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Lunes 11 de abril de 2011

EL PROBLEMA

El problema más serio y más complejo que tenemos es la Federal”, Nilda Garré dixit. Fue difícil hallar la frase que mejor defina el panorama en la última semana

“El problema no es el daño,
El problema son las huellas.
El problema no es lo que haces,
El problema es que lo olvido.
El problema no es que digas,
El problema es lo que callas.
El problema no es que mientas,
El problema es que te creo.
El problema no es que juegues,
El problema es que es conmigo.”
 
                                                                         “EL Problema” de Ricardo Arjona
El problema más serio y más complejo que tenemos es la Federal”, Nilda Garré dixit. Fue difícil hallar la frase que mejor defina el panorama en la última semana. Está claro, al menos, el por qué la libertad de prensa es tan temida por la dirigencia. Darles la palabra para que se expresen a sus anchas es un arma de doble filo: todo relato construido en la oratoria prefabricada para Cristina Kirchner en inauguraciones variopintas donde se oye sin escuchar lo que se dice, hace mella frente a las declaraciones espontáneas.
Así como alguna vez se adjetivara a la Bonaerense como la “maldita policía”, sin que ello redundara en consecuencias que modificaran la gravedad de esa circunstancia, hoy la propia Ministro de Seguridad le ha puesto un sayo pesado a la policía local, al tiempo que ha desterrado la teoría de la “sensación”. ¿Qué dirá Aníbal? Para la gente común, el problema en realidad no es la Federal sino la delincuencia, se vista de percal o se vista de seda.
Sin embargo, aquello que mayor asombro debiera despertar es el hecho de que sea el gobierno -quién después de 8 años- reconozca su inacción, su connivencia con los negociados,  y su poder de destruir las instituciones, que paradójicamente fueran y son las que destacan como “reconstruidas” por Néstor y Cristina.
La auto-acusación conjuntamente con las denuncias de corrupción que en el exterior propagan sin censura que valga, llevan a reflexionar cómo cuadra todo esto en un marco donde la imagen positiva del gobierno aumenta a la par de los precios. Algo no funciona cuando, en un mismo día, se descubre que la mitad de los argentinos que trabajan no gana más de dos mil pesos, los gremios exigen cuatro mil, y un ex ministro de economía (Roberto Lavagna, declarado opositor) explica que estamos en la época del “déme dos y de la plata dulce”. Amargo o casi agrio es el sabor.
La realidad se impone sin anestesia, quizás porque los anestesistas junto a los médicos también están tratando de salir ilesos de la cirugía política, dando el ejemplo. Lo cierto es que los justificativos de Garré en lugar de calmar las aguas han provocado tsunamis, y es inevitable que no arrojen consecuencias.
El absurdo se palpa en cada detalle, no hay una medida que trasunte coherencia: cuando la inseguridad es el principal motivo de preocupación para la ciudadanía, desde el Gobierno se reduce la presencia en ciertos espacios de la policía. Tras excusas varias, y la obvia evidencia de la trampa electoral detrás de la decisión oficial, se la “justifica” echando culpas a la corrupción en el seno de aquella. ¿Pero quién la dirigió y condujo hasta estos días? ¿En casi 8 años nadie se dio cuenta?
En rigor, todo el tenor de los acontecimientos vividos en los últimos días nos sitúa al borde del abismo. Seudo anarquía. La Presidente sigue sin mencionar soluciones a conflictos existentes, y la apelación a teorías de complot ya no es creíble, suena vacía. Sólo venden una gestión donde los artificios del lenguaje (o la mentira) nos define como si fuésemos Suiza. 
Sin embargo, la realidad se evidencia en el día a día. En la “maravilla” donde parece vivir Cristina hay amenazas de paros a diario, de falta de gas, de nafta, de energía, de vida… La cronología puede ser arbitraria que no modifica la sustancia: desde los vuelos varados porque los controladores fallaron hasta los choques de trenes y/o los piquetes en las autopistas todo puede darse sin que accionen mecanismos de control ni se inyecte un régimen de premios y castigos. El orden es considerado represión, y en consecuencia choca con los “derechos humanos” que apenas alcanzan a unos pocos privilegiados.
Quizás se trate de una estrategia proselitista: sacar beneficio del caos y que la acusación sea la gran protagonista. Así, la oposición se deshace frente al dedo acusador, no por culpable sino por otorgar cuotas de credibilidad callando alternativas. Pareciera que hubiese cierta complicidad sino no se comprende la irracionalidad como se está moviendo en estos días.
Avanzan y retroceden inexplicablemente embriagados por la ilusión del cargo y del poder. No hay otro motor que impulse candidatos de todo tipo a diestra y siniestra, capaces de ser jefes de gobierno, gobernadores, presidentes, legisladores o lo que sea como si no hubiese diferencias. Exceso de aspirantes a funcionarios “polirubros” en una sociedad donde la especialización capaz de garantizar mayor eficiencia es una anatema. 
Sólo cuando menguan las certezas porque las encuestas –aún pagas- son a veces espejos que los reflejan, sobrevienen las peleas internas liberando el tablero de piezas.
En este desorden de cosas, donde hasta los problemas son indefinidos, la ley es letra muerta, y no hay autoridad que obre como tal, todo está permitido. Si después no resulta conveniente asumirlo será puesto en tela de juicio para quedar en letargo como quedan en definitiva todos los temas; inacabados, flotando… Si hasta de Hugo Moyano nadie ha hablado en los últimos 4 ó 5 días, cuando una semana atrás estaba en boca de todos como la saliva. Qué haya más eventos que distraigan como el casamiento de Lopilato y Bublé, mientras se espera que Tinelli vuelva de una buena vez. 
En definitiva sobran ejemplos de escándalos con finales abiertos: desde los famosos mails de Ricardo Jaime hasta el exhorto por Covelia, la ruta de la efedrina, la embajada paralela con Venezuela, el bloqueo a Clarín, los asesinatos de cada día, las elecciones en Chubut, la droga que vuela sin fronteras, o los entuertos de sindicalistas, etc., etc. Hay libretos para un sinfín de películas.
Qué la gran mayoría culmine en la misma escenografía, con idénticos protagonistas es tal vez aquello que le quita toda seriedad y certeza. Y es que el “The End” (aunque tampoco sea creíble) siempre está situado  dentro del juzgado de Norberto Oyarbide, que a esta altura parece el CEAMSE de la corrupción en la Argentina. Aunque se sea de buena fe, ¿cómo no dudar del bolillero que utiliza la Justicia?
Todo es dable de ser puesto en duda, y cuando la duda se expande es inexorable caer en la apatía. Esa apatía que se evidencia en la mayoría de la sociedad incapaz de definir entre lo bueno y lo malo porque todo se ha volcado en la misma bandeja.
 
