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Jueves 16 de febrero de 2006

Batallas perdidas

El presidente está intentando un camino que le conduce al fracaso: no termina de comprender que la inflación no puede resolverse con intervenciones políticas apoyadas en amenazas de controles de precios, ni en apelaciones al altruismo de los hombres de empresa. La inflación actual no es producto de la actitud de empresarios codiciosos, sino que es un fenómeno monetario provocado por las políticas cortoplacistas del propio gobierno.

En los últimos 40 años, nuestro país fue conducido, por su clase dirigente, a través de un sendero de derrotas y de batallas perdidas. Por eso no debe extrañarnos que al comparar la renta real per cápita, en términos de poder adquisitivo del dólar, la misma es hoy exactamente igual a la de 1945, el año en que se inició el ascenso político del peronismo al poder. La enorme diferencia consiste en que entonces la brecha distributiva entre ricos y pobres era de 7,6 veces, mientras que hoy, después de medio siglo de vigencia de leyes laborales y de retóricas declaraciones en pro de la justicia social, la misma brecha es de 38 veces entre los mayores y menores niveles de ingresos. Toda una paradoja política que debe hacernos reflexionar.

En estos momentos, el presidente Kirchner comienza a darse cuenta de que ha abierto la caja de Pandora de la inflación y que ella puede ponerlo entre la espada y la pared. Recordemos que, según la mitología griega, Pandora fue la primera mujer de la humanidad ofrecida a los hombres para castigarlos por su orgullo. Ella es responsable de haber abierto la caja en la que Zeus había encerrado todos los males, mientras que en la caja sólo quedó la esperanza.

El propio estilo presidencial -confrontativo, displicente, antojadizo y en riesgosa soledad- comienza a jugarle malas pasadas porque le impulsa a utilizar una visión retrospectiva apoyada en criterios oportunistas de cortísimo plazo que son incompatibles con las exigencias para resolver las cuestiones económicas que requieren una visión racional, prospectiva y de largo plazo.

El presidente está intentando un camino que le conduce al fracaso. No termina de comprender que la inflación no puede resolverse con intervenciones políticas apoyadas en amenazas de controles de precios, ni en apelaciones al altruismo de los hombres de empresa. Porque la inflación no es producto de la actitud de empresarios codiciosos, sino que es un fenómeno monetario provocado por políticas cortoplacistas del propio gobierno.

Para evitar que la inflación provoque un constante y sostenido aumento en el nivel general de precios hay que respetar las reglas sutiles que aseguran la estabilidad monetaria. Aquí el presidente tiene un prejuicio. Él cree que la estabilidad monetaria impide el crecimiento económico puesto que está influenciado por el recuerdo de la década de los 90. Pero la experiencia universal nos enseña que en un marco de estabilidad es muy posible obtener una enorme expansión económica siempre y cuando se cumpla con la condición de que la balanza de pagos se mantenga equilibrada. Ello significa que el empleo de una parte de renta nacional para pagar importaciones, cancelar deudas y saldar servicios financieros permita dejar sin demanda interna una fracción de igual valor de la producción nacional para que lo disponga la exportación. Si pretende proteger el mercado interno para privilegiar a algunos empresarios y, al mismo tiempo, desea cancelar deudas con el Fondo Monetario Internacional (FMI), pagar las importaciones y recaudar enormes sumas de dinero con impuestos sobre las exportaciones, entonces su propia política desequilibra el conjunto.

Esta delicada situación de equilibrio económico entre comercio interno y comercio exterior es imprescindible para que se mantenga un lazo muy sutil entre la cantidad de dinero en circulación con el nivel de los encajes deseados por la población, de manera que no se engendre ningún excedente de demanda global característico de la inflación.

Pero si el gobierno quiere mantener alto el precio del dólar para recaudar impuestos y ordena al Banco Central emitir moneda para comprar dólares y rehacer las reservas devastadas por la reciente cancelación de la deuda no vencida al FMI, entonces su propia política está cebando la bomba aspirante-impelente que le producirá una inevitable inflación.

Como el dinero emitido por el Banco Central para comprar dólares no es atesorado por la población como encaje deseado, sino que es repartido bajo la forma de subsidios a empresarios favoritos y bajo la forma de planes asistenciales con motivaciones político-electorales, en realidad está sobrealimentando la demanda global. Los precios no tienen otro camino más que aumentar en la medida que la oferta interna sigua estancada y no se permitan importaciones de otros países.

Emitir dinero para comprar dólares y, al mismo tiempo, querer impedir que se produzca un aumento de precios significa aplicar la técnica de la inflación reprimida que inexorablemente termina con el estallido inflacionario o con la pérdida de toda libertad económica y política.

Convendría recordarle al gobierno que el camino que está llevando lo conduce inexorablemente a una nueva batalla perdida.

Jacques Rueff, en su fascinante libro “La era de la inflación”, nos enseña que en la historia de la humanidad un sólo hombre pudo pactar con el demonio de la inflación emitiendo dinero para financiar los gastos militares sin que aumentaran los precios internos. Ese hombre fue Adolf Hitler, con Hjalmar Schacht, su ministro de economía y presidente del Reichsbank durante 1933-1939.

Pero este siniestro personaje histórico sólo consiguió dominar políticamente la inflación instaurando un régimen monstruoso.

El sistema que le permitió emitir dinero y reprimir la inflación de precios fue el siguiente.

Los salarios y las tarifas de servicios se cobraban en billetes Reichmarks, mientras que las materias primas, los insumos, los equipos de producción y todos los bienes materiales sólo podían conseguirse mediante cupones. Es decir que no podían comprarse con dinero cuyo único destino consistía en acumularlo sin poder utilizarlo.

Para que el sistema de cupones funcionase bien se había establecido un régimen de propiedad privada sin libertad para adoptar decisiones económicas. Toda decisión de invertir, de ampliar empresas, de fusionar sociedades, de habilitar o cerrar talleres debía ser aprobada por el todopoderoso ministerio de Planificación Económica (Planwirtschaft). Para asegurarse de que los empresarios respetasen las medidas de ese ministerio, el gobierno implantó una política de terror que estaba a cargo de la policía de seguridad del Estado, la Gestapo (Geheime-Staats Polizei), y de los grupos populares de asalto, camisas pardas o piqueteros de las SA (Sturm-Abteilung).

Así pudieron pactar con el demonio de la inflación. El control político de los precios mediante órdenes presidenciales sólo conduce a reprimir temporalmente la inflación y luego a un régimen de racionamiento que puede mantenerse a costa de la pérdida de todas las libertades civiles. © www.economiaparatodos.com.ar



Antonio Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.




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