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Lunes 21 de noviembre de 2005

Invierta en la Argentina que le aseguramos maltratarlo

El Gobierno asegura –aunque se equivoca– que la expansión monetaria para sostener artificialmente alto el tipo de cambio no es la causante de la inflación, sino que ésta es provocada porque la demanda interna crece más rápido que la oferta de bienes. Sin embargo, ni siquiera hace los deberes necesarios para que su diagnóstico pueda ser resulto a través de mayores inversiones en el sector productivo de la economía.

Según el Gobierno y algunos economistas, el aumento de la tasa de inflación se debe a un problema de oferta. ¿Qué significa esto? Que la demanda interna crece más rápido que la oferta de bienes. En un contexto de economía cerrada vía un dólar artificialmente alto, un aumento de la demanda interna tendría que tener como contrapartida un aumento de la oferta de bienes y servicios para evitar que los precios sigan subiendo. Tanto para el Gobierno como para algunos economistas, la expansión monetaria para sostener artificialmente alto el tipo de cambio no es el dato relevante. La verdadera causa de la inflación que estamos teniendo tiene que ver con que las empresas no invierten lo suficiente como para responder con mayor oferta de bienes y servicios a la creciente demanda. La solución pasa, entonces, por lograr incrementos de la oferta vía inversiones.

Personalmente no comparto este diagnostico, pero aun siguiendo el razonamiento del Gobierno la pregunta que cabe formularse es: ¿qué están haciendo las autoridades para incrementar la oferta? Dicho en otras palabras, si para el Gobierno la inflación se debe a una escasa tasa de inversión, ¿es su política económica y su discurso el adecuado para atraer esas inversiones que, supuestamente, permitirán incrementar la oferta y bajar la tasa de inflación?

La verdad es que el mensaje que viene enviando el Gobierno es: “invierta en la Argentina que le aseguramos maltratarlo”.

A las privatizadas las acosó hasta el hartazgo bajo el argumento de que en los 90 habían ganado mucho y ahora tienen que aguantárselas. Algo así como afirmar que el Gobierno va a decidir cuál es la rentabilidad que en cada período tiene que tener cada sector.

A los supermercados los acusó de extorsionar a la población con los aumentos de precios, como si los mismos supermercadistas que en los 90 no subían los precios ahora se hubieran vuelto seres despreciables e incrementaran los precios por sadismo.

A las petroleras que decidieron aumentar los precios de los combustibles las amenazó públicamente y se mantuvo indiferente mientras sectores piqueteros adictos al Gobierno violaban la propiedad privada tomando las estaciones de servicio.

A los productores de carne acaba de aplicarles un castigo impositivo que intenta recortarles las ganancias porque el precio de sus productos se incrementa. El objetivo es desestimular las exportaciones para que tengan que vender en el mercado interno y así bajar el precio. Lo mismo ocurrió con los productores de pollo y lácteos.

Es decir, el Gobierno sistemáticamente emite señales agresivas hacia las empresas, pero, al mismo tiempo, quiere un modelo de sustitución de importaciones para generarles rentas superiores a las que tendrían en condiciones de libre competencia.

Lo que debería preguntarse el Gobierno es lo siguiente: si las empresas están ganando mucha plata en este momento, cosa que en algunos casos es así, ¿por qué no reinvierten parte de sus utilidades para ampliar la capacidad de producción? ¿Por qué, si les ha regalado el mercado interno y tienen aseguradas las ventas por falta de competencia, no lo aprovechan invirtiendo?

Desde mi punto de vista, las respuestas son muy claras. En primer lugar, el empresario protegido va a maximizar sus utilidades y se apropiará de las ganancias sin reinvertir porque no necesita hacerlo en una economía cerrada.

Segundo, pocos están dispuestos a asumir el riesgo de ampliar su capacidad de producción para luego encontrarse con una crisis energética que les impida utilizar a pleno las máquinas que compraron.

En tercer lugar, todos saben o intuyen que esta estructura de precios relativos es altamente inestable en el tiempo y, por lo tanto, las altas rentabilidades actuales pueden transformarse en pérdidas en un futuro cercano.

Y, por último, resulta temerario invertir en un país en el cual su Gobierno hace gala del patoterismo, el insulto y la agresión. Cuanto más se invierte en un país así y más grande es la empresa, mayor es el riesgo que se corre de ser acosado por el Gobierno. Lo mejor, en ese contexto, es tratar de pasar desapercibido.

Si el Gobierno cree que la fenomenal emisión monetaria que está llevando a cabo el Banco Central no es la causa de la inflación e identifica el problema con el escaso incremento en la oferta de bienes, su discurso intolerante y desorbitado pavimenta el camino para que todos sigan el camino de no invertir.

En definitiva, el Gobierno no sólo está equivocado al momento de identificar la causa de la creciente inflación sino que, además, a su errado diagnóstico le agrega otra equivocación: agredir a las empresas y tratarlas como enemigas creando las condiciones para que nadie invierta. Ya no se conforma con dejar plantados en París a empresarios o destratarlos en España. Ahora les llegó el turno a los empresarios locales.

El Gobierno vive buscando enemigos permanentemente. No puede pasar una semana entera sin que busque alguien con quien pelearse. La Iglesia, el FMI, las corporaciones, los militares, la policía, los políticos que no son sus aliados, el vicepresidente, los economistas, las empresas extranjeras, Bush, y continúa la lista. Lo que no parece haber advertido el Gobierno es que no hay nada más cobarde que el capital, que suele salir corriendo de todos aquellos lugares en los que impera la falta de previsibilidad, que es hija de la arbitrariedad.

Y si no me creen, basta ver cómo la dirigencia empresaria se mantiene casi paralizada por temor a la ira del Gobierno. © www.economiaparatodos.com.ar




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