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Jueves 28 de mayo de 2009

Del viejo Aristófanes a nuestro Marcelo Tinelli

El humor como herramienta para desenmascar la verdadera esencia de los políticos es una molestia para los gobernantes desde hace cientos de años.

La historia, es sabido, suele repetirse. Aunque los tiempos y las circunstancias sean distintas. Después de todo, el pasado –como el presente– tienen que ver con la gente y sus actitudes. Por eso vale la pena, a veces, detenerse a recordarlo.

Al rememorar la rica historia de Atenas no muchos recuerdan gratamente a Cleón. Menos aún son los que lo valoran o recuerdan con alguna veneración. Prácticamente ninguno lo admira. Porque Cleón fue uno de los primeros demagogos de que da cuenta la historia. Pese a que durante su gobierno las Guerras del Peloponeso -que enfrentaron a Atenas contra Esparta- se prolongaron implacablemente, por años. Con todas sus consecuencias adversas sobre la vida cotidiana de los pueblos contendores.

No obstante, los estudiosos de las relaciones internacionales invocan, sin embargo, a Cleón con alguna frecuencia (recordando el famoso “Debate Mytileano” de Tucídides) cuando de definir lo que ahora llamamos realpolitik. Después de todo, a él se debe, históricamente, la primera definición conocida de lo que hoy denominamos el interés nacional.

Ocurre que el mencionado Cleón, no solo era un demagogo, también era un hombre desagradable, arrogante, violento, brutal, vulgar y -por sobre todo- audaz. Como suele suceder con los demagogos, era también carismático. Pero, por sobre todas las cosas, Cleón era un gobernante capaz de envenenar el diálogo, dividir, enfrentar, lastimar e intimidar sin pausa. Por ello, naturalmente, era temido.

La primera víctima política importante de Cleón fue, recordemos, el propio Pericles. En su ambiciosa marcha hacia el poder, Cleón no toleró nunca que nadie le hiciera sombra respecto del favor del pueblo de Atenas. Por eso persiguió incansablemente al talentoso Pericles, a quien acusó falsamente -entre otras cosas- de corrupto, desprestigiándolo para siempre frente a su pueblo.

La segunda víctima de Cleón fue un notable intelectual. Me refiero a Aristófanes, un recordado escritor de piezas de teatro con las que ridiculizaba y mortificaba duramente a Cleón ante los ojos y oídos de los atenienses que, en procura de diversión, concurrían masivamente al antiguo Teatro de Dionisio.

Aristófanes procuraba, con las mofas e indirectas que abundaban en las piezas de teatro que producía, despertar a los atenienses a una triste realidad: que su democracia había sido groseramente desfigurada por Cleón, que concentrara todo el poder en sus manos y predicara un discurso único e intolerante, el propio, exacerbando al máximo los resentimientos. A la manera de los Kirchner.

Queda así visto que desde la misma antigüedad los gobernantes se molestaban con el humor de quienes, desde los escenarios, advertían a todos acerca de la realidad, recurriendo a exagerar los trazos gruesos más negativos de la personalidad de las autoridades de turno.

Porque el trasfondo que se ocultaba tras lo aparentemente banal de los dichos de los actores era en rigor sumamente serio. Grave, más bien. Los sarcasmos y entuertos acumulados evidenciaban -con frecuencia, desde la exageración- cual era la realidad de lo que efectivamente sucedía, que el ritmo de la vida cotidiana ocultaba o disimulaba.

Ayer como hoy, las mismas burlas. Las mismas técnicas para hacer pensar, llorar o reír. Idénticas chanzas indirectas. Similares imágenes y sugerencias. Las cosas aparentemente no han cambiado demasiado.

Por esto hoy el activo conductor de televisión Marcelo Tinelli, una suerte de moderno Aristófanes -salvando las distancias personales, ciertamente- molesta al poder desde su programa “Show match”, uno de los de mayor rating en la televisión argentina. Incomoda. Perturba. Denuncia. Evidencia. Y mucho. Por eso duele.

Lo hace al dar rienda suelta a su humor duro, penetrante y pícaro. Uno que sin decir demasiado sugiere con sus desopilantes imágenes. Esto es, desafiar al poder de turno al dar pena y hacer reír al propio tiempo, desnudando la verdad que todos conocemos, quitándole a los líderes políticos el falso brillo que, en su entorno, algunos se dedican dócilmente a edificar y otros -con fea obsecuencia- a pulir y resaltar. Tratando -todos ellos- de disimular la verdad de lo que efectivamente sucede, alimentados por la ambición sin límite que siempre mueve a los demagogos.

Por eso, más allá de los tiempos y las distancias, Aristófanes y Tinelli cautivan. Hacen reír y pensar al propio tiempo, cuando la verdad es que uno debiera tener ganas de llorar ante la horrenda realidad política con la que se enfrenta.

Para la Corte Suprema argentina, según lo dicho en el caso “Patitó”, lo de Tinelli no es otra cosa que una expresión de “los debates ardorosos y las críticas penetrantes que son el principal instrumento para sostener la democracia participativa”. Y es así. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).


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