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EPT | September 16, 2019

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Jueves 1 de abril de 2004

Estamos en problemas

El enfrentamiento entre las dos alas del peronismo, la de izquierda y la fascista, no es una cuestión solamente interna del partido gobernante: afecta al conjunto de todos los argentinos porque nos está dejando sin un horizonte de progreso en el corto plazo.

Los duelos de estas dos facciones no son solamente una cuestión de poder, sino que influye decisivamente la ideología, la misma que los llevó a los enfrentamientos 30 años atrás. Hoy parecen estar volviendo a sus terribles choques de los ’70. La Matanza de Ezeiza, la Triple A, Perón expulsando a los montoneros de la plaza de Mayo y las proclamas de ERP y Montoneros volviendo a la lucha armada cuando Perón impulsó una ley para combatir el terrorismo. Es decir, sus viejas diferencias vuelven a florecer, aunque esperemos que en esta oportunidad el peronismo no lance el país a la orgía de sangre a la que lo lanzó en los ‘70.

Es claro que Kirchner quiere construir un gran poder que lo independice de la estructura tradicional partidaria del PJ. Pero al igual que ocurrió con la Alianza y el mismo Alfonsín en los ’80, todo parece indicar que primero quiere el poder para después ver qué hace con él.

La forma en que viene hablando y actuando Kirchner, indicaría que su modelo de país es de izquierda, donde el Estado asistencialista, el recelo hacia las inversores y la intolerancia hacia los que piensan distinto son el eje de su política. Crear las condiciones institucionales de largo plazo para generar riqueza y prosperidad no luce como su objetivo primordial. Por el contrario, por ahora, la improvisación parece ser una constante en su política de gobierno. La crisis energética es un claro ejemplo de no anticipar los problemas como lo hacen los estadistas, sino que la actitud es otra muy distinta: cuando llegue el problema vemos que hacemos, ahora estoy ocupado descolgando cuadros de militares, recibiendo a Hebe de Bonafini, abrazándome con Chávez y Fidel, así que no molesten con esto del balance energético. Este comportamiento tiene bastante parecido con el de Alfonsín, a quien le encantaba hacer política de comité y odiaba gobernar. Subirse al púlpito para contestarle a un sacerdote era más divertido que construir en serio un país, volcando todos los esfuerzos en llevar a cabo las reformas estructurales. Hasta que la hiper se lo llevó puesto por entretenerse en politiquería barata.

Pero, si este estilo y proyecto de gobierno es preocupante, mucho más preocupante es que todos miren a Duhalde como el hombre fuerte de la provincia de Buenos Aires que puede ponerle un límite a la insaciable búsqueda de poder de Kirchner.

Desde que el viernes pasado se desató el conflicto dentro del PJ, los diarios no dejaron de informar, analizar, dar información de “altas fuentes”, sobre la posición de Duhalde. Si lo frena, si acuerda, si espera a que las encuestas no le den tan bien, son algunas de las especulaciones que se podían leer. Sin embargo, quiero recordar que Duhalde es el mismo que devaluó, inventó la pesificación asimétrica y estableció el corralón, entre otra infinidad de insólitas medidas económicas. El mismo que cuando fue a España descubrió que el mundo estaba globalizado.

¿Qué solución alternativa puede ser Duhalde a Kirchner, en caso que éste se deslice rápidamente hacia un acentuado autoritarismo? ¿Acaso alguien puede pensar que el caudillo de la provincia de Buenos Aires es el estadista que no demuestra ser Kirchner? La verdad es que si éstas son nuestras opciones, estamos en problemas. En serios problemas.

Los dos creen que redistribuyendo van a solucionar los problemas de la pobreza, dejando de lado los principios básicos de economía y dedicándose a repartir el stock de capital existente.

Ejemplo actual. Kirchner cree que si las empresas de gas ganaron mucha plata, ahora tienen que perder e invertir aunque pierdan. Al obligarlas a esa locura, dejando pesíficado y atrasado el precio de gas, lo que ocurrió fue que se consumió parte del stock de reservas gasíferas y hoy tenemos una crisis energética. Dado los escasos conocimientos de economía que tienen los populistas de izquierda y de derecha, no entienden que, por ejemplo, invertir en exploración para tener stock de pozos gasíferos tiene un costo financiero y que, además, se invierte en exploración cuando las reglas de juego son claras y permanentes. Explorar y encontrar un pozo de gas sin tenerlo activo, es como tener abarrotada la estantería de un comercio con mercadería que no se vende y que no se sabe si, en el futuro, va a ser negocio.

Toda esta gente no entiende que las grandes empresas cotizan en bolsa y que la gente compra acciones de esas compañías siempre y cuando le den algún rendimiento. Como tienen atrasado el almanaque varias décadas, creen que todavía unos señores gordos que fuman habanos y tienen cadenas de oro en el chaleco del traje, son los dueños de las grandes empresas del mundo. No es así, los que dirigen las empresas suelen ser directivos que tienen que rendirles cuentas a los accionistas. Si hacen inversiones en un país que no ofrece rentabilidad presente ni futuro claro, los accionistas despiden al director ejecutivo o bien venden las acciones de esa empresa y su capital se esfuma.

Para decirlo de otra manera, si se trata de invertir en Argentina en gas, petróleo, autos, chupetines o lo que sea, la decisión última la toma el dentista español, el arquitecto alemán o el médico francés que compra o vende acciones de esas empresas fijando el valor de mercado de la empresa en base a la expectativa de ganancia.

Ninguno de esos profesionales de otros países ni tampoco argentinos, va a invertir sus ahorros en empresas que pierden plata o tienen un bajo rendimiento, sólo para que Kirchner mantenga alta su imagen en las encuestas.

En síntesis, nuestro problema es que ambas facciones quieren el poder para seguir explotando a los contribuyentes y mantener el negocio de la redistribución populista, ignorando el gran principio que le permitió desarrollarse a los países exitosos: la existencia de un gobierno limitado que impide la arbitrariedad de los funcionarios públicos. En Argentina, desprecian los beneficios del gobierno limitado porque quieren subordinar el orden jurídico a los caprichos políticos del momento y manejar a su antojo el fruto del trabajo ajeno y el patrimonio de la gente.

En un país que tiene esas reglas de juego no hay inversiones y no se redistribuye riqueza. Al final del día lo único que abunda para distribuir es la miseria enmarcada en la corrupción.

No aceptemos que la interna peronista nos niegue un país mejor. © www.economiaparatodos.com.ar




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