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Jueves 25 de septiembre de 2014

Inquieta, paralizada y mirándose el ombligo

Inquieta, paralizada y mirándose el ombligo

‘No es la experiencia del día de hoy lo que vuelve locos a los hombres. Es el remordimiento por algo que sucedió ayer, y el miedo a lo que les pueda traer el mañana’ (Robert Jones Burdette)

Un viaje demasiado largo e inútil para las ‘efectividades conducentes’ -como hubiera dicho Ricardo Balbín-, parece estar acabando con los últimos restos de equilibrio de Cristina Fernández, demasiado inquieta para encontrar una salida al atolladero en el que se ha metido merced a sus insensateces.

Es muy común observar que hay personas que se sienten pésimamente mal por algo que no deberían haber hecho, o asustados y consternados por cosas que pueden llegar a pasarles. Eso es lo que se ve hoy detrás de la incontinencia verbal que sufre la Presidente.

Paralizada en su interior, debe estar percibiendo que sus obsesiones la han llevado a un camino que no tiene salida, a menos que gire 180ª y traicione sus absurdos “relatos”. Este sentimiento la tiene al borde de la angustia (su rostro adusto lo revela a pesar de algunas risotadas inoportunas), y mientras mira hacia su alrededor debe tener la sensación de estar rodeada por aguas profundas donde le es imposible hacer pie.

En un intento desesperado por descollar actuando constantemente como “prima donna”, delata a todas luces estar sufriendo una verdadera “conspiración de culpabilidad interior”. De allí que siga agregando todos los días nuevas mentiras a su pasado, (ahora al decir que fue gobernadora “antes” que su marido), lo que deja en evidencia su adicción neurótica por DARSE IMPORTANCIA A CUALQUIER PRECIO.

La culpabilidad de una persona consiste en general en una incomodidad que puede convertirse en una severa depresión, porque las equivocaciones se exteriorizan siempre en una pérdida creciente de objetividad respecto de la realidad. Ella deseó siempre ser tomada por lo que no es y esto la mueve a malgastar energías inútilmente para imponer ideas muchas veces irrelevantes, que generan rechazo por el elevado grado de histrionismo con que las “comunica”.

Las historias que relata, se refieren casi exclusivamente a que alguna vez se haya sentido de tal o cual manera, o haya hecho tal o cual cosa, machacando constantemente con el mismo libreto.

Por otro lado, no encuentra modo efectivo para resolver los problemas que la acucian, porque su mente está presa de una emotividad que la trastorna, hasta convertirla, a la vista, en un ser infantil.

Es muy posible que sea el residuo de normas que le fueron impuestas en el pasado por su mamá y su difunto marido alternativamente, y la han convertido en un ser perturbado que realiza enormes esfuerzos para “reconstruirse”, por la misoginia que dice haber sufrido.

Hija de madre soltera, esposa de marido dominante, emergente de un hogar de clase media baja con necesidades básicas escasamente satisfechas, lame sus heridas tratando de doblegar a los demás imponiendo sus caprichos a quienes dependen de ella (aunque no les guste es aún la Presidente), y falsea su vida para ser admirada “urbi et orbi” por lo que no es: una persona que tiene supuestamente el equilibrio necesario para resolver las asuntos que debe enfrentar por su cargo.

Cristina está soportando además la sentencia de una culpa autoimpuesta larvada que la está conduciendo en un viaje neurótico con rumbo desconocido. Las culpas por lo que no hizo o le hicieron la mueven a repetir seguramente el mismo comportamiento cada vez que debe “absolverse” a sí misma por lo que siente.

La arquitecta egipcia, exitosa abogada “monotributista de operaciones inmobiliarias” y gobernadora “fantasma” está perdiendo pie en el laberinto de sus dilemas con “the world” (Cristina dixit), como un burro atado a una noria que da vueltas y vueltas a la misma sin moverse del sitio.

Nos ha puesto a todos en extremo peligro. La economía y la política dependen hoy casi exclusivamente de las manipulaciones de quien siente que su fracaso final la sumiría en una vergüenza que no podría asumir, lo que la está matando lentamente, haciéndole cometer una imprudencia detrás de otra.

Mientras parlotea, parece decirle a todo el mundo: “no te me acerques, ni oses contradecirme, ¿cómo crees que puedo tolerar que me hayas obligado a enfrentarme con los demonios interiores que me dominan?”

Olvidémonos de su arenga en la ONU. Para nuestros problemas fue irrelevante, una verdadera ensalada rusa deshilvanada, que parodió por momentos los dichos del motochorro defensor de “sus” derechos humanos, que “no quiso matar ni violar” -popularizado con impudicia por Mauro Viale en la TV-, para terminar insistiendo en que los fondos “buitres” no deberían cobrar por la “oscuridad” de su origen, pero la Argentina les pagará igual. ¿Cuándo? ¡Chi lo sá!

Como puede apreciarse, el mal está dentro de nuestras fronteras, personificado por quien “manotea” cualquier argumento que convenga a sus intereses personales por más absurdo que sea. Son inútiles los análisis de la coyuntura que no tengan en cuenta que los problemas que enfrentamos pertenecen a la psicología enfermiza de UNA SOLA PERSONA.

Cuando alguien desvaría, se aleja inmediatamente de la razón. Y si tiene poder, arrastra inexorablemente a quienes lo rodean por más esfuerzos que hagan para sujetarlo.

Quizá con el tiempo las extravagancias de Cristina Fernández figuren en alguna antología histórica compitiendo con Imelda Marcos, de Filipinas.

La de los 30.000 (¿) pares de zapatos.