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Lunes 29 de octubre de 2007

Comunicación y prevención de conductas adictivas

Estar comunicados con nuestros hijos no es simplemente “hablar con ellos”, sino que también implica –entre muchas otras obligaciones– compartir tiempo con ellos, transmitirles valores y establecer tareas y responsabilidades.

La posibilidad de comunicarnos es una capacidad que nos diferencia del resto de los seres en esta tierra. El encuentro con el otro se hace posible a partir de la comunicación, que se vuelve una herramienta fundamental de supervivencia afectiva desde los primeros momentos de vida.

La madre, a través de sus primeros intentos de descifrar el interior de su bebé (lo que le pasa y lo que necesita), inicia una comunicación que se irá complejizando e irá permitiendo el crecimiento de su hijo.

Esta comunicación puede tener momentos de conflicto o de sintonía, pero implica necesariamente el gesto de interés y de preocupación por el hijo. De esta forma, la madre le transmite al bebé la certeza de que hay otro al que le interesa y que se preocupa por él.

Dar cuenta de la comunicación como gesto y herramienta necesaria para crecer y vivir implica dar cuenta de la existencia de la posibilidad de mediatizar, de poner palabras y pensamiento donde en un principio hay sensaciones, cuerpo y necesidad.

Entonces, siguiendo este lineamiento, podemos decir que en un inicio hay un bebé que es un cuerpito con sensaciones y necesidades, físicas y afectivas, que los padres van a codificar, poniéndole palabras y adjudicándole pensamientos, y a partir de las cuales también responderán.

Es así cómo se inicia y estimula la comunicación con nuestros hijos. No sólo les enseñamos a entender qué es lo que les pasa, sino también a postergar y a tolerar estados de insatisfacción, a diferenciar entre lo instantáneo y lo mediatizado.

Sabemos que a-dicción hace referencia a lo no dicho. Implica la dificultad de poner en palabras, de obturar mediante una nueva sensación un estado de necesidad que no puede ser puesto en palabras, pensado o postergado.

Hoy en día, accedemos a la realidad cotidiana de que quienes tienen cierta dificultad en la posibilidad de comunicarse están más predispuestos a conductas adictivas. Situación que se potencia al máximo a partir de una sociedad consumista que invita a obturar una dificultad o necesidad a través de conductas que impiden ese proceso de pensamiento.

Por ejemplo, la compra obstruye la necesidad de crecer en la autoestima. Los trastornos en la alimentación impiden tomar contacto con la necesidad del vínculo con el otro y anestesian la sensación de soledad. El juego cercena la dificultad de aceptar las incertidumbres e instituye la omnipotencia del control. El alcohol y las drogas evitan la posibilidad de tomar contacto con ciertas carencias, lanzan al individuo a realizar aquello que de otra manera no se animaría y ayudan a evadirse ante el dolor de lo que no se ha podido resolver. Internet, por su parte, impide la posibilidad de hacerse cargo de los actos y evita el encuentro afectivo.

Desde el lugar de padres, sabemos que mantener la comunicación con nuestros hijos es un ejercicio constante, que requiere de mucha paciencia. El encuentro con ellos se verá facilitado en la medida que sepamos ubicarnos en nuestro rol.

Un rol que da lugar a las diferencias generacionales, sin confundirse: La cercanía y una buena comunicación no implican adolescentizarnos, sino generar un espacio de diferenciación, en el que la distancia óptima nos permita un encuentro genuino entre padre e hijo.

Este rol de padre implica establecer la posibilidad de postergar, de poner palabras, de animarse a confrontar con un adolescente que desea imponerse desde su más vehemente naturaleza y afectividad. Responder instantáneamente a estos requerimientos implica obstaculizar el desarrollo y el crecimiento de aptitudes y del pensamiento de nuestros hijos.

Estar comunicados con nuestros hijos no se entiende simplemente como “hablar con nuestros hijos”. Estar comunicados con ellos significa cumplir nuestro rol y nuestras funciones, que dan cuenta del amor que sentimos por ellos.

La comunicación con nuestros hijos implica compartir tiempo con ellos y espacios de actividades diversas, poder establecer tareas y responsabilidades adecuadas a la edad de nuestros hijos, valorar sus respuestas y esfuerzos, transmitir valores, acompañarlos en las dificultades, respetar su intimidad… y muchas otras cuestiones.

En este caminar juntos desde el inicio de la vida de nuestro hijo, favorecer una comunicación cercana y eficaz implica también ayudar a la prevención de conductas adictivas. © www.economiaparatodos.com.ar

La licenciada María Elena Prenafeta es miembro del equipo de profesionales de la Fundación Proyecto Padres.


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