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Lunes 20 de julio de 2009

Entre concesiones y bizarrías

Carecemos de proyecto de país, de manera que cualquier diálogo –por real o ficticio que sea– terminará agotando a los interlocutores, pero no los temas.

“Obras son amores y no buenas razones.”

Demasiado complicado está el escenario, aun cuando nada haya cambiado sustancialmente. Los resultados electorales por el momento sólo han generado un estado de confusión generalizada en los ámbitos donde busca definirse qué hacer en los próximos seis meses. Y he aquí el primer error de la dirigencia.

El país se halla en la cuerda floja justamente por esa visión cortoplacista que lo ha guiado siempre. No hay debate ni diálogo que tenga en consideración cómo, cuándo y dónde se definirán los ejes de una cartografía que oriente el rumbo de acá a veinte o treinta años como sucede con los países desarrollados.

Analizar si Elisa Carrió hizo bien o no en asistir al “diálogo”, si se ha peleado Kirchner y Scioli, o si Sergio Massa agredió al ex mandatario es, de algún modo, ser cómplice de este teatro. Absuélvame por esta vez, el lector, de tamaño desacato.

Este estar detenidos en un tablero de ajedrez, donde la partida no admite más que unos peones que, en breve, se han de comer, estanca a la Argentina en polémicas fútiles de sobre mesa, o la deja librada a “ismos” que sólo tienen cabida en esta geografía. Ningún país encuentra en sus mandatarios corrientes ideológicas tan veneradas: acá hay o hubo alfonsinistas, menemistas, duhaldistas, kirchneristas. No hay en Brasil, por ejemplo, “lulistas” ni en Uruguay “sanguinettistas” o en Chile “bachelettistas”. Somos raros, admitámoslo.

En ese trance, resulta inútil quedarse en las figuritas o en la discusión de quiénes aceptan sentarse en una “mesa de diálogo” y quiénes no, como si eso fuese de trascendencia.

Mientras ello acontece, el tiempo sigue desperdiciándose irremediablemente. El único recurso no renovable se dilapida tal como Néstor Kirchner desea que suceda. Se le sirve en bandeja la salida, aunque pocos se den cuenta. Él amenaza con irse mientras se queda.

Los verdaderos temas de una agenda política seria giran en torno a conflictos y problemas que acechan desde que el kirchnerismo arribó a la Presidencia, o antes aún que eso suceda. No aparecieron el 28 de junio todos los temas juntos.

La permanencia de un funcionario, los superpoderes, la recreación de un Banade o un maquillaje al INDEC son temas triviales si se tiene verdadera conciencia de lo que implica volver a ser una Nación, y reconstruir la institucionalidad perdida.

Si estas batallas nimias las gana en un debate Aníbal Fernández, Diana Conti, Ricardo Gil Lavedra o Mauricio Macri no es lo que verdaderamente interesa. O no debiera. Hay un más allá que se repliega en las agendas pero que existe de todas maneras.

La Argentina requiere que se la defina, no de acá a diciembre en que varía la fisonomía del mapa político en cuanto a la “camiseta”, sino que necesita se elabore un concepto de país que aspire a insertarse en el mapa con características concretas, reglas claras, normas previstas y políticas de Estado que no se modifiquen si en el 2011 o cuando sea, cambia la figura que ocupa la Presidencia.

Carecemos de proyecto de país, de manera que cualquier diálogo –por real o ficticio que sea– terminará agotando a los interlocutores, pero no los temas.

Que de la noche a la mañana el debate pase por cómo se forman las mesas o quiénes se sientan en la cabecera resulta poco serio y lleva al más común de los pecados que se han venido cometiendo en materia política: la pérdida de tiempo.

Cuando se trata de hacer un análisis político, el optimismo o el pesimismo no tienen cabida. Lo que cuenta es la realidad sin maquillaje ni cosmética. Si duele o si ilusiona es otra cosa. Acá lo que interesa es encontrar para la Argentina un rumbo que vaya más allá de la pelea interna entre personajes que han de pasar como pasaron tantos, que no es posible siquiera llevar con precisión la cuenta.

