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jueves 26 de octubre de 2006

El campeonato

Los testimonios de dirigentes políticos y allegados a los protagonistas recogidos por la prensa luego de los incidentes en San Vicente conforman un rosario de absurdos y sinrazones que compiten entre sí por el puesto a la frase más ridícula.

La batalla campal de San Vicente dejó frases históricas tras los hechos vandálicos que acompañaron la nueva marcha de la necrofilia argentina.

Todo el hecho –desde su preparación hasta los tiros, piedrazos y demás yerbas ocurridos en el lugar en donde se suponía que Perón debía descansar en paz– fue una patética muestra de la tragedia que el país vive cotidianamente con la violencia.

Sin embargo, para comprender un poco la génesis de este cáncer, lo dicho en las horas siguientes al escándalo puede ser de una gran ayuda.

Cuesta elegir qué disparate ganaría el campeonato desatado tras la vergüenza que rodeó a la prepotencia sindical. Pero algunos de ellos sirven para resumirlos a todos.

Creo que el senador Antonio Cafiero ha ganado esa ominosa contienda por ser él un político que ha ejercido los cargos más importantes que la ciudadanía puede otorgarle a sus dirigentes. Fue precandidato a la presidencia de la República, gobernador de la provincia de Buenos Aires, senador y diputado nacional, ministro del Poder Ejecutivo, en fin, una persona que no puede confundirse con un marginal ni con un barrabrava. A pesar de ello, Cafiero, en diálogo con los periodistas, cuando éstos le remarcaron la desmesura asesina del chofer de Moyano, preguntó con cara y tono de ofendido: “¿¡Qué, mató a alguien?!”. La sola repetición de esa frase exime de todo comentario: según Cafiero, mientras el que dispara un arma a mansalva no mate a nadie, no produce ningún hecho digno de mención o de preocupación. Está claro que si por él fuera la tentativa de homicidio no sería un delito.

El segundo lugar de este campeonato de dislates lo ocupó un compañero sindicalista de Emilio “Madonna” Quiroz, quien también en contacto con la prensa y cuando ésta mencionaba la posesión del arma por parte del camionero, dijo: “¡Eso si es que la tenía…!”. A todo esto, las imágenes de Quiroz disparando a matar a quien tuviera enfrente habían recorrido el planeta cuatro veces.

El tercer puesto se lo lleva el inefable ex juez Daniel “Muzzarella” Llermanos, a la sazón abogado de Quiroz, quien –inscribiéndose en la tesis inaugurada por el salvador de la Patria Luis D’Elía– argumentó que su cliente era “un solidario”, cuya desinteresada intervención “había evitado una masacre”, disparando su arma “contra una pared absorbente” (¿?).

En el cuarto puesto ubicamos a la hermana del homicida en grado de tentativa, quien, dirigiéndose a la prensa, la increpó por “hacer leña del árbol caído”, como si su hermano fuera un pobre ángel, desválido e infortunado, del cual todos se aprovechan en su desgracia.

Por último, en el quinto lugar aparece un vecino de Quiroz, quien –cuando le preguntaron por él en el barrio que comparten– dijo: “¿Emilito? Más bueno que Lassie….”.

Yo pregunto: ¿no será mucho?, ¿no habrán superado ya todos los límites de la locura y de la sinrazón? Toda esta fraseología del dislate parece extraída de una comedia del ridículo. Pero no es así. Estas palabras no pertenecen a la inventiva volada de un guionista de humor negro. Fueron dichas por argentinos teóricamente “normales”. Un dirigente de altísimo prestigio en el Justicialismo, un representante sindical, un abogado y dos ciudadanos comunes no habían encontrado nada reprochable en la conducta de quien podría haber protagonizado una tragedia de muertos y heridos en lo que se suponía debía ser un acto de recogimiento y homenaje.

El peronismo, como no podía ser de otra manera, le volvió a entregar al país un espectáculo lamentable, escenas extraídas de su más inconfundible sello. ¿Qué ha ocurrido en la Argentina? ¿La sociedad ha incorporado a sus modales genéticos las maneras del peronismo? ¿O el peronismo –pícaro como pocos en la explotación demagógica de las lacras más profundas de la sociedad– ha aprovechado para su beneficio esta génesis social emparentada con la violencia y el desborde? ¿Qué ha sido primero: el huevo o la gallina?

Sea como fuere, los días que pasaron, sazonados con la violencia en San Vicente, en el Hospital Francés, en el fútbol y en la cotidianeidad de la calle, han entregado rezagos de los peores capítulos de la historia de la Argentina. Una historia que, desde el 26 de mayo de 1810, ha estado más relacionada con la muerte y la violencia que con la vida y la concordia. © www.economiaparatodos.com.ar

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