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Jueves 29 de abril de 2004

Argentina: un problema cultural

Los argentinos le hemos dado forma a un modo de vida y costumbres que derivan en una organización institucional que conduce al permanente conflicto. El resultado: un país que no crece, se estanca y, más grave aún, retrocede peligrosamente.

No hay reunión social donde, hablando de la decadencia argentina, no llegue el momento en que alguno de los presentes afirme que tenemos un problema cultural. Inclusive en muchos programas de televisión y radio suele formularse esta idea.

El problema con esta afirmación es que decir que tenemos un problema cultural deja totalmente difuso el problema de fondo y da lugar a que se empiecen a dar ejemplos que terminan conformando una fenomenal ensalada de conceptos e ideas, agregando más confusión a la ya existente.

¿Qué significa tener un problema cultural? ¿Que en la Argentina cayó un meteorito con un virus que nos hizo a todos incultos y tarados? ¿Que en el aire flota alguna bacteria que nos hace torpes e indisciplinados? ¿Que porque somos descendientes de españoles e italianos, estamos condenados al fracaso, siendo que estos dos países hoy progresan?

Personalmente estoy de acuerdo con que tenemos un problema cultural, pero definiendo cultura como lo define la Real Academia Española en su tercera acepción: “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”. Tomándome de esta definición que incluye modos de vida y costumbres, yo diría que nuestro modo de vida y costumbres derivan en una organización institucional que conduce al conflicto social permanente.

¿Qué quiero decir con instituciones? Las normas, leyes, códigos, reglas que regulan el comportamiento entre los particulares y de éstos con el Estado. Si se quiere, podemos resumir instituciones como las reglas de juego con que se manejan casi todas las personas de la sociedad, incluyendo al Estado.

Formuladas estas aclaraciones, considero que nuestra costumbre, que forma parte de la cultura argentina, es creernos con el derecho a ser mantenidos por el resto de la sociedad. El empresario se cree con derecho a ser protegido de la competencia. El que trabaja en relación de dependencia se cree con derecho a tener una legislación que lo proteja a él y desproteja al desocupado. El profesional considera que tiene derecho a tener su coto de caza. El político a ser subsidiado por el resto de la sociedad para ejercer su actividad y mantener su estructura partidaria. Todos se sienten con derecho a… El problema es que nunca se aclara quién y porqué tiene la obligación de…

Desde mi punto de vista, a partir del primer gobierno de Perón, en Argentina se desarrolló una cultura de la dádiva por la cual, supuestamente, los políticos tienen el monopolio de la solidaridad. Esta cultura de la dádiva, que no fue modificada por ninguno de los gobiernos posteriores, implica que el Estado se ha convertido en un gran antro de corrupción donde quienes manejas los planes sociales pueden construir todo el clientelismo político que quieran y, al mismo tiempo, repartir todo tipo de privilegios sectoriales a cambio de una “contribución” a su patrimonio personal.

Por otro lado, esta cultura lleva al conflicto social permanente, porque el avance de un sector de la sociedad depende de su capacidad de lobby para convencer al funcionario público de turno para que, compulsivamente, le transfiera los ingresos y patrimonios de otros sectores. En consecuencia, cuando la mayoría de los sectores, con el consentimiento del estado, adopta esta regla de juego, pocos producen y muchos quieren vivir a costa de otros. Todos se enfrentan contra todos.

Analizar el origen de esta cultura argentina, excede largamente las posibilidades de esta nota, pero vale la pena preguntarse: si nos ha ido tan mal con esta cultura del resentimiento y el despojo de los otros a través del Estado, ¿por qué seguimos aplicándola? ¿Por qué la gente no vota propuestas diferentes? ¿Por qué no cambiamos de patrones culturales?

Mi impresión es que influyen varios factores que, por el momento, impiden modificar estas reglas de juego, es decir, nuestra cultura.

En primer lugar, la gente común no tiene porqué comprender tan estrechamente la relación entre el progreso económico y el orden jurídico.

