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Viernes 16 de mayo de 2014

El “riesgo de deflación” como encubridor de la “inflación real” en la economía

El “riesgo de deflación” como encubridor de la “inflación real” en la economía
Una de las discusiones cruciales en lo que llevamos de 2014 es el riesgo de que la economía europea entre en un proceso deflacionario. La cercanía de la tasa de inflación de los bienes de consumo al 0% ha despertado este “fantasma”. Sin embargo, otros indicadores “no convencionales” y la evolución de las expectativas en el mercado muestran hasta qué punto la economía está bastante lejos de introducirse en una espiral deflacionista.

La deflación, entendida como un proceso de reducción generalizada de los precios de una economía, es vista como un hecho peor que la inflación ya que se reducen los márgenes empresariales y las expectativas de una bajada mayor de los precios retroalimentan el proceso. Esta explicación genérica encierra diversos puntos discutibles ya que existen procesos deflacionarios asociados a incrementos de productividad y cómo en muchas industrias la bajada de precios por la innovación y la reducción de los costes de producción es un síntoma de salud y progreso.

Más que por los efectos macroeconómicos “devastadores” que pudiera tener la deflación, lo que más preocupa es que ésta provoca un aumento relativo del precio del dinero, lo cual hace ganar capacidad de compra al ahorrador o acreedor y perder poder adquisitivo al deudor. Aquellos individuos o instituciones que están sobre endeudados son los que más sufrirían en una deflación, ya que tendrían que hacer un esfuerzo adicional para amortizar sus deudas y, por tanto, no contarían con la ventaja de la inflación, la cual reduce en términos reales la deuda.

Una buena parte de la actividad económica depende de la medición de la evolución de los precios en la economía. Después de varias décadas mejorando las técnicas de muestreo, las ponderaciones y la mecánica de las estadísticas, todavía en ellas queda mucho por hacer, sobre todo cuando en ellas interviene la política.

Tanto en procesos inflacionarios como deflacionarios, los gobiernos se muestran incómodos con determinadas subidas o bajadas de precios, especialmente si se trata de bienes y servicios de primera necesidad. El poder del Boletín Oficial del Estado hace que determinados elementos incómodos o que restan popularidad a los políticos salgan de las estadísticas oficiales. Así ha ocurrido durante siglos con el precio del pan, la leche, la harina o en épocas muy recientes con la vivienda o el pollo.

Las instituciones encargadas de velar por el rigor y la seriedad en las estadísticas son los diferentes Servicios de Estadística de los países europeos más uno que dirige de forma centralizada estos datos llamado Eurostat. Cada una de las Oficinas de Estadística cuenta con plantillas que suelen superar los 1.000 empleados –en el caso de Alemania son 2.940 y en España, por ejemplo, 4.159 a comienzos de 2013– y con un presupuesto no demasiado abultado con respecto a otras partidas presupuestarias.

A pesar de que “viven” de su prestigio y fiabilidad, en muchas ocasiones sufren presiones e injerencias del poder político para generar estadísticas acordes a lo que en cada momento sea favorable. Dada la forma y el instrumental utilizado en el IPC, hace que ésta sea una de las estadísticas favoritas para “intervenir” sobre ella. Mientras muchos analistas hablan de la “deflación” como algo ya presente en la economía, muchas amas de casa se preguntan por qué cada vez que van a un supermercado o a una tienda de barrio se encuentran con que el producto que compraron la semana pasada a un determinado precio ahora vale más.

En este sentido, observamos cómo la “inflación percibida” es mucho mayor que la que reflejan las estadísticas oficiales. En el caso particular de Europa, la caída a plomo de los costes energéticos está provocando la caída de las tasas de inflación, lo  cual arrastra a todos los demás componentes de la cesta representativa a partir de la cual se calcula el IPC.

La diferencia entre “inflación percibida” e “inflación real” es muy notable en países como España. Los hogares, ante la caída en muchos de ellos de los salarios, se enfrentan a costes crecientes en el recibo de la luz, del agua, el gas, la botella de butano, el combustible o las tasas universitarias. Todos ellos tienen en común estar influenciados por algún tipo de precio regulado, pero también fuera de este ámbito los precios no siguen una tendencia a la baja, más bien al alza.

Esta situación se refleja en el recién publicado Barómetro que realiza dos veces al año la Comisión Europea. En el ranking de preocupaciones para los europeos, el 38% de los encuestados creen que es la inflación frente al 21% que consideran que es el desempleo la principal lacra a la que nos enfrentamos. Detrás van los impuestos (17%), la situación económica del país (16%) o las pensiones (14%).

Gráfico: Preocupaciones de los europeos y españoles en orden de prioridad

 Eurobarometer_1M 2014

Fuente: Comisión Europea

Particularmente, en el caso de España, la inflación (27%) pasa a segundo lugar siendo el desempleo (43%) el principal motivo de preocupación seguido de la situación económica nacional (28%) o los impuestos (14%). En suma, el Eurobarómetro muestra hasta qué punto el efecto de la subida de los precios afecta directamente tanto a la economía como a las expectativas de los agentes mientras las estadísticas oficiales no recogen dicha realidad.

Fuente: oroyfinanzas.com