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EPT | April 8, 2020

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Jueves 31 de enero de 2008

¿Hasta cuándo se mantendrán los “términos de intercambio” favorables?

Los analistas discuten las perspectivas futuras de los excelentes precios internacionales de las materias primas agrícolas, que tanto favorecen a la Argentina ya que contribuyen a disimular los errores de política económica.

Cuando la sombra de una recesión norteamericana pareciera —por sus eventuales consecuencias— asomarse sobre todos por igual, la pregunta que debemos hacernos los argentinos pareciera ser: ¿hasta cuándo nos durará el fuerte “viento a favor” que nos llega desde el exterior, a caballo de los excelentes precios internacionales de las materias primas agrícolas que exportamos? Viento que ha disimulado notoriamente nuestros errores de política económica.

Hasta ahora, las variables a contemplar parecían ser por lo menos dos: (i) el mantenimiento de la fortaleza de la actual demanda asiática de alimentos que, estimulada por el fuerte crecimiento de sus ingresos nacionales, permite a sus pueblos mejorar sensiblemente el contenido proteico de sus dietas tradicionales, es decir, comer mejor; y (ii) la nueva “demanda concurrente”, la de los “biocombustibles”, que —por su volumen— contribuye a tonificar significativamente los precios de las materias primas agropecuarias, directa e indirectamente.

Hasta allí los argumentos más conocidos. Hay, sin embargo, quienes ya han comenzado a señalar que existen, quizás, algunos otros factores estructurales que seguramente contribuirán a mantener la actual fortaleza de los precios de las materias primas del campo, aquellos que nosotros exportamos.

Entre ellos aparece la consultora británica Bidwells Agribusiness, que señala que existen algunas restricciones del lado de la oferta que presumiblemente ayudarán a mantener altos, por largo tiempo, los precios de los principales productos del agro.

Ellas serían: (i) la escasez de agua en el mundo; (ii) el hecho de que la superficie de tierra cultivable no es, naturalmente, infinita; y (iii) la circunstancia de que los aumentos de productividad derivados de la incorporación de tecnología a las labores rurales parecerían haber entrado en una suerte de meseta.

En todas partes los precios del maíz, la soja, el trigo, el pan, la leche, los huevos, las carnes y los pollos han crecido fuertemente. Como nunca en la década que estamos recorriendo. Los criollos rogamos al cielo que esto no cambie. Que el “maná” siga cayendo sobre nosotros.

Quizás ocurra porque lo cierto es que la tierra cultivable es —en el mundo— finita, desde que ampliarla sustancialmente supondría deforestar grandes extensiones, con el riesgo cierto de generar todavía más desequilibrios ecológicos y profundizar los existentes.

Y el agua, por su parte, es también escasa, y va camino a faltar en algunas zonas hasta ahora fuertemente agrícolas, como ocurre en el estado de California, en los Estados Unidos, o en el sur de España, en Europa.

China y la India serán, por lo demás, seguramente dos escenarios en los que las necesidades de agua de las poblaciones urbanas locales generarán múltiples restricciones al uso indiscriminado de este recurso hídrico para fines agrícolas.

Por estas razones adicionales, la firma británica aludida sostiene que, aun cuando el mundo enfrente la temida recesión norteamericana, que podría generar una disminución del ritmo global de la actividad económica, y la demanda asiática eventualmente se contrajera, en el mediano plazo los precios de los productos del campo volverán a entonarse.

Por esto sugieren que el gran desafío del siglo XXI es el de equilibrar razonablemente la necesidad de atender la alimentación de una población que crece y mejora su nivel de vida con las que tienen que ver con la defensa del medio ambiente.

Esto sucederá en un marco donde los llamados “términos del intercambio”, que por tantos años favorecieran a los productos industriales sobre las materias primas del campo, parecen haberse alterado en dirección a mantener a las últimas con el importante “viento de cola” que mencionábamos al comienzo de este comentario.

En las últimas semanas, en distintos lugares del mundo, la gente salió a la calle para protestar —enérgicamente— contra el aumento continuo del precio de los alimentos.

