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lunes 7 de abril de 2008

La diversión adolescente: un trabajo artesanal

Negarles a nuestros hijos la posibilidad de salir o coartarles la posibilidad de relacionarse con el afuera no solucionará los problemas de las adicciones o del desenfreno en que muchos de ellos caen cotidianamente.

El lado oscuro de las salidas y la diversión adolescente suele ocupar cada vez más espacio en los distintos medios de comunicación. El cóctel alcohol-drogas-violencia forma parte de los titulares casi cotidianos que pueden aterrorizar a cualquier padre.

Por ello, probablemente, a la hora de sentarnos a reflexionar sobre el tema, suelo encontrarme con un rótulo previo: es la postura de “el problema de la diversión adolescente”, postura que, en una primera instancia, no deja de sorprenderme.

¿La palabra “’diversión”, en su esencia, está asociada a una idea de conflicto o bien a la distracción lúdica y placentera? ¿Es acaso la adolescencia un problema? ¿O es una etapa fundamental y maravillosa de la vida?

Estas ideas diversas parten de abordajes contrapuestos que indefectiblemente nos hacen situarnos, antes de comenzar cualquier análisis, en una vereda negativa o en otra de mayor optimismo.

Volvamos a las fuentes. La raíz de la palabra “adolescencia” con frecuencia se ha confundido en su etimología y, a partir de ello, ha generado dos visiones, dos maneras de abordarla.

Por un lado, están quienes erróneamente creen que se relaciona con el hecho de adolecer, sufrir dolor, carencia o falta. A partir de ello, el “pobre adolescente” deambula en esta etapa intermedia, en la que no es ni un niño ni un adulto (y, por lo tanto, en él prima el “no ser”); etapa que tendrá que soportar ansiando alcanzar la edad en la que oficialmente deje de ser considerado un “pavo” y logre ser el adulto que todos esperan.

Esta visión se ha aplicado históricamente a modelos educativos familiares y escolares en los que se percibe y se trata al adolescente desde su posición de rebelde, inmaduro y carente.

El verdadero origen y significado de la palabra responde más a bien al concepto de “adultizarse”, hacerse grande, crecer. La definición exacta nos lleva a una simbología muy rica: “aquel que porta el fuego de la vida nueva”. Ése es el adolescente. Es quien, al verlo, nos refleja en aguas frescas la continuidad de nuestra existencia. Es potencialidad, vivacidad, energía. Por supuesto que, también, vulnerabilidad y fragilidad.

Sin dudas, el abordaje será muy distinto si lo tomamos desde el punto de vista de la riqueza y la posibilidad y no desde la carencia o la falta.

Según Francoise Dolto, psicóloga francesa especialista en niñez y adolescencia, “la adolescencia es un movimiento pleno de fuerza, de promesas de vida, y es por eso que, como brotes que salen de la tierra, los adolescentes tienen la necesidad imperiosa de salir.”

Por eso, las salidas en esta etapa de la vida son tan importantes. Divertirse implica hacer algo diverso, verterse fuera, alejarse. Es aquí cuando el mundo adulto empieza a considerar un problema las salidas del adolescente, y las noticias no hacen más que acrecentar esa preocupación.

A su vez, es importante recordar qué tipo de sociedad le espera fuera de casa a esta generación posmoderna: una sociedad que los toma como objetos de consumo, que promueve la eterna juventud en desmedro del valor de la experiencia, que desacredita el esfuerzo y pregona el éxito rápido y a cualquier costo. Una sociedad que parece no sustentarse en valores sólidos como la perseverancia o el compromiso, sino que fomenta la exaltación de lo banal y superficial. En suma, una “sociedad adolescentizada” en el sentido negativo de la palabra, donde todo fluye sin mayor importancia, donde todo se relativiza, se compra, se usa y se tira.

No es ilógico asociar, entonces, a esta “sociedad líquida” con la necesidad de los adolescentes de consumir alcohol (por poner un ejemplo central) como supuesto modo de acrecentar la diversión. Es la misma sociedad la que les ofrece sólo esta alternativa, que no les muestra otras opciones. Por lo tanto, pareciera que el adolescente, en su necesidad evolutiva de salir, únicamente puede divertirse con alcohol de por medio.

Una prueba de ello: “Cuando vamos a un bar, nos sentamos y, sin pedirle nada, viene el mozo y nos deja una cerveza en la mesa”, dice un adolescente de 16 años en uno de los tantos debates que tenemos sobre el tema.

Cuando uno les pregunta a los adolescentes cuáles son las razones por las cuales ellos toman, se escucha este tipo de respuestas mayoritarias:
“Para desinhibirme.”
“Para divertirme más.”
“Porque todos toman.”
“Para animarme a encarar a un/a chico/a.”
“Para olvidarme de los problemas.”
“Porque estoy limitado toda la semana y el fin de semana puedo descontrolar.”

Y otras minoritarias, aunque igualmente significativas:
“Porque no quiero crecer.”
“Porque me desata para pelearme y descargar.”
“Porque así siento menos el dolor.”

Analizando estas respuestas, puede arribarse a muchas conclusiones: todas tienen una clara conexión con aspectos colectivos negativos indirectamente ensalzados en nuestra sociedad.

En una sociedad que no valora el esfuerzo, yo, adolescente, tomo, porque así me resulta más fácil conseguir lo que quiero. En una sociedad que no acepta los límites, tomo para descontrolarme. En una sociedad que no valora la responsabilidad personal, tomo “hasta quebrar, total después un amigo me lleva a casa”. En una sociedad superficial, tomo, para sentirme lindo y agradable ante los demás. En una sociedad intolerante, tomo, porque así puedo pelearme con cualquiera. En una sociedad sin comunicación verdadera, tomo, porque me anima a hablarle al otro. En una sociedad sin afecto sincero, tomo, porque todos lo hacen y de ese modo me siento reconocido, aceptado, querido. En una sociedad líquida y sin contenido, tomo y me lleno de líquido, me lleno de nada.

Ante esta realidad, que puede angustiarnos y paralizarnos como padres, no creo conveniente adoptar medidas prohibitivas del tipo “no hay más salidas”, ya que, como se ha dicho, ellas cumplen un rol evolutivo decisivo y necesario en el adolescente. Nada de malo hay en ser adolescente y querer salir y divertirse. Al contrario. No habría que hacer foco en el afuera, maldiciéndolo, sino que la solución habría que buscarla primero puertas adentro, en casa, en el seno de las familias, donde nace la sociedad.

Desde pequeños, la tarea educativa de una madre y un padre va preparando a sus hijos para las salidas adolescentes. No meter los dedos en el enchufe, no levantar comida del suelo y no hablar con extraños son algunos ejemplos clásicos que van promoviendo en el niño las nociones de cuidado personal y de los demás, de conciencia y alerta ante el peligro, de respeto por los límites, de responsabilidad.

Se trata de formar hijos alertas, inteligentes, auténticos, despiertos, y hacerlo sin subestimarlos, sin desacreditarlos. Creo, entonces, que hay una sola manera de lograrlo: encarnando los valores que queremos transmitir, asumiendo nuestro rol de padres de manera activa, demostrándoles