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jueves 30 de marzo de 2006

El mundo, el demonio y la carne

La medida tomada por el gobierno que prohíbe la exportación de carne vacuna es arbitraria, ilegal, ilegítima e inconstitucional, ya que viola la libertad para comerciar consagrada en 1853.

Para ser bueno había que renunciar, según la fórmula del Catecismo, al mundo, al demonio y a la carne. En estos días, el demonio metió su baza y estropeó el negocio de la carne para todo el mundo. No sólo para el mundo exterior sino también para nuestro mundo interior.

No sabemos si fue el exabrupto de la señora Analía Quiroga, de CARBAP, que dijera hace poco que el presidente no tenía materia gris, o realmente la persecuta que lo agita al gobierno cada vez que ve el termómetro de la inflación en el INDEC, pero la guerra contra todo lo que sea carne se ha desatado en la Argentina con retenciones, nuevas retenciones, formularios para proveedores, inquisición en el sistema de comercio de ganado de Liniers, registros de exportadores, destemplanza con el garrote tributario para los consignatarios y, lo peor, la prohibición de exportar.

La carne argentina, una industria que tiene cerca de 200 años y una exportación que primereó con buques frigoríficos en el mundo hace ya siglo y medio, tiene la virtud o la desgracia de constituirse en un componente muy alto en el índice de la inflación y, por ello, sus subas levantan no la inflación sino el termómetro que la mide. Sin embargo, ello no habilita para cometer desatinos que nos colocan fuera de la aldea global como un país que no cumple contratos, que no es fiable en sus provisiones, que no tiene continuidad en sus ventas y, más grave aún, no otorga certeza jurídica para nadie que sea exitoso en el comercio o los negocios, por más legítimos que sean.

Las medidas asumidas por el gobierno en la carne son arbitrarias en tanto las persecuciones tributarias, comerciales, exportadoras y de retenciones no se corresponden con ningún acto ilícito o irregular de los productores o de los comercializadores. Sólo violan un novísimo principio económico editado y sostenido por funcionarios del más alto nivel, principio que sostiene que el precio de las cosas que se exportan tiene que ser diferente –carne cara para los rusos– y más bajo en el mercado interno –carne barata para los nosotros–. Y si para ello no alcanzan las retenciones, apliquemos torniquetes por cuanto no hay poderes que puedan impedir el arbitrio. Aquí cabe aclarar que en el mundo se aplica la teoría contraria: abaratar con subsidios lo exportado para que en el exterior se pague más barato y así competir para conseguir divisas.

Las presiones de retenciones tributarias y los embates de los entes impositivos dirigidos espectacularmente contra los consignatarios son ilegítimos por cuanto no respetan los principios de equidad tributaria que imponen igualdad en los impuestos y exigen que estos no sean utilizados para coaccionar ni para coercionar la actividad económica como aquí ha sucedido.

Las decisiones tomadas contra exportadores, frigoríficos, trabajadores, dependientes de la industria y toda la gama de los vinculados a los productores son ilegales por cuanto no se hallan apoyadas por ninguna legislación sancionada honorablemente, sino que sólo son decretos, dictados y órdenes compulsivas alejadas de los códigos y los reglamentos legales que regulan la industria ganadera. Es un poco triste ver a quienes hace cinco años inseminaron vacas, hicieron parir hacienda, la cuidaron y la llevaron a su peso comercial, todo para que sorpresivamente aparezca el gobierno como una langosta maligna que estropea un quinquenio de tarea positiva a los productores vinculados a la actividad.

No vale recordar que la prohibición de exportar es inconstitucional por flagrante violación de la libertad de comerciar consagrada en 1853, y ratificada por las convenciones constitucionales y tratados incorporados en 1994, llevando a la actividad a una anomia y un desorden inducidos por el gobierno.

En lo actual, pues, la regulación es arbitraria, ilegal, ilegítima e inconstitucional. Pero lo que más aturde y sorprende es que en el mundo exterior estamos ahora invirtiendo millones de dólares con exposiciones, degustaciones y publicidad para conquistar mercados. En lo interno quizás bajen los precios transitoriamente. Pero, a mediano plazo, subirán los precios en las góndolas, perderemos mercados y credibilidad, habrá escasez e importaremos carne. Que será de peor calidad y más cara. © www.economiaparatodos.com.ar



Agustín Pieroni es Doctor en Ciencia Política.




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