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jueves 21 de abril de 2005

El buen gobierno corporativo

El prestigio de los ejecutivos ha sufrido duros golpes como consecuencia de algunos recientes escándalos corporativos. El resultado es que los jóvenes ya no se sienten atraídos por el mundo de los negocios, lo que pone en riesgo el futuro de uno de los pilares fundamentales de la sociedad libre: la empresa privada de capital atomizado en pequeños accionistas.

Los casos Enron, Parmalat, Arthur Andersen y otros muchos más han favorecido la creación de nuevas normas en materia de gobierno corporativo que intentan prevenir futuras crisis empresarias, pero no está tan claro que regulaciones como el Código Olivencia español, la Sarbanes-Oxley Act norteamericana o nuestro Decreto 677/2001 puedan ser útiles también para recuperar el profesionalismo y la conducta ética de los verdaderos protagonistas: los ejecutivos de empresas.

Durante décadas, integrar este grupo fue sinónimo de excelencia, algo que sedujo a los mejores talentos a incorporarse a las carreras de negocios de las principales universidades y a editoriales a publicar infinitos títulos, mientras la palabra “ejecutivo” calificaba productos y servicios y un compendio de códigos y actitudes, desde la vestimenta hasta el modo de hablar, se adueñaba de generaciones de jóvenes deseosos de alcanzar éxito material y reconocimiento social en una actividad prestigiante.

Hoy, parece que esa magia se ha roto, y que la percepción social cambió.

Primero se descubrió que las factorías esclavistas del Lejano Oriente no las dirigían torvos piratas de ojos rasgados, sino atildados ejecutivos de afamadas empresas productoras de calzado, juguetes o vestimenta.

Luego, fueron los especialistas en fusiones y adquisiciones quienes revelaron ser socialmente despiadados, y más tarde la burbuja tecnológica expuso que este grupo podía también mostrar una increíble impericia para entender las reglas básicas de la economía y los negocios.

Finalmente, se vio a encumbrados ejecutivos de corporaciones petroleras, alimenticias y de telecomunicaciones caminar esposados y cabizbajos, acusados de falsear balances, mentir resultados y robar a sus accionistas. Se descubrió así un círculo vicioso que afectaba el corazón mismo del concepto liberal-capitalista de la libre empresa.

Ejecutivos de reputadas empresas multinacionales falseaban resultados de ganancias y pérdidas en balances que certificaban otros ejecutivos de prestigiosas firmas internacionales de auditoría, y que a su vez ejecutivos analistas de distinguidas firmas de inversión usaban para recomendar a sus clientes comprar acciones que luego vendían ejecutivos de acreditados bancos. Se cerraba, de esta manera, un perverso círculo que hería la credibilidad del sistema económico que tanta riqueza había creado en el siglo XX y, al mismo tiempo, hundía en el desprestigio a sus administradores.

Además, estos ejecutivos en sus empresas recompensaban con carreras meteóricas a quienes cumplían con los preceptos de la contabilidad creativa y relegaban o desvinculaban a quienes se oponían a estas prácticas, creando una cultura del silencio por temor a la exclusión.

La corporación ejecutiva reaccionó castigando a empresas y a firmas de auditoría con quiebras y disoluciones e intentó enmendarse con nuevas normas de gobierno corporativo y nuevos directorios supuestamente independientes, aunque al poco tiempo, una vez superada la tormenta pública, los fieles servidores caídos en desgracia fueron reincorporados, porque… qué mejor que un ex-auditor para presidir una empresa.

Hoy, en las sociedades de principios del siglo XXI, los jóvenes ya no son más atraídos por el mundo corporativo, prefieren intentar emprendimientos propios de magnitudes pequeñas, que permitan a sus empleados saber que el jefe es también el dueño del negocio y que eventuales reingenierías o “downsizings” responderán a verdaderas razones de negocio y no al logro del bono anual del ejecutivo principal de turno.

Este proceso coincide con un nuevo paradigma que privilegia la libertad y el tiempo libre, algo que la publicidad muestra con vibrantes exorcismos de corbatas al aire y huidas hacia bucólicos paisajes, lejos de los escritorios con luz artificial que antes eran imagen de éxito, aunque nadie le diga a ese joven que arroja radiante la corbata por la ventanilla cuál es el camino correcto para que unos kilómetros más adelante pueda pagar el combustible que necesitará para seguir viaje hacia la felicidad.

Es difícil prever las consecuencias para el conjunto de la sociedad, por el momento sólo se ve el daño ocasionado a un pilar fundamental de la sociedad libre –la empresa privada de capital atomizado en pequeños accionistas–, pero aún ningún nuevo “cursus honorum” reemplaza en el imaginario colectivo al anterior, lo cual amenaza un futuro en el que, si los mejores ya no son atraídos y los buenos que están se retiran tempranamente, sólo queden o se sumen al “mundo ejecutivo” quienes no den la talla, como ya le ocurrió a la antes prestigiosa administración pública.

Todavía hay tiempo para la reacción, está en manos de muchos ejecutivos formados en una tradición gerencial que abrevaba en políticas y procedimientos que exaltaba la pertenencia y los decálogos corporativos, que dedicaba tiempo y dinero a formar jóvenes profesionales en vez de bastardear el concepto de práctica rentada, que hacía profesión de fe del compromiso con la comunidad sin calcular el efecto publicitario, que se comprometía con la calidad de los productos que fabricaba o los servicios que brindaba, no por temor a las consecuencias judiciales sino por respeto a sí mismos. Una tradición que los transformó en referentes sociales creadores de riqueza y puestos de trabajo para millones de individuos que se incorporaron a los beneficios de vivir en una sociedad libre con posibilidades de ascenso social. © www.economiaparatodos.com.ar



Esteban Mac Garrell es abogado, economista y director de sociedades anónimas.




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