En segundo lugar, los medios de comunicación -no todos-, han tenido y siguen teniendo una influencia negativa en la posibilidad de cambio. ¿Por qué? Porque muchos periodistas, sin ningún tipo de formación académica, incentivan esa costumbre de reclamar programas sociales sin especificar ni quiénes tienen que financiarlos ni por qué deberían hacerlo. Muchos medios y periodistas ensayan el mismo tipo de populismo que practica parte de la dirigencia política. Defienden las políticas del robo legalizado para quedar como personas sensibles ante la pobreza e identifican la riqueza como causa de la pobreza de otros, cuando no alientan teorías conspirativas del exterior y un falso nacionalismo. Y, reconozcamos que los medios influyen en forma sustancial en la gente. Cuántas veces alguien me ha dicho: “pero si lo leí en tal diario”. Como si ese diario fuera la verdad revelada… mientras uno sabe que tal diario está repleto de chantas que viven haciendo operaciones de prensa de todo tipo al mejor postor.

En este caso, lo más curioso es que los dueños de esos medios, que son empresarios, y los anunciantes de esos medios, que también son empresarios, financian posturas que van en contra de las reglas de juego que ellos, en privado, dicen defender.

Quiero aclarar que soy totalmente consciente de que la afirmación que acabo de hacer en el párrafo anterior es políticamente incorrecta, porque la misma, seguramente, va a ser tildada de reaccionaria, autoritaria, fascista y en contra de la libertad de expresión. Pero como estoy acostumbrado a que en Argentina se den vuelta todas las cosas para no argumentar, sino para descalificar al que piensa distinto, no tengo problemas en ser políticamente incorrecto.

Finalmente, por ser políticamente incorrecto, yo asumo el costo de andar en un auto común, mientras que muchos de los periodistas progres y con sensibilidad social cenan en los mejores restaurantes, tienen sus regios autos y viven en casas espectaculares.

En tercer lugar, el sistema educativo se ha encargado de llenarles la cabeza a nuestros hijos de conceptos totalmente equivocados e históricamente falsos. Basta con hacer el ejercicio de leer los libros que utilizan en los colegios para advertir el lavado de cerebro al que están siendo sometidos, donde la descalificación del capitalismo es una constante, así como el enaltecimiento de una redistribución justa del ingreso y la cultura de la dádiva es la consigna a inculcarles a los jóvenes. El capitalismo es malo. Los progres son buenos, aunque torturen como Fidel Castro o impulsen regímenes totalitarios como hizo el Che Guevara.

En cuarto lugar, los dirigentes políticos se benefician de todas estas reglas de juego porque les permiten manejar la caja, otorgar prebendas y todo tipo de privilegios, consiguiendo, de esta manera, poderes propios de un rey despótico, disfrazando todo el proceso como democrático. Lo que se busca es convencer a la población que los actos de los gobernantes, por más aberrantes que sean, están convalidados por el voto mayoritario y no por estar sujetos al orden jurídico de la libertad.

En quinto lugar, se advierte una ausencia bastante notoria de una dirigencia empresarial que se arriesgue a cambiar las reglas de juego del país. Francamente, y salvo en casos muy especiales, no se observa un categórico compromiso por lograr la modificación de las actuales reglas de juego. Unos, porque se benefician con las reglas actuales; otros, porque tiene temores de toda naturaleza.

Luchar contra todo esto, y otros puntos que aquí no expuse por una cuestión de economía de espacio, es una tarea colosal pero no imposible.

Podemos cambiar estas reglas de juego o, si se quiere, nuestro problema cultural, formando líderes de opinión lo suficientemente comprometidos con las ideas de un gobierno limitado y la cultura del esfuerzo personal, del riesgo empresarial y del trabajo, para enfrentar esta ola de populismo progre que invade la Argentina y la va denigrando año a año.

La tarea es larga, pero cuanto más nos demoremos en enfrentar a estos falsos profetas de la solidaridad social, más profundo caerá la Argentina, justamente, por un problema cultural. © www.economiaparatodos.com.ar




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