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miércoles 31 de diciembre de 2014

Carta abierta a Eduardo Galeano

Carta abierta a Eduardo Galeano

Antes que nada e independientemente del contenido que Galeano estampa en su prosa, quiero subrayar su talento realmente formidable para administrar una pluma que produce resultados que encandilan de admiración al lector

Una especie de hechizo superlativo de un prestidigitador que juega con las formas del idioma y que exhibe una gimnasia gramatical que se asimila a estar escribiendo poemas permanentes con una cadencia notable, por más que se trate del género del ensayo.

Habiendo dicho esto, destaco lo que es evidente: su contribución a la demolición de la sociedad abierta, o mejor dicho, a lo que queda de ella puesto que durante las últimas largas décadas los gobiernos se han propuesto el estrangulamiento de las libertades de las personas que gobierna. Astronómicos incrementos en el gasto público, impuestos insoportables, regulaciones asfixiantes en el contexto de marcos institucionales degradados hacen que el Leviatán avance sobre los espacios privados de la gente dejando a su paso pobreza para todos, muy especialmente para los más necesitados. Aquellas medidas las propone Eduardo Galeano con entusiasmo. Flota en sus trabajos la presencia de la suma cero de la teoría de los juegos, es decir, lo que gana uno lo pierde el otro retrotrayéndonos a la época mercantilista. Nada original por cierto. En Las venas abiertas de América Latina concluye que “cuanto más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios”, con lo cual le da la espalda al hecho de que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes se benefician.

No distingue para nada el empresario que para mejorar su situación patrimonial debe servir a sus semejantes: si acierta gana y si yerra incurre en quebrantos. No distingue esta situación con el pseudoempresario que se enriquece debido al privilegio que le otorga su alianza con el poder político de turno, con lo que explota miserablemente a sus congéneres.

La emprende contra un capitalismo prácticamente inexistente, incluso en el otrora baluarte del mundo libre, Estados Unidos, donde de un largo tiempo a esta parte los gobiernos han traicionado los sabios consejos de los Padres Fundadores para, en su lugar, abrazar la latinoamericanización en el peor sentido de la expresión, lo cual incluye “salvatajes” para negociantes irresponsables, ineptos e indecentes, claro está con los recursos de los que trabajan honestamente. Embiste contra el mercado como si no se percatara que se trata de millones de arreglos contractuales entre los que está el mismo Galeano, no solo para su vivienda, su vestido, su alimentación y su recreación sino de modo muy especial para vender su antedicho libro (y muchos otros, también de su autoría) que va por la edición sesenta y ocho con jugosos derechos de autor.

Sus recetas son anacrónicas, son las que aplicaron y aplican todos los países atrasados del planeta pero están vestidas con un ropaje nuevo y adornados con una prosa elegante, por más que ataque por las razones equivocadas a las nefastas instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial que sin duda habría que disolver por el daño mayúsculo que infringen con recursos coactivamente detraídos del fruto del trabajo ajeno, a manos de burócratas que reciben pagas suculentas y que viajan en primera con pasaportes que les permiten acarrear compras que no revisan las malditas aduanas que ellos mismos apoyan.

Hace algo más de veinte años, en la revista mexicana Perfiles, publiqué un artículo titulado “El mundo al revés de Eduardo Galeano” donde criticaba uno de los libros del mencionado autor (Patas arriba. La escuela del mundo al revés) donde intenté mostrar que lo que está al revés es en gran medida debido a la absorción de lo dicho por autores como Galeano y que, en consecuencia, el mundo al revés estaba, entre otras, en la cabeza de este escritor. Abría aquella nota con una cita que hacía este autor en la que se leía lo siguiente: “Donde no se obedece la ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. ¿A quien pertenece esta cita?: a Al Capone en una entrevista publicada en Liberty el 17 de octubre de 1931. Esto mismo es dicho y repetido por los políticos estatistas con deslumbrante hipocresía luciendo unas sonrisas bastante estúpidas de un cinismo dignas de mejor causa. Pero henos aquí que Galeano no lo ve así, según él el problema radica en los privados que usan y disponen de lo adquirido lícitamente como consecuencia de lo intercambiado con otros. Es por eso que alaba enfáticamente el experimento oprobioso de la isla-cárcel cubana que constituye su modelo.