Los Kirchner ya son pasado aunque tengan todavía margen para hacer mucho daño. El carácter revanchista del ex mandatario es una realidad con la cual ya nos hemos topado. Discutir si ésta se mantiene intacta o ha variado es infantil e incauto. Kirchner arremeterá ya mal herido contra los intendentes del conurbano, contra el gobernador de Santa Cruz y contra todos aquellos que no le han dado el triunfo el pasado 28 de junio cuando, en rigor de verdad, hay un sólo artífice del fracaso, y únicamente puede hallarlo con el espejo enfrentándolo.

Ni siquiera puede atribuirse demasiado mérito a esa “oposición” que genera más dudas que certezas. ¿Quién está dispuesto a poner las manos en el fuego por los nombres que han sacado más sufragios?

Si se escucha con atención la dialéctica de Gerardo Morales se creerá que estamos frente al más coherente de los dirigentes. Sin embargo, no hace mucho que el titular de la UCR acompañaba la marcha peronista al lado de Roberto Lavagna, mientras el pastel de papas se servía en “El General”, ese legendario restaurante cuyas paredes hablan. Lo mismo sucede con otros candidatos electos o desahuciados.

Felipe Solá cometió un “blooper” horas atrás cuando, frente al periodismo, sostuvo que no podía negarse al diálogo porque “hace años que se lo viene exigiendo”. No tanto, habría que haberle dicho. Él mismo formaba parte del Gobierno hace apenas un año.

Desde luego que el cambio de opinión es rasgo sobresaliente del hombre probo como reza el refrán, pero de ahí a auto-erigirse paladines de la verdad es un tanto simbiótico, y el provecho que se busca esconde más individualismo que pluralidad de criterio y consenso. Nadie sabe a ciencia cierta qué ideas unen o separar a las distintas fuerzas que surgen en el escenario. Ni tampoco hay demasiada claridad acerca de las sinonimias que mantienen a algunos de ellos unidos bajo rótulos bastante gastados.

Debatir qué porcentaje de peronismo tiene el PRO, o hasta qué punto la Coalisión mantiene la vocal o no, es anecdótico cuando no hay conciencia de que el país requiere tener una meta que escape a los seis meses que se discuten hoy, o a los dos años y medio que restan de mandato.

Desde luego que puede analizarse o enumerarse cuáles son las causas por las que el diálogo al que se convoca resulta un anatema más que una salida para la Argentina. De hecho, estos consejos del salario, del trabajo y demás yerbas suenan más a canjes de figuritas, y a fijar derechos sobre las sillas, que a interesarse por el bien común y la prevalencia de la Constitución como ley primera.

Todo está dicho desde el comienzo de la República: si la Carta Magna se respetara tal cual lo dice su letra, no sería necesario estar perdiendo el tiempo lastimosamente en estas falacias que se dan a conocer como primicias cuando son tan viejas y obsoletas.

¿Qué nueva idea para fundar una nación tienen los actuales dirigentes que no hayan tenido ya, por ejemplo, los hombres de la generación del ochenta? ¿Acaso hay tantas alternativas a la hora de saber hacia adónde encaminar la Argentina?

Latinoamérica es una opción con matices, la Comunidad Económica Europea es otra, China y su desenvolvimiento frente a la crisis financiera abre otras puertas. No hay mucho más para analizar y dialogar. Para hacer, en cambio, hay demasiado.

Si en lugar de hacer llamados para negociar concesiones y porciones de poder que no mejorarán un ápice la situación de la sociedad en su conjunto, ni habilitarán el paso para programar inversiones que faculten el crecimiento real del país más allá del almanaque que tenemos colgado; la acción tendería a fortalecer la independencia de poderes y dar marcha atrás en el ocaso institucional. La seguridad jurídica dejaría de ser tema para pasar a ser una realidad derivada del acto y no de la saliva, y la confianza podría emerger a medida que se va avanzando.

Ahora bien, si todo ello sigue siendo apenas tema en boca de personajes fugaces en la escena nacional, está claro que la Argentina seguirá siendo lo que es: una tierra de oportunistas donde nadie es responsable de los saqueos sufridos, y donde la gente no termina de entender que todo lo que está en discusión es el modo de preservar el círculo vicioso que nos lleva, de “veranitos” con la costa atlántica repleta, a inviernos donde la canasta básica escasea…

En consecuencia, “mañana” continuará siendo un adverbio de tiempo o aquello que hay apenas se dobla la esquina, pero para nuestros hijos y nietos no habrá otra garantía. © www.economiaparatodos.com.ar


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