Estas hasta ahora inusuales expresiones de malestar social ocurrieron tanto en Pakistán con motivo de la escasez de trigo; como en Egipto por la falta de arroz en el mercado, lo que llevó a ese país a prohibir las exportaciones de ese grano; y en Indonesia, donde unas diez mil personas se encolumnaron disciplinadamente para expresar su descontento por el aumento del precio de la soja producto de la reducción de su área sembrada por parte de los agricultores de todo el mundo que están aumentando, en cambio, el área que es dedicada a la producción de maíz, cuya demanda está fuertemente impulsada por las compras de aquellos que hoy la adquieren para fabricar con ella biocombustibles. Guinea, Mauritania, México, Marruecos y Senegal, así como Uzbekistán y Yemen, han sido escenario de protestas similares.

Los acontecimientos de Indonesia, el país con mayor población musulmana del mundo, tienen un cierto parecido a las protestas mexicanas del año pasado por el constante aumento de los insumos con los que allí se fabrica la popular “tortilla”.

La misma frustración provocó, en ambos casos, la ira de la gente ante el aumento de los precios de alimentos que son populares y, por ende, considerados como de primera necesidad.

En el caso de la soja, la presión de la demanda china, que sigue creciendo, sumada al aumento significativo del costo de los fletes (generado a su vez por el crecimiento de los precios de los combustibles) y a la expectativa de posibles pérdidas de cosecha en Argentina y Brasil, contribuyó a que los precios del producto siguieran en aumento. Tan sólo en un año crecieron algo así como el 90%.

En Indonesia, que importa dos terceras partes de su consumo total, el aumento fue aún mayor.

Para contrarrestar la caída del área sembrada con soja, el gobierno de Indonesia se prepara a subsidiar el total del precio de las semillas. Esta medida puede ser objeto de imitación en otras latitudes por parte de gobiernos que deban reaccionar frente a protestas similares, que quizás ni el propio Malthus hubiera imaginado.

Tanto el “tofu”, en China, como la pasta de soja en Japón, son ingredientes esenciales de la cocina local. En Indonesia, el “tempeh” (soja fermentada) es, para muchos, la única fuente de proteínas.

Asia depende de sus importaciones de soja. Japón importa el 95% de su consumo. Los chinos hoy requieren soja para alimentar a su inmensa producción de carne de cerdo, cuyos precios treparon un 80% el año pasado. Y el requerimiento ha ido en constante aumento.

A modo de reflexión final

La inflación que se está apoderando de todos los rincones del mundo tiene claramente dos vectores fundamentales: (i) el costo creciente de la energía y (ii) el aumento del precio de los alimentos. Ambos factores se retroalimentan considerablemente. La espiral que ellos provocan es preocupante, queda visto, en todas las latitudes. Hoy los biocombustibles son responsables de la mitad de la demanda de aceites vegetales en el mundo.

En nuestro país, a través de una verdadera “reforma agraria encubierta” que se esconde detrás de las enormes y prolongadas retenciones impuestas a la exportación de alimentos, la sociedad toda (y no solo el sector rural) se está “beneficiando” de lo que ocurre. El traslado interno de ingresos es descomunal, aunque la sociedad parece no advertirlo.

No obstante, lo cierto (y lo grave) es que el país no está generando los aumentos de volumen de producción que seguramente aparecerían si los aumentos de los precios en el mercado internacional, que hoy no llegan a los productores, pudieran derivar en un mayor ingreso para ellos. Sin incentivos, el viento a favor exterior cuenta. Sin embargo, la gallina de los huevos de oro no pone.

Es grave que países como la Argentina —capaces de aumentar fácilmente sus volúmenes de producción— elijan el conformismo que supone la política de “retenciones”, cuya consecuencia es que la oferta agregada de alimentos no aumentará como lo requiere una demanda internacional de alimentos creciente. Quizás sea preferible no pensar en esto, pero la falta de solidaridad es absolutamente obvia. Y tarde o temprano alguien nos la hará notar. © www.economiaparatodos.com.ar

Emilio Cárdenas se desempeñó como representante permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU).


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