En ese contexto,  creer en los pactos o alianzas entre figuras tan opuestas suena más a operación política o a deseo de algunas conciencias aún despiertas, que a realidad capaz de aflorar con chance de cambiar lo básico aunque más no sea.
Rasgarse las vestiduras y firmar un acta como si fuera un réquiem por una democracia violada no aporta nada. Los gestos son tardíos por más que se insista con los 200 días que faltan para los comicios. Recuérdese sino qué sucedió en el recinto cuando se creía que el oficialismo había perdido la mayoría o véase como, recientemente, en la exposición de Guillermo Montenegro en la Legislatura, Mauricio Macri terminó acusado de “victimizarse” por lo que todos implícitamente o no reconocen es una burda maniobra de desarme oficialista.
¿Qué ganamos juzgando también ahora a la Metropolitana cuya construcción si bien admite varias críticas, todavía no está lista? ¿Acaso no cooperamos todos al maniqueo cambio de temas para que nada termine de cerrar siquiera? 
Al margen o no tan al margen, también puede verse  que no hay coincidencia ni lógica en las opiniones vertidas ayer y hoy por los mismos personajes que dominan la escena.
Para no ir más lejos, en el 2002, Nilda Garré en el rol de diputada nacional, exigió el traspaso de la policía Federal a la órbita de la Ciudad de Buenos Aires, a través de un proyecto de ley para derogar varios artículos de la conocida como “Ley Cafiero”. Hoy los límites geográficos de la Ministro se han modificado o quizás se haya mudado…
¿Cuántos de los candidateados pueden ganar la elección y despertar esperanzas sin que aquellas caigan en saco roto como cuando se creyó que la última elección legislativa modificaba todo? Quienes hace un año o dos eran número puesto para ganar una elección hoy están devaluados. Héroes de barro y líderes efímeros marcan claramente la esencia de una aguda crisis socio-política.
Los argentinos parecemos inmersos en El Castillo kafkiano, esa novela donde nada termina y todo recomienza. Allí un hombre es nombrado  agrimensor del castillo pero sólo llega hasta la aldea desde donde es imposible comunicarse con el castillo. Durante centenares de páginas el agrimensor hará lo imposible por hallar un camino. Cada capítulo es un fracaso pero también una reanudación.
Hay una ética de la sumisión a lo cotidiano. Así estamos. El trayecto hacia Octubre es un enigma, un camino al que sólo puede definírselo transitándolo.
Ese desafío es enloquecedor, pero tenemos al menos una coherencia de la cual agarrarnos que es la que no se ve en la dirigencia. Como la famosa anécdota barroca donde un desequilibrado pescaba en la tina. Un médico especializado en tratar ese tipo de patologías, se le acerca y le pregunta: “¿Y si de pronto mordiesen el anzuelo?”-, y el loco respondió sin titubeos: “¡Pero no, imbécil; si estoy en una bañera!”
Quizás somos como esos personajes kafkianos, pescando en una bañera, sabiendo que nunca saldrá nada de ella. Pero no aflojamos. Es nuestra coherencia.
El problema será entonces, aceptarlo…, o intentar pescar en algún otro lado.