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jueves 28 de agosto de 2014

El espíritu de Thomas Hobbes y el despotismo posmoderno de Kicillof

El espíritu de Thomas Hobbes y el despotismo posmoderno de Kicillof

Hace algún tiempo, obtuvimos una versión que nos quedó vivamente impresa en la memoria. La misma sostenía que Kicillof comentaba entre sus íntimos, con total desparpajo, que tenía totalmente ‘hechizada’ a Cristina

La semana pasada se publicó una foto en un acto de la Bolsa de Comercio, donde la Presidente, con un dedo en la boca y aire de colegiala “pescada” en falta, recibía una dura mirada de su ministro, regañándola en apariencia por algo dicho eventualmente por ella ese día que se habría apartado del libreto impuesto por quien parece usar su “fascinación” para constituirse en el “dueño” actual de las decisiones del gobierno.

Es una foto curiosa y bastante elocuente. Y lo que aumenta nuestras sospechas de que se trata de un “reto”, es el haberse podido comprobar que Cristina vive “improvisando” habitualmente sus discursos con la sola ayuda de “machetes” que le acercan sus colaboradores; costumbre que en los asuntos que se están debatiendo en estos días -que requieren precisión por tratarse de cuestiones técnico-legales-, no deberían sufrir en ningún caso “invasión” retórica alguna.

Durante el siglo XVIII, el filósofo inglés Thomas Hobbes –un teórico del absolutismo-, veía al Estado como garante y eventual “tutor” de por vida de la sociedad, indicando que se debía tratar a los ciudadanos como si fueran menores de edad que debían “funcionar” según el arbitrio del gobierno. Su obra Leviatán, abunda en conceptos que influyeron en lo que pasó a recordarse históricamente como “despotismo ilustrado”. Kicillof, como abanderado del “nuevo” kirchnerismo parece exudar esas ideas.

El joven Kicillof demuestra pertenecer a la casta de quienes se arrogan el derecho de enseñar a pensar y obrar a todo el mundo. Para un “¿académico?” como él no debe haber nada peor que una “diletante” como Cristina, lo que parece haber generado una suerte de “control remoto” entre ambos, mediante el cual el ministro ha puesto en marcha un plan de toma del poder para controlar al gobierno, desplazando poco a poco a todos los “históricos” aliados de Néstor y Cristina -a quienes seguramente menosprecia-, para reemplazar las “segundas líneas” de los organismos públicos con miembros integrantes de su propia tropa.

Al igual que los déspotas “ilustrados”, cree en la función de un gobierno sin sujeción a reglas, que detente el poder absoluto, al mismo tiempo que no trepida en ejecutar acciones que terminan denotando su falta de “rodaje” en cuestiones prácticas que parecen no importarle mucho. Siente que está suficientemente preparado para “esparcir doctrina” y sentar las bases de una idea de Estado que responde al pequeño ambiente en el que desarrolló su vida hasta hoy: sus cátedras de la Universidad. Algunos de sus exalumnos, hartos de su petulancia, han confirmado estas presunciones y dicen que no tiene interés en aprender porque “cree saber todo”.

Nuestra opinión: no vemos ninguna posibilidad para que esta versión posmoderna de las ideas de Hobbes prospere en el seno de una sociedad que comienza a rechazar las telarañas en las que se ha pretendido enredarla, por lo que a Kicillof le espera una batalla infructuosa contra el mundo real y sus circunstancias. Y también, por qué no, contra la venganza de los “desplazados” que han perdido los favores de la Reina por su culpa.

El gobierno alude al fin de su ciclo como si fuera una mera transición hacia el futuro, sin comprender que se están jugando la supervivencia HOY MISMO. Porque, para ser francos, creemos que del kirchnerismo no quedará nada con el tiempo, como ocurrió en su momento con el menemismo.

Perón y Evita –a quienes algunos invocan a regañadientes-, empaparon de un sentimiento de dependencia “mística” a gran parte del pueblo argentino y los peronistas no toleran sustitutos e impostores.