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Jueves 8 de febrero de 2007

Doña Cristina nos quiere gobernar

En su carrera hacia la presidencia, Cristina Fernández de Kirchner tiene algunas falencias que debería remediar con urgencia, como su escaso conocimiento sobre política internacional.

La senadora por la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández de Kirchner, como decía la pegajosa canción que alguna vez cantamos, cuando éramos más jóvenes, “nos quiere gobernar”. A todos… y rapidito. Y muchos (como los bigotudos Fernández), cual lacayos, “le siguen la corriente”, porque precisamente para eso están en el poder.

Cristina ambiciona, desde hace rato, llegar al máximo nivel del poder. A la cima. A la presidencia. O sea, tener en sus manos todo el poder posible. Hasta ahora lo ha tenido que compartir (más o menos) con su esposo, pero –claro está– con éste firmemente en el timón, “confrontando” con todos, sobre todo, todo el tiempo. Y sólo él sabe, los demás, nunca.

Ahora, la poderosa doña Cristina cree que ha llegado su turno de empuñar ese mismo timón y que don Néstor debería, por ello, dar un prudente “paso al costado”.

De paso, con esta obvia variante matrimonial del nepotismo más descarnado, los esposos Kirchner anulan, sin demasiado disimulo, la sensata restricción constitucional contra las reelecciones múltiples y, entre ambos –una vez uno y otra vez el otro–, pergeñan que podrían instalarse indefinidamente en la Casa Rosada y concentrar todo el poder de la República en sus manos.

En esto de “amasar” poder doña Cristina es especialista, según surge de la reforma que prohijó –e impuso personalmente– del Consejo de la Magistratura, que –con total desprecio a las normas de la Constitución– somete a nuestra justicia a los designios del poder político. Cristina, esta vez, “lo hizo posible”.

La ambiciosa Cristina tiene, es cierto, algunas limitaciones de formación. Entre las más significativas está toda el área de la política exterior, materia en que la senadora es una total neófita. No sólo porque no ha caminado el mundo, sino porque no conoce sus principales cuestiones. Tampoco habla idiomas. Ni siquiera inglés. Por esto hace algunos meses admitió en una extraña presentación universitaria en San Francisco, California, en la que estuvo incómoda, que ella es “de la generación del “yankee go home” (sic) y que eso es “todo lo que sabe de la lengua de Shakespeare”. Como carta de presentación, horrible.

No obstante, Cristina tiene sus asesores en materia de política exterior, quienes deberían actuar como arietes, a la manera de llaves o trampolines, para que no se note cuán poco sabe sobre esta materia.

El primero y principal entre ellos, su real hombre de confianza, es nuestro actual cónsul en Nueva York, un novato en la materia, sin experiencia diplomática alguna.

Me refiero a Héctor Timerman, un “bon vivant”, casado con una mujer de gran fortuna personal y un acérrimo enemigo del rabino Sergio Bergman (que le ha resultado un verdadero “grano”, desde que su actuación pública y coraje cívico han impedido a Timerman cumplir con su promesa de alinear a la muy diversa comunidad judía detrás de los Kirchner). Lo de la tremenda derrota oficialista en Misiones, en la que Bergman fue actor principal, desdibujó la imagen de Timerman como “todopoderoso” en la comunidad judía.

La segunda es Susan Segal, la controvertida directora ejecutiva del Consejo para las Américas, que cada vez que puede toma el té con doña Cristina, de lo que se pavonea en Nueva York, desde que no hay otra “amiga” norteamericana que, en esto, le haga sombra. La señora de Bush, en los agitones de la recordada Cumbre de Mar del Plata (en la que nuestro Néstor estuvo abiertamente descortés con el presidente norteamericano) tuvo que aguantarla todo un almuerzo, sin entender mucho lo que decía.

Segal sería –ante las limitaciones demostradas por la actuación del cónsul Timerman– la encargada de diseñar una visita rimbombante de doña Cristina a Nueva York. Una que proyecte la imagen de ser una persona “in” en el país del norte, esto es, del riñón de figuras demócratas prominentes de la política norteamericana.

La verdad es que Cristina se desvela por obtener una foto (que muestre intimidad) con Hillary Clinton, que pueda exhibir en Buenos Aires. Y no le importa que Segal, cuando fue una alta funcionaria del Chase Manhattan Bank (de los Rockfeller) haya sido una de las más duras acreedoras externas de la Argentina, responsable de técnicas como los “blindajes”, los “corrales” y prácticas similares respecto de un deudor difícil, como nuestro país. Para don Néstor, esto sería presumiblemente suficiente para descalificar –de plano– a Segal inmediatamente, tildándola de “usurera”, “imperialista”, “especuladora”, “chupasangre de los pobres argentinos” y otros adjetivos de corte similar.

Pero el proyecto no será fácil.

Puede que a Cristina su pasado (y. más aún, su presente) la condenen. Y cabe alertar, antes de que “se tiren a una pileta sin agua”, que cuando Ségolène Royal, la excelente candidata socialista a la presidencia de Francia, intentó (como pretende Cristina) “pegarse” a Hillary, los asesores de ésta última dijeron un rotundo “no”, porque Ségolène es vista como una mujer que está realmente demasiado a la izquierda del espectro político y un encuentro originalmente planeado fue luego anulado, a comienzos de diciembre pasado.

En cuanto le cuenten a doña Hillary (que se esmera por proyectar una imagen de centro y moderación) el pasado de los dos Kirchner, sus vinculaciones y su simpatía (y cercanía) con el presidente de Venezuela, el “bolivariano” Hugo Chávez, con Fidel Castro, Evo Morales y Rafael Correa, hay mucho riesgo de que Cristina, de pronto, “no valga una misa”. Y es posible que no la valga. © www.economiaparatodos.com.ar


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