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lunes 5 de septiembre de 2011

El reflejo en los votos

Para entender las razones por las cuales Cristina Kirchner ganó las primarias y volverá a ganar en octubre no hace falta más que mirar a la sociedad.

No tiene mucho sentido intentar un análisis político en un país donde la política no es más que un eufemismo. Por demás, un sinfín de veces he escrito en este mismo espacio advirtiendo que había –y hay– una realidad que va más allá del microclima donde nos solemos hallar.

Si bien es cierto que hay muchos motivos por los cuales el Gobierno no debería haber triunfado en los últimos comicios, también lo es que existen otros tantos por los cuales iba a ganarlos.

No se le ha dejado solamente al kirchnerismo ganar una elección, se le han regalado ocho años de gracia para que hicieran del país justamente lo que hoy es: un kiosco donde todo se compra y vende. Puede que varíe el precio, puede que resulte caro, pero es el único kiosco que se ha mantenido incólume durante todos estos años. En el trayecto muchos se han fundido, a otros se los ha abandonado, y unos cuantos se han fusionado. ¿Supervivencia del más apto?

El Gobierno se prepara para ser aquello por lo cual ha venido luchando desde el vamos: el monopolio del poder. Tarde para asustarse, tarde para que el resto de los “bienintencionados” candidatos cambien de plano un mensaje que no ha llegado a la sociedad por el simple hecho de que no tenía nada que expresar. “La mediocridad juzgando a la mediocridad”, diría Oscar Wilde.

Sin embargo, y más allá de las razones que trataron de esgrimirse hasta el hartazgo en todos estos días, hay otra causa que puede explicar, o al menos intentarlo, por qué ganó y ganará Cristina Kirchner las próximas elecciones.

En primer lugar, porque no hay alternativa válida, aunque en ese contexto sería preferible inclinarse por un gobierno malo a seguir con uno perverso. Pero, sobre todo, hay que atender aquel mito que finalmente parece ser cierto. Y si acaso no es real o justo aducir que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, hay sí que admitir que cada país está demostrando tener un presidente que es reflejo de su gente.

Anne Applebaum, en un artículo publicado en el Washington Post, trató de responder por qué los italianos votan una y otra vez a Silvio Berlusconi. Sostiene que tal comportamiento no se corresponde con las acusaciones que detenta el premier: acusado de corrupción, de evasión impositiva, de manipulación de la prensa, de enfrentarse al Poder Judicial e incluso a la Iglesia Católica. Si todo aquello no bastase, se suman las denuncias de su ex mujer, los escándalos con menores de edad, las fiestas, la propiedad del club de fútbol Milan, entre otras.

La autora intenta dar una respuesta válida al enigma y para ello se sustenta en una teoría esbozada por Beppe Severgnini, según la cual Berlusconi puede ser considerado un “espejo” de la Italia contemporánea.

“Es un nuevo rico como la mayoría, no tiene vergüenza en exhibirse como tal, disfruta sin pudores de la vida, gusta de las mujeres hermosas, vive con pasión el fútbol y es leal con sus amigos a los que defiende incluso de las garras de la Justicia”, explica. De ese modo, Berlusconi encarna una especie de versión caricaturizada (por las exageraciones) del ideal de vida italiano.

Leonardo Haberkorn extiende esa tesis aduciendo que esta búsqueda o ratificación de personalidades caricaturescas que son el reflejo de su Nación también se da en otros países. Así, Argentina no escapa a la regla. No es excepción. Ya no se elige a los mejores sino a los semejantes, aunque tengan rasgos más grotescos comparados con el grueso del pueblo.

Así es como Pepe Mujica conquistó a Uruguay, Fernando Lugo hizo lo propio con Paraguay, Evo Morales resultó electo en Bolivia, Lula en su momento cautivó a los brasileños, Sarkozy a los franceses, y Merkel a los alemanes. La hipótesis es polémica, pero no parece ser incierta.

“¿Qué sucede con Hugo Chávez?”, se interrogó, en un programa de televisión, a José Mujica. Su respuesta fue contundente: “Para Venezuela está bien”, dijo. Del mismo modo, si se interroga por Cristina Fernández de Kirchner se podrá decir que, para esta Argentina, está bien. ¿Alguien se atreve a sostener lo contrario? ¿Y por qué…?

Narcisista, pagada de sí misma, ególatra, caprichosa, intolerante, preocupada por el Botox más que por el ser… no parece muy distinta al argentino promedio. Desde luego las generalizaciones son odiosas y es verdad que la mitad de los ciudadanos no han optado por ella, pero es dable confesar que representa al conjunto social con una exactitud difícil de negar.

Allí está la clase media engolosinada con sus plasmas, pretendiendo ser la dueña de la tecnología 3D; están también las clases más bajas que, al margen del clientelismo que distorsiona todo el panorama, dejan surgir sectores que creen progresar gracias a la adquisición de nuevos celulares, o a la netbook que “gratuitamente” les llegó y quizás hasta les permite igualarse con el patrón.

Una sociedad con una clase dirigente desvergonzada a tal punto de adorar hoy aquello que ayer denostaba. Finalmente, y teniendo en cuenta la última cena de la UIA con la Presidenta, admito que un amigo tenía razón: deberíamos agradecerle a Guillermo Moreno haber puesto al descubierto la clase de empresarios que tenemos…

Una sociedad que se desgarra las vestiduras apenas 48 o 72 horas por un crimen aberrante como el de Candela Rodríguez (antes fueron Matías Berardi, Santiago Urbani y la lista es interminable) y luego espera el próximo fin de semana largo para escaparse y no recordar nada más, que siente piedad por la criatura degollada pero termina cuestionando el pasado de la madre o la cuñada para quedarse después en lo superficial…

Una sociedad que, en definitiva, prioriza el bolsillo antes que la vida no dista considerablemente de parecerse a quien encarna el Ejecutivo Nacional. A engañarse a otra parte. El espejo delata por demás.

Los tiempos han pasado y modificado sustancialmente el escenario. ¿Qué podría hacer un Domingo Faustino Sarmiento en esta actualidad? Sarmiento existió cuando los argentinos preferían la civilización a la barbarie y al progreso se llegaba de la mano de la educación, no de un electrodoméstico.

Esperar que de los comicios del próximo 23 de octubre emerja algo diferente a lo que somos hoy es, como comúnmente se dice, pedirle peras al olmo. Volverá a elegirse la caricatura más perfecta de la ciudadanía, ratificando la teoría expuesta en estas líneas, más allá de querer o no asumirla.

Después, pretender o pedirle a Cristina Kirchner que cambie, que sea distinta a lo que fue, que suavice las formas y el modo será como pedirle a un argentino que deje de ser egoísta, pedante y ostentoso. El cambio es un sofisma cuando, por ejemplo, el “fútbol para todos” obra como herramienta para igualar.

Atendiendo a estas premisas, cabe reconocer que un grotesco de lo que somos continuará en el poder y que el modelo, de ese modo, no somos sino nosotros.

El cambio, pues, recién ha de llegar cuando el reflejo sea otro… © www.economiaparatodos.com.ar

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