Pero ahora, según algunas de las declaraciones recientes de Galeano, parece que está disgustado con las recetas que había propuesto. Sin embargo, no se decide que sistema abrazar. En un escrito corto de su autoría consigna que se cayó del mundo y no sabe por que puerta entrar, al tiempo que se queja de la sociedad del descarte en la que a cada rato se cambia de celular, de televisor, de automóvil, de computadora y hasta de mujer o marido y de valores, en el contexto de vivir endeudados y otras observaciones atinadas.

Pero en estos comentarios con tono quejumbroso, deben diferenciarse dos planos bien nítidos. Por una parte, los descartes y rotaciones de bienes y servicios y, por otra, el abandono de valores y principios. Esto último hace que se pierda la brújula, los mojones o puntos de referencia, suponiendo que está aludiendo al respeto recíproco que implica las libertades individuales, la palabra empeñada en los contratos y la propiedad privada, en primer lugar del pensamiento y la integridad física de cada cual y, luego, del producto de su trabajo.

El otro plano es puramente axiológico y depende en gran medida de la educación formal e informal recibida y de elucubraciones personales. Por ejemplo y salvando las distancias, personalmente me disgusta la música, las canciones y los movimientos espasmódicos de Michael Jackson que por otra parte nunca supe a ciencia cierta si era negro o blanco, varón o mujer, pero nada se puede hacer como no sea dedicarse a la persuasión sobre la eventual superioridad de otras composiciones musicales, escenarios distintos y bailes diferentes. Lo mismo va para la tilinguería de mucho de lo que se trasmite por televisión y así sucesivamente, que incluye el afán de cambiar artefactos y demás actitudes y preferencias, para lo cual bajo ningún concepto es aceptable el recurrir a comisarios sino que se requiere respeto para que cada uno siga su camino siempre y cuando no se lesionen derechos de terceros.

En resumen, mi propuesta para Galeano es que retome el mundo después de su caída más o menos vertiginosa y entre raudamente por la puerta de la libertad y denuncie con el vigor que lo caracteriza todo lo que signifique el uso de la violencia para con personas que no se entrometen en los derechos de otros y, simultáneamente, insista en la docencia para mostrar los desperdicios humanos al destinar esfuerzos en pro de la zoncera sistemática que se aparta de los fines de excelencia que hace posible la condición humana, posibilidad que la diferencia de las otras especies conocidas.

El conocimiento es provisorio sujeto a refutaciones, para lo cual se requieren debates abiertos sin ningún tipo de censuras. Un sistema liberal (no el absurdo invento de “neoliberal”, etiqueta con la que ningún pensador de fuste se identifica) en el que marcos institucionales se circunscriban a proteger los derechos de todos, dejando por completo de lado a los megalómanos que pretenden manejar vidas y haciendas ajenas, sin comprender que el conocimiento es disperso y fraccionado y que, por ende, los así llamados planificadores concentran ignorancia con la petulante y morbosa inclinación de imponer lo que debe hacer cada uno.

Muy bienvenido sería Galeano a las filas liberales, lo cual significa el respeto irrestricto para los proyectos de vida de otros. Filas donde no hay popes sino intercambios de ideas con plena conciencia que es una tradición de pensamiento que está y estará en permanente ebullición porque en la vida terrenal no hay un punto final que no sea susceptible de mejorar. Bienvenido por su antes referida pluma colosal y por su honestidad intelectual al exponer sus dudas existenciales por donde entrarle al mundo. Por otra parte, es de interés apuntar que la ansiedad y angustia que muestra la necesidad de rotaciones permanentes sin solución de continuidad, la caricatura de la existencia al exhibir públicamente lo privado en Facebook y la pretendida comunicación con un interlocutor presencial pero mirando todo el tiempo el celular, obedecen a la falsificación de guías, valores y principios que se dejan de lado para adoptar no se sabe qué al compás de cambios por el cambio mismo.

Por último, señalo que el clima de tensión y de violencia que muchas veces acompaña esa especie de angustia permanente, es consecuencia de imposiciones atrabiliarias de un Leviatán adiposo y creciente, tal como lo expone en detalle y muy documentadamente Butler S. Schaffer en su largo ensayo titulado “La violencia como producto del orden artificial” que, en definitiva, genera tensiones que aumentan sin cesar y demuelen el orden en el sentido que tradicionalmente lo ha entendido la civilización, claro está, basada en el respeto recíproco en consideración a lo sacro de las autonomías individuales.