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Lunes 4 de junio de 2007

Después del domingo

El rotundo triunfo de Mauricio Macri en las elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires abren una luz de esperanza respecto al surgimiento de una fuerza de oposición desligada del peronismo que permita reencauzar la vida política argentina hacia la racionalidad, la civilización y la paz.

La dimensión de la victoria de Mauricio Macri en las elecciones en la Ciudad de Buenos Aires dejó con la boca abierta a más de uno. Ningún encuestador lo colocaba con comodidad por arriba del 40% de los votos y a todos les costaba pronosticarle una diferencia mayor a 10 puntos sobre el segundo, cualquiera fuese éste.

A juzgar por los resultados, la decisión de la ciudad es clara: Buenos Aires quiere un gobierno racional, operativo, cercano al concepto de “gerencia” y alejado de las ideologías. El fracaso monumental de la izquierda –en todas sus formas– en el distrito que siempre le resultó más simpático es sintomático, aunque, claro está, los muchachos “progresistas” jamás acusan recibo de los bofetazos de la gente.

Para Macri, su triunfo por más de 20 puntos es un indudable espaldarazo político. Le costó cuatro años ablandar ese núcleo rancio de tilinguería porteña que se la da de intelectual y que desdeña lo práctico, como si fuera algo de segundo orden.

Sin embargo, tanta inacción, tanto deterioro y tanta falta de atención a los problemas reales de la ciudad terminaron, finalmente, por perforar ese piso hecho de concreto y con bastante mezcla de envidia y resentimiento.

La de la ayer fue una elección “nacionalizada” antes de que suceda, pero parecería que no tiene, por ahora, el poder de proyectar su resultado al resto del país. La versión nacional de Macri ha sido, hasta ahora, Ricardo López Murphy (en especial, después de la desgracia en la que cayó quien había sido su otro aliado fuera de Buenos Aires, Jorge Sobisch) y el líder de Recrear no ha logrado replicar el fenómeno del presidente de Boca en el resto del país.

Si esa tendencia se concretase alguna vez, sería posible soñar con una oposición por fuera del mismísimo peronismo, para que el país deje de tener reunidos, en el seno de ese movimiento, que todo lo abarca y todo lo ocupa, el gobierno y la oposición.

Ese esquema macabro al que el peronismo tendió y que finalmente obtuvo (muy consolidadamente desde el fracaso de la Alianza y desde la pelea entre Carlos Menem y Eduardo Duhalde) ha llevado al desastre a la civilización política de la Argentina.

El país, preso de las furias internas del Partido Justicialista, sufrió, como si fueran propias, las peleas del peronismo, las muertes del peronismo, las mafias del peronismo y las lacras del peronismo. También tuvo que acudir al peronismo cuando todo se deshacía.

Este sistema debe terminar. El país debe ir, como el resto de las naciones civilizadas y de las democracias avanzadas, a un esquema que represente su centroizquierda (la democracia social) y su centroderecha (el liberalismo económico, el “occidentalismo” y la reivindicación de la formalidad), y esas corrientes deben alternarse pacíficamente en el gobierno. Aunque personalmente lo dude, dicen que el presidente Néstor Kirchner apoya esta idea.

¿Habrá comenzado con Macri la punta de este camino? ¿Es, en todo caso, Macri un liberal económico, un “occidentalista” y un “formal” desde el punto de vista de las maneras? Aún no se sabe.

Mauricio Macri parece el presidente del directorio de una empresa, el CEO de una sociedad que lo tiene como su principal funcionario ejecutivo. Está claro que la ciudad votó eso. Y está claro que votó así porque los ciudadanos de Buenos Aires quieren un administrador que ponga algo de sentido común en los temas cotidianos de la ciudad.

Pero la proyección hacia el país necesita, además, un conjunto de principios que “engorden” al administrador, que le den un sentido filosófico a su accionar y al marco de su administración. La idea de que el país tenga la alternancia de las democracias avanzadas requiere pragmatismo y principios. Pragmatismo para saber que el peronismo (o, al menos, parte de él) estará allí listo para hacerle la vida imposible a cualquiera que no sea de su propio palo. Y principios para ofrecer a la sociedad una idea simple y sencillamente trasmitida que la saque de su obnubilamiento de “peronismo o ingobernabilidad”.

El presidente Kirchner, más allá de que su candidato ve muy desde abajo a quien ayer triunfó en la ciudad, puede tener alguna razón para celebrar: el nacimiento de alguien a quien pueda identificar como su enemigo es esencial para su tipo de persona. Construyó poder, ni bien llegó al gobierno, generando combates contra adversarios que él mismo inventó. Crispó a la sociedad, incluso sin tener oposición política de peso, repartiendo insultos hacia los más variados rincones de la vida nacional. Ahora podría estar naciendo un adversario que tendría todos los números en donde se rifan los improperios del presidente. Si así fuera, la Argentina pacífica no sacará provecho del resultado del domingo. Tampoco si Macri terminara siendo más funcional a Kirchner que el propio Jorge Telerman. Sólo la proyección seria, y quizás lenta, de lo que ocurrió en Buenos Aires al resto del país dará esperanzas al pensamiento de que, algún día, la vida política argentina sea razonable, civilizada y pacífica. © www.economiaparatodos.com.ar


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