118 bolivianos-pandinos que están en el Brasil huyendo a la persecución desatada contra ellos, a los que Evo Morales pretende involucrar en la masacre del 11 de septiembre de 2008 ocurrida en el sector “Cuatro Cañadas”, en la localidad de El Porvenir, departamento de Pando; un episodio confuso (en el que hay acusaciones cruzadas entre el gobierno y la oposición) de enfrentamientos armados, en los que quedaron once campesinos muertos.

Casi todos los refugiados eran “cívicos” o empleados prefecturales que temían ser víctimas de las clásicas “represalias” violentas del gobierno de Morales, prolijamente planificadas y disfrazadas de “justicia indígena”, como se ha visto.

Sí, lector, usted recuerda bien. No se equivoca. Ese es el episodio sangriento en el que UNASUR (sólo ratificada, sugestivamente, por Bolivia) designó al izquierdista radical Rodolfo Mattrollo, el Sub-secretario de Derechos Humanos de los Kirchner -un hombre de vinculaciones con los militantes violentos de la izquierda radical argentina- para encabezar una “Comisión Investigadora” de esos sucesos designada por UNASUR. Su increíble “informe” ha dejado a Mattarollo en el ridículo desde que -vergonzosamente- algunos de los muertos que allí se denuncian han aparecido con vida.

Muchos sospechan que todo fue armado por el MAS y que UNASUR sólo salió en su auxilio antes de que las cosas se le fueran de las manos, para proporcionar al MAS y a Morales una “excusa creíble”, casi “legítima”, para quienes no advierten que es lo que puede haber detrás del informe de la “Comisión Investigadora” de UNASUR.

La decisión del gobierno de Brasil se conoció a través de los diarios de ese país. Ella consideró que “hay riesgos de persecución política” contra los refugiados. Y es así. Particularmente porque entre ellos están Ana Melena y Ricardo Shimokawa, dos cívicos pandinos de renombre.

Cabe destacar que la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas intercedió a favor de los refugiados, seguramente con información auténtica en sus manos, aquella que descoloca a Morales. También el Ministro de Justicia del Brasil, Tarso Genro, un ex dirigente comunista, que ha acordado que se conceda refugio a los bolivianos perseguidos por Morales. Quizás lo hizo para distraer la atención respecto de su decisión previa de no extraditar al prófugo ex terrorista marxista italiano Césare Battitsti, requerido por la justicia peninsular.

Se presume ahora que, para las Naciones Unidas al menos, no se han cometido en Pando “delitos de lesa humanidad”, lo que, de haber sucedido, hubiera impedido conceder refugio a los bolivianos.

Lo sucedido, como dirían los romanos, es un claro “do ut des” de “Lula” a Evo Morales. Para hacerle la vida más fácil a un Morales aclaramos que la traducción es: “te doy lo que me das”. Y es lo que ha hecho “Lula”.

Tensión en el Amazonas peruano

El norte amazónico del Perú, habitualmente verde, se tiñó de rojo. Sin embargo, lo sucedido no puede catalogarse de sorpresa. Se sospechaba que podía ocurrir. Las “sombras” de Hugo Chávez y Evo Morales habían aparecido en ese remoto rincón de la nación hermana. Ahora deben encontrarse las “huellas digitales” de ambos desestabilizadores. No es imposible. Pero no será fácil. Ambos son expertos en generar estos conflictos. Y campeones cuando de violar el principio de “no injerencia” se trata.

Por esto, el presidente Alan García comentó que los violentos sucesos responden a una “agresión cuidadosamente preparada contra el Perú”. Detrás de ella, agregó, hay “políticos que predican fórmulas extremistas que no han tenido eco en la población de las ciudades”, en alusión al hombre de Hugo Chávez en el Perú, Ollanta Humala, cuya popularidad nacional está por el suelo y que ya no parece capaz de amenazar la estabilidad de un Perú que quiere ser un país moderno, abierto al mundo, que crece velozmente y con renovada confianza en sí mismo.

Azuzados fácilmente por extremistas con experiencia en este tipo de revueltas, los indígenas amazónicos de la región de Bagua -en lo que es una derivación del largo conflicto por los recursos naturales de la zona, incluyendo la explotación de la madera con riesgos de deforestación- asesinaron a sangre fría a 22 policías peruanos. Entre ellos, a 9 que tenían cautivos, que fueron degollados. A los demás los desarmaron, les quitaron los uniformes y los asesinaron a machetazos.

El líder de la rebelión en el Amazonas, Alberto Pizango huyó -como se esperaba- refugiándose en la Embajada de Nicaragua.

Los policías asesinados cumplían funciones de vigilancia en la estación 6 del Oleoducto Nor-peruano y estaban en sus viviendas cuando los indígenas invadieron su campamento. Otros 6 policías están aún en manos de los insurrectos, en algún lugar de la selva. Cerca de un caserío llamado Cusugrande, en Imaza, provincia de Bagua. Sus posibilidades de sobrevivir parecen bajas.

El ejército del Perú ha tomado el control de la zona por instrucciones del Poder Ejecutivo. El General Raúl Silva Albán comanda las operaciones que se llevan a cabo en la región del Amazonas y las provincias de Jaén y San Ignacio de Cajamarca, en las que rige el toque de queda.

Lo importante es que este conflicto, fogoneado desde el exterior, no derive en nuevas expresiones de salvajismo. Ni se desborde. Hay más de un centenar de indígenas detenidos, cuya integridad debe garantizarse.

Lo que no debe dejarse pasar es la incitación a la violencia que, según ha denunciado el Presidente Alan García, llega desde el exterior con propósitos de desestabilización. Quienes están detrás de ella son responsables de los desmanes que han sucedido, cuya repetición debiera evitarse. Son ellos quienes, en su prédica utópica, han desequilibrado a las poblaciones locales, empujándolas hacia la violencia.

Es obvio que ellos dirán que no es así. Siempre lo hacen, escondiendo su mano, como cuando Fidel Castro -en la década de los 70- armara el brazo de la guerrilla en varios países de la región, según él mismo ha admitido públicamente. Desde las sombras han envenenado las mentes de los indígenas, a quienes han empujado al camino sin retorno: el de la violencia. Para tensionar aún más las cosas, la Ministra de Justicia de Bolivia, una mujer propensa a provocar, llamó al gobierno de Alan García: “neo-liberal y corrupto” y “sometido a los gringos”. Parece mentira. Porque hay pocas administraciones tan repletas de corrupción como la de Bolivia. Aquello de “la paja en el ojo ajeno” mantiene su vigencia, queda visto.

La “injerencia” boliviana en Perú está probada. El propio Evo Morales envió una carta al “Congreso de Indígenas” realizado en Puno (cinco días antes de los hechos de violencia en el Amazonas) en la que plantea la necesidad de pasar de la “resistencia” a la “rebelión”, esto es a una “definitiva revolución”. Gravísima, como incitación. Irresponsable, como intromisión.

Morales se defiende señalando que la carta (leída en el Congreso) no estaba dirigida sólo a los indígenas del Perú, sino a “todos” los de América Latina. Peor, entonces: la “ingerencia” de Morales apunta a “todos” los países de la región (que denomina “Abya Yala”, en lugar de “América Latina”).

El Puno es -recordemos- la zona del Perú en la que la “mano oculta” de Chávez y la de Morales aparecen con mayor frecuencia. La “Carta” de Morales (y seguramente otras acciones paralelas) atizó el fuego y la violencia en el Amazonas peruano. Morales habla como sujeto pasivo del gran manipulador de la región: Hugo Chávez. Y se mueve, obviamente, con sus dineros. De allí la corresponsabilidad. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).


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