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Jueves 12 de abril de 2007

¿El deporte es salud?

Cuando el deporte sólo se valora por el éxito de sus resultados y la diversión desaparece de escena, vale la pena hacer una reflexión sobre el juego y los vínculos filiales.

“Expectativas” e “ilusiones” son palabras de fuerte peso que se depositan de manera casi involuntaria sobre el nacimiento de un hijo. Que será un gran alumno, tendrá un millar de amigos, cursará en los mejores ámbitos académicos, será un gran profesional. El famoso “Mi hijo, el doctor…”.

Ahora bien, detrás de estos lógicos deseos paternos habría que preguntarse qué lugar dejamos para sus decisiones personales, para sus originales intereses y qué posibilidades les damos de sortear nuestros anhelos adultos promoviendo el libre albedrío de quienes portan nuestra idéntica nariz, pero sus propios sueños.

Teniendo en cuenta que el deporte, cuanto menos en la infancia, es una gran oportunidad de juego entre pares, deberíamos creer que simplemente por gozar de carácter lúdico la actividad será fuente de placer y bienestar para el niño que lo practique.

Sin embargo, en la actualidad puede verse con facilidad un buen número de chicos desganados, enojados, perturbados, obnubilados con el éxito como único resultado. En la consulta psicológica, es frecuente escuchar frases de los padres del siguiente tenor:
“Diego (9 años) no disfruta jugando, hace un gol y ni siquiera lo festeja…”
“El otro día perdieron un partido y Federico (12) estuvo deprimido toda la semana…”
“Mi hija (14) ganó el partido de hockey pero estaba triste. Me dijo: ‘No, mamá, cómo voy a estar contenta si Mariana hizo dos goles más que yo’…”

Ante esta situación podemos lanzar la piedra hacia fuera de casa (colegio, entrenadores) o guardarla en el bolsillo e interpelarnos, concientes del peso e influencia decisiva de la mirada paterna en los chicos, una serie de cuestiones como padres:
– ¿Alguna vez le pregunté a mi hijo si él quiere “jugar” este deporte? ¿Le di la posibilidad de elección?
– ¿Podría convivir con la idea de que mi hijo no es un “talento” para el deporte y simplemente se divierte jugando con amigos?
– ¿Cómo vivo yo mismo los éxitos y los fracasos en el deporte y en la vida misma?
– ¿Qué imagen le muestro a mi hijo en mi accionar: cuando voy a verlo jugar, cuando vamos juntos a un estadio, etcétera?

Me sorprendió hace poco la imagen de un niño de apenas cuatro años que, aferrado al micrófono de la cámara de turno, entonaba inocente la canción de su equipo de fútbol. La letra incluía palabras como “marihuana” o “damajuana”, a modo de apología, claro, bajo la mirada cómplice y orgullosa de su padre.

Quizás sea el momento de replantearnos como adultos qué valores con respecto al deporte hemos introyectado para entender qué mensaje les estamos transmitiendo a nuestros hijos.

A través del deporte, el niño puede divertirse y comenzar a socializar en un marco de competencia donde lo que importa es el juego mismo. Puede aprender sobre el esfuerzo, el valor de las reglas y del trabajo en equipo, puede compartir y potenciar talentos, conocer su cuerpo y aprender a cuidarlo, comprender sobre los éxitos y las frustraciones, entre otras virtudes. Si lo entendemos de este modo, entonces sí podremos hablar desde nuestro rol de padres y confirmar el conocido refrán popular: “el deporte es salud”. © www.economiaparatodos.com.ar

El licenciado Arturo Clariá es miembro del equipo de profesionales de la Fundación Proyecto Padres.


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