Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image
Scroll to top

Top

lunes 24 de junio de 2013

Detrás de la agitación social en Brasil

Detrás de la agitación social en Brasil

Los radicales usan el descontento para presionar a la presidenta, Dilma Rousseff, para que adopte políticas más estatistas

Que nadie le venga a decir que la agitación social de las últimas semanas en Brasil es una rebelión espontánea contra un gobierno poderoso y corrupto.

Existen reclamos en contra de una mala gestión del gobierno y la corrupción, eso nadie lo duda. Pero los manifestantes necesitan organizadores y mis indagaciones sugieren que los adversarios políticos de Dilma Rousseff en la izquierda radical están trabajando a sol y sombra para poner en práctica la famosa frase de Rahm Emanuel, el ex jefe de gabinete del gobierno de Barack Obama: nunca desperdicie una crisis.

La respuesta de Rousseff determinará si Brasil se mantiene fiel a la evolución emprendida hace varias décadas hacia un capitalismo democrático o vuelve a caer en los años 70. Sería bueno que recuerde las palabras de la primera ministra británica Margaret Thatcher, que decía que quienes se quedan parados en el medio de la carretera son arrollados.

Durante los ocho años que el presidente del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) Luiz Inácio Lula da Silva gobernó Brasil (2002-2010), personas ajenas se maravillaron de la moderación del ex líder sindical amigo de los Castro. Hugo Chávez convirtió a Venezuela en un pantano socialista. Pero Lula, quien alguna vez propuso que Brasil debería caer en una cesación de pagos de su deuda externa y otras perogrulladas socialistas, respetó el poder de los mercados internacionales de capital.

Lula trató de asegurarles a los inversionistas de que Brasil estaba listo para hacer negocios. La estabilidad cambiaria, una política energética que permitía la participación de empresas extranjeras y ganancias competitivas en agricultura le dieron a Brasil la apariencia de un país que empezaba a despertar del letargo de un Estado omnipresente. Gestores globales de dinero le dieron el visto bueno. Con una clase media en crecimiento, Brasil se convirtió en la niña mimada de Wall Street.

Los constituyentes de Lula en la izquierda radical no estaban conformes. Habían esperado mucho tiempo para que su candidato llegara al poder. Lo que no lograron con las balas en los días de la guerra de guerrillas, lo obtuvieron en las urnas, librando al país de cualquier semblanza de capitalismo, o al menos eso fue lo que creyeron. Lula no cumplió tales promesas, lo que fue interpretado como una traición.

El problema de los socialistas radicales fue que los brasileños empezaron a prosperar gracias a las políticas de cuasi-mercado de Lula. La baja inflación y un nuevo programa de asistencia social para los más pobres erosionaron el atractivo del radicalismo. Mientras el capital seguía llegando a raudales a Brasil, el real se mantuvo fuerte y el futuro lucía prometedor. Las expectativas se elevaron.

El gobierno de Lula no escatimó gastos para ayudar a la persona que había elegido para sucederlo a alcanzar la victoria. Desde que llegó al poder, Rousseff ha gastado también a manos llenas. Además, ha cometido una serie de errores de políticas que han agravado el derroche fiscal.

Para entender el aterrizaje de Brasil, es bueno tener en cuenta que la fortaleza del real, con todos sus beneficios, desnudó la debilidad competitiva de los fabricantes del país. En lugar de dejar que se adaptaran, el gobierno intervino con fuerza en los mercados de divisas para intentar debilitar la moneda y reforzó el proteccionismo.

John Welch, estratega de América Latina del Canadian Imperial Bank ok commerce CM.T -0.53% subraya que Brasil elevó a 25% el año pasado los aranceles sobre las importaciones de 100 bienes de capital. «Además», me escribió Welch por correo electrónico el sábado, «el gobierno aumentó a 60% las reglas de contenido local en concesiones en exploración y producción de petróleo (en aguas profundas), generación de electricidad, carreteras y proyectos de infraestructura que involucran al gobierno. Si a esto le añadimos la política obsesiva de debilitar el real, el colapso de la inversión en 2012 no es de extrañar».

La desaceleración económica está aumentando los temores de los inversionistas acerca de la disposición del gobierno a recuperar la disciplina fiscal. El viernes, Alberto Ramos, analista de mercados emergentes de Goldman Sachs, GS -2.89% advirtió en un informe que la política fiscal de Brasil «se está volviendo cada vez más expansionista».

Ramos señaló que la actual tasa de desempleo de 5,8% constituye un mínimo histórico para Brasil. Pero el PIB del país descendió a 0,9% el año pasado y la inflación, que incluye los volátiles precios de los alimentos y la energía, se ubica en 6,7%. La inflación acumula un alza en doce meses de 8,3% en los bienes cuyos precios no son controlados, y de 9,8% en los bienes no transables, como servicios.

Los brasileños tienen otras quejas. Adoran el fútbol, pero la inauguración de unos 10 estadios de cara al Mundial del próximo año parece una cachetada a los muchos que están descontentos con el deterioro de las carreteras, hospitales y otros servicios públicos. Rousseff ha hecho algunos esfuerzos para controlar la notoria corrupción de su partido, pero no han sido suficientes.

De todos modos, vale la pena preguntarse quién organizó tan bien los bloqueos de las carreteras y los actos de vandalismo que se desataron en el país luego de un aumento anual en las tarifas de los autobuses. Hay evidencia sólida de que se trata de grupos desilusionados y radicales a la izquierda de Rousseff. Las protestas en Porto Alegre, por ejemplo, empezaron bajo el liderazgo de grupos como el Partido Socialismo y Libertad, que fue fundado por ex miembros del PT expulsados por oponerse a la reforma de pensiones de Lula.

Utilizando un mensaje en contra del estatus quo y las redes sociales, los organizadores no han tenido problemas para atraer a los jóvenes de distintos colores políticos. Es muy probable que la mayoría de ellos no sepan que están siendo utilizados.

Rousseff puede solucionar su problema abriendo los mercados brasileños y reconociendo que el Estado no es el motor del crecimiento. O puede negociar con los organizadores de las manifestaciones y restablecer el lugar de Brasil como el perpetuo país del futuro.

 

Fuente: http://online.wsj.com