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Jueves 21 de septiembre de 2006

El Montseny, el pulmón verde de Barcelona

Una bendición de la naturaleza que rodea la gran ciudad de la Cataluña española. Cerros, bosques multicolores, arroyos y paseos que no pueden faltar en la guía de viajes de quien visite Barcelona.

Cuando un chico imagina una montaña, una grande, seguro que pensará en una formación parecida al Montseny. Algunos dicen que no es una montaña, sino un macizo de tres conjuntos, el que une las cimas del Turo de l’Home y Les Agudes, la Pirámide achatada del Metagalls y el Pla de la Calma. Sin embargo, la clara delimitación de su perímetro y la facilidad con que sobrepasa a sus compañeras de la cordillera prelitoral catalana le confieren una unidad que le hace recoger su nombre del latin Mont Signus (“monte señal”).

La altura convierte al Montseny en un monte singular. Quien busque alguna cima que lo supere tendrá que ir hasta los lejanos Pirineos. Con ellos guarda algunas similitudes, como que no resulta extraño verlo refulgir blanco de nieve en el invierno.

En los primeros bosques de Gualba y Riells abundan los pinos, la encina, el abeto y el brezo junto a una penetrante fragancia de hierbas aromáticas y piedras secas que lo envuelve todo.

La vegetación cambia en las caras sombrías y en el fondo de los valles horadados por riachuelos. Aquí castaños, helechos, musgos y avellanos rodean, con selvas húmedas, las cascadas y manantiales habitados por salamandras.

El bosque se cierra hacia Arbucies. En todo momento, el castillo de Montsoriu domina la escena desde su estilizado perfil. Ascender hasta sus muros no presenta otra dificultad que caminar por senderos bordeados de alcornoques. Arriba, el castillo se ve más completo de lo que podría suponerse y desde allí el paisaje inferior parece infinito: cerros por todos lados, al norte Les Guilleries, al sur el Montnegre, al oeste las cimas de Turo l’Home y Les Agudes, tocando las nubes.

Siguiendo la carretera hacia el sur se llega a Santa Fe, donde se encuentra el centro de información de Can Casades. Allí se puede ver un audiovisual sobre las cuatro estaciones del monte.

Sin embargo, el principal atractivo de Santa Fe reside en los recorridos que discurren por los aledaños, con bosques de robles, castaños y hayas.

De las inmediaciones de Santa Fe parte una carretera que sube hasta los 1.700 metros, donde en 1729 se construyó el pequeño observatorio que remata las alturas del Turo l’Home.

La carretera sigue hasta Viladrau, antiguo refugio veraniego codiciado por los señores de Barcelona. De su paso por allí quedan numerosas torres modernosas, las mismas que se repiten en La Garriga, población con excelentes fuentes termales ya disfrutadas en los tiempos de los reyes y los señores feudales.

A partir de aquí, curva tras curva, se gana altura y se penetra de nuevo en el macizo y se alcanza Californic, el valle que separa el Pla de la Calma de las primeras lomas del Matagalls. Hacia el sur, el camino se precipita por la cuenca del Tordera y desciende hacia la llanura del Valles.

Distintos contrastes esconden valles cerrados por donde saltan torrentes de agua que desembocan en arroyos de deshielo. Sea con brumas invernales o con los prados llenos de flores, parece inconcebible que a tiro de piedra de este paraíso haya otro mundo poblado por naves industriales, tendidos eléctricos, casas históricas y edificios testigos de la modernidad. © www.economiaparatodos.com.ar


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