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EPT | November 18, 2017

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Jueves 23 de marzo de 2017

El síndrome Poncio Pilato

El síndrome Poncio Pilato

Primero un asunto gramatical. Es cierto que se acepta el uso de escribir Poncio Pilatos, es decir, el apellido en plural pero en rigor esto está mal puesto que deriva  Pontius Pilatus en latín donde las palabras terminadas en us significan masculino singular de modo que, estrictamente, la s no corresponde.

 

Dejemos de lado este aspecto de forma para ingresar brevemente en la historia: después de despejado un debate de jurisdicción, Pilato se declaró incompetente puesto que no podía juzgar sobre temas de religión ya que el cargo fue de blasfemia, debido a lo cual se modificó lo que hoy denominamos la carátula por la de sedición. Llevado ante Poncio Pilato quien fuera prefecto durante una década (26 a 36 DC) no lo encontró culpable pero frente a la presión de la multitud presente para que lo condene, decidió someter la resolución final al voto mayoritario para que opte entre un delincuente (Barrabás) y Jesús. Como es bien sabido, la turba decidió soltar al delincuente y condenarlo a muerte a Jesús, lo cual acata plenamente Pilato, no sin antes lavarse las manos en público diciendo: “No soy responsable por la sangre de este hombre”.

 

Hasta aquí la historia que con diferentes interpretaciones, el tema ha sido llevado al cine en no menos de veinte oportunidades y a la literatura (tal vez lo más sonado sea El procurador de Judea por el premio Nobel en literatura Anatole France). Por mi parte, en esta nota periodística tomo el caso para elaborar sobre la responsabilidad individual, la malicia de pretender endosarla a la multitud y la degradación de la democracia al usarla para cubrir reiteradas injusticias en nombre de la mayoría.

 

Ser responsable es ser conciente de las propias obligaciones y asumirlas. Lo primero en una sociedad civilizada es la obligación de respetar los proyectos de vida de terceros que no lesionen derechos. Es una obligación moral ineludible al efecto de la supervivencia de la cooperación social. Allí donde no existe la responsabilidad de cada cual de considerar y cuidar los derechos del prójimo se derrumba la sociedad.

 

El derecho básico es el derecho de propiedad, primero del propio cuerpo, luego de la libertad de expresar el propio  pensamiento y, finalmente, el derecho de usar y disponer de lo adquirido lícitamente. Esta es la columna vertebral de la civilización. Cuando aparece la tendencia a que los gobiernos o los grupos que el gobierno autoriza lesionan este derecho, irrumpe la tendencia al saqueo del fruto del trabajo ajeno y, como queda dicho, se desmoronan las relaciones interpersonales con el indefectible resultado de la miseria y el caos.

 

Lo peor son los aparatos estatales que alegan que son necesarias  sus intromisiones en las vidas y las haciendas ajenas “para bien de la sociedad”, es decir, la falta de respeto permanente a las personas que teóricamente están encargados de velar por sus derechos. Dentro del problema que crean, serían hasta mejores las acciones de los ladrones comunes porque saben que llevan a cabo un crimen, sin embargo los gobernantes ejecutan los atropellos con el apoyo de la ley, a cara descubierta y sistemáticamente. Tengamos en cuenta un sabio pensamiento de C. S. Lewis en el sentido de que “De todas las tiranías, una tiranía ejercitada para el bien de las víctimas puede resultar la más opresiva. Puede ser mejor vivir bajo la égida de ladrones comunes que bajo la omnipotencia moral de funcionarios. Los ladrones comunes a veces pueden descansar, su codicia en cierto punto puede estacionarse; pero aquellos que nos atormentan para nuestro bien nos atormentarán sin fin”.

 

Los megalómanos no tienen límite en las demandas que les hacen a los gobernados (más bien súbditos) que se ven sometidos a trabajar buena parte del año para satisfacer la voracidad del Leviatán para, como contrapartida, entregar servicios de seguridad y justicia de muy mala calidad.

 

Para ilustrar el malentendido de lo que significa la responsabilidad, ponemos el ejemplo de la llamada “responsabilidad social del empresario” que consiste en la entrega de fondos a la comunidad en la que se desempeñan. Esto es más bien fruto de un  complejo de culpa por parte del empresariado que opera de este modo “para devolver algo de lo que se le ha sacado a la sociedad”, sin comprender que la obligación  del empresario es hacer lo posible por ser eficiente, es decir, atender las necesidades de los consumidores al efecto de incrementar sus ganancias y consecuentemente las inversiones que es lo que permite elevar salarios e ingresos en términos reales, de lo contrario, si no atiende las necesidades de su prójimo incurre en quebrantos.

