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jueves 10 de marzo de 2005

Festival oral del fracaso

Los argentinos sostenemos en el discurso que queremos dejar de ser pobres y fracasados, pero con nuestras actitudes y valores renegamos del dinero y la riqueza material. Contradicciones de una sociedad que ha extraviado el camino del éxito.

La iniciativa del gobernador de La Pampa de entregar un premio de 500 pesos en efectivo a los mejores promedios de todas las clases de todos los niveles de todas las escuelas públicas de la provincia dio, a la inveterada oratoria del fracaso argentino, una inmejorable oportunidad para desencadenar una orgía terminológica de la hipocresía y la pusilanimidad.

Como era de esperar, todo el arco de la intelectualidad fracasada de la Argentina, los dirigentes gremiales del sector y los llamados “especialistas” en educación no dejaron cliché sin usar a la hora de pegarle con lo que tuvieron a mano a la iniciativa y al gobernador.

Se dijo que no se podía “meter el mercantilismo en la educación”, que “cómo se le podía ocurrir al gobernador mezclar la plata con el estudio”, que lo que había que “transmitir eran los valores de la solidaridad y no los del dinero”, que la idea “significaba introducir la competencia en la clase”, que “los padres iban a torturar a los chicos para que se ganaran ese dinero”, en fin, toda una serie de argumentos encolumnados detrás del mismo espíritu que expresan los que aquí transcribimos, destinados, tristemente, a seguir cavando una fosa más profunda al inexplicable fracaso argentino.

Inexplicable para un mundo que no entiende cómo este país se ha convertido en una isla incomprensible para el resto del universo, aun cuando dispone de bendiciones naturales que superan en mucho los activos de otros países cuya suerte a la hora de recoger las bendiciones de la providencia no ha sido la mejor.

Pero nosotros, que tenemos el privilegio de escuchar en vivo y en directo la cosmovisión que la enorme mayoría de la clase dirigente y gran parte de la sociedad tienen de los valores que distinguen al éxito de la decadencia, al protagonismo de la pusilanimidad y a la franqueza de la hipocresía, aquel fracaso resulta no solo explicable sino que es el resultado lógico y esperable de la aplicación de un conjunto de ideas equivocadas que el mundo rechaza por inservibles.

Muchos han salido a decir que los premios debían consistir en libros, en becas, en elementos que tuvieran que ver con la cultura. Digámoslo de una vez, ¿qué indómita cuestión no resuelta tenemos los argentinos con la plata?, ¿qué complejo, anidado en los pliegues más ocultos de nuestro cerebro, tenemos con el dinero y con la riqueza material? Los gritos del reclamo social, ¿qué piden después de todo? ¿Poemas y versos de juglares? ¿O dinero? Los maestros que año tras año paran el inicio de las clases en el país, ¿qué reclaman? ¿Las obras completas de Miguel de Cervantes? ¿O dinero?

¿Con qué se imprimen las obras que los intelectuales defienden como si se trataran de una entelequia caída del cielo?. Se imprimen con máquinas que requieren de inventiva e inversión para crearlas, instalarlas y hacerlas funcionar. ¿Con qué se hace todo eso, sino con dinero? ¿Con qué se levantan los edificios de las escuelas, sino con dinero? ¿Con qué se financian las obras de cine y de teatro? ¿Con qué pintan sus cuadros los artistas? ¿Qué hace posible que los materiales que precisa lleguen a las manos del escultor?

¿Qué autoridad moral tienen toda esta serie de privilegiados para despreciar lo que hace posible su obra? ¿Y de dónde han sacado la extravagante idea de que su actividad es moralmente superior a la del tornero, el empresario, el textil o el comerciante?

¡Entérense señores intelectuales!: lo que saca a los países de la miseria y la pobreza no son las obras de teatro, es la multiplicación exponencial de actividades productivas que agreguen valor y –perdón por las malas palabras– “riqueza material” a una sociedad. Esa afluencia es, también, lo que los hace posibles a ustedes.

¿Qué mejor momento (y con qué mejor excusa que ser mejores estudiantes) que la edad de la formación para enseñarle a los chicos el manejo, la responsabilidad, la importancia y el valor del dinero? ¿No será que los adultos (padres y maestros) no queremos asumir la incómoda tarea de educar a los chicos en el entendimiento de la herramienta con que la vida adulta premia o castiga? ¿O será que queremos iniciar una épica cruzada contra el orden mundial y hacer desaparecer al dinero como unidad de medida del éxito? ¿No será que nos resulta más cómodo elaborar un verso de romanticismo, tan inútil como hipócrita, con tal de no asumir la responsabilidad de una educación práctica, útil y en consonancia con el mundo que los chicos deberán enfrentar cuando dejen la escuela?

La Argentina ha dado vueltas de pies a cabeza el orden de los valores y la jerarquía de los premios y castigos. Ha castigado a quien debía premiar y ha premiado a quien debía castigar. Así nos ha ido en las últimas siete décadas. Parece que nos gustara el fracaso, la escasez y la pobreza. No veneramos al exitoso, veneramos al pobre. Pero el pobre grita hasta donde puede que quiere salir de la pobreza… ¿Quiere salir de la pobreza? ¿Entendemos los palotes de cómo se genera riqueza? ¿Cómo podemos decir que queremos algo que despreciamos desde nuestra actitud, desde nuestros valores y hasta desde nuestro vocabulario? ¿Queremos ser ricos?, ¿queremos tener dinero?, ¿estamos dispuestos a ganárnoslo honestamente y a entender los rudimentos de su lógica? Y si queremos todo eso (ser ricos, ganar dinero honestamente, dejar de estar en la miseria y vivir cada vez mejor), ¿por qué no premiar con dinero a quien estudia y aprovechar la ocasión para educar a todos en los fundamentos y los principios del dinero y de lo que se puede hacer con él?

Pero es inútil, cada vez que de modo casual surge una cuestión como para que éste tema nos requiera de una opinión espontánea, nuestra primera reacción será echar mano a ese romanticismo estúpido que cree que puede vivirse del aire. Esa mentalidad sería suficientemente grave si la sociedad estuviera convencida de ello inocentemente. Pero si la propagación de semejantes nociones fuera el resultado de una ola gigante de hipocresía que nos ha invadido a todos nosotros, la cuestión no sólo sería grave, sino que además debería darnos vergüenza. © www.economiaparatodos.com.ar




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