 

Lo dicho, desde luego, no es para nada incompatible con la caridad que también  es realizada principalmente con lo generado por hombres de negocios, es decir con los que producen, nunca con los que arrebatan recursos de otros ni los que se limitan a declamar pero siempre recurriendo a la segunda persona del  plural, pero el plano en que se discute la antedicha “responsabilidad social” navega por los andariveles señalados. El mejor ensayo sobre este tema, de una claridad excepcional, lo expuso el premio Nobel en economía Milton Friedman en un trabajo que lleva un título que revela la tesis central: “The Social Responsability of Business is to Increase Profits” (The New York Times Magazine, septiembre 13, 1970). Las visiones contrarias están formuladas por personas que desconocen los fundamentos de la economía y por demagogos y predicadores que usan a los pobres para sus campañas y sus puestos y así pretenden justificarse a si mismos.

 

El segundo punto, alude a los que pretenden endosar su responsabilidad en el hecho de que la gente pide tal o cual desatino. Esta es generalmente la conducta de los políticos: hacen lo que piden los demás aunque se trate de saquear al vecino. Pues la responsabilidad individual no disminuye un ápice por el hecho  de que muchos demanden la insensatez. Y la responsabilidad no es de modo alguno solamente frente a los demás, es principalmente con uno mismo. Uno debe poder desenvolverse con tranquilidad de conciencia nunca evadiendo las propias obligaciones que, como mencionamos al principio, son la contracara de la responsabilidad que también está estrechamente vinculada con la libertad. No hay libertad sin responsabilidad por todo lo que uno hace o dice. En una sociedad libre cada uno puede hacer con lo propio lo que estime conveniente, siempre y cuando no invalide igual facultad de otros, lo cual  nos hace responsables por nuestras decisiones. Esa es la diferencia medular con los animales que no son responsables ante la justicia. La libertad y la correlativa responsabilidad, es lo que caracteriza a la condición humana.

 

Los actos reflejos no son materia de responsabilidad, por ejemplo, la respiración, el latido del corazón, los movimientos peristálticos, si lo son los actos deliberados es decir la acción humana. En un grupo de autómatas, a saber, de no-humanos, no hay libertad ni responsabilidad.

 

Donde se licua la responsabilidad se licua también la libertad y aparece junto con la irresponsabilidad el libertinaje. “Lavarse las manos” es volver al oscurantismo de las cavernas y a la inexistencia de vida propiamente humana donde se renuncia a la responsabilidad y consecuentemente la persona desaparece como tal y se subsume en el rebaño junto con la demolición de la división del trabajo y la cooperación social. La responsabilidad individual por las consecuencias de los propios actos resulta una condición indispensable para que tenga sentido la cooperación social y el respeto recíproco que es el aspecto esencial de la sociedad libre.

 

Para que perdure el tan decisivo binomio libertad-responsabilidad debe haber castigo para los actos que lesionen derechos de terceros, de los desvíos del cumplimiento de la palabra empeñada, del fraude y la trampa, todas maneras de invadir las autonomías individuales. Etimológicamente la responsabilidad proviene de responsum de responder por lo que uno hace o dice, en otros términos, responde cada uno por lo que le corresponde, asume su responsabilidad.

 

Por supuesto que la responsabilidad no se agota en las relaciones interindividuales, hay también responsabilidades intraindividuales pero que son del fuero íntimo de cada uno y nada tienen que ver con castigos  y las imposiciones. La imposición se limita a quienes han invadido derechos de otros para que cada uno pueda seguir su proyecto de vida sin intromisión de la fuerza. El otro ámbito, aunque esté incluso vinculado con nuestro prójimo por obligaciones que el sujeto actuante se autoimpone, no son materia que justifique el uso de la violencia, como queda dicho, en una sociedad abierta ésta solo puede llevarse a cabo cuando se atacan derechos.

 

Y el derecho no es cualquier cosa que se declame sino la facultad de hacer o no hacer algo con lo propio. Hoy en día lamentablemente se ha degradado la noción del derecho para equipararlo a la disposición coercitiva del bolsillo del prójimo, en otras palabras, la aniquilación del derecho de quienes se ven obligados a entregar sus patrimonios a quienes injustificadamente lo reclaman, es decir, son pseudoderechos.

 

Por último, lo que bautizamos como “el síndrome Poncio Pilato” también abarca el atropello por mayorías circunstanciales a los derechos de las minorías, paradójicamente en nombre de la democracia en lugar de denominarla por su verdadera identificación: cleptocracia, el gobierno de los ladrones de propiedades, de libertades y de sueños de vida. Para contar con una democracia genuina es indispensable entronizar la responsabilidad en el sentido definido y la libertad como ausencia de coacción por parte de otros hombres que va más allá de la contención de embestidas contra el derecho.

 

Poncio Pilato exhibió una patética irresponsabilidad y una cobardía mayúscula. Desafortunadamente pululan por doquier los Pilato de nuestra época: hacer daño y mirar para otro lado.  La forma de revertir esta situación es a través de procesos educativos que pongan de manifiesto los valores y principios del respeto recíproco. Y para que estos procesos educativos tengan lugar es menester que cada uno contribuya a defender los  valores de una sociedad libre, de allí la insistencia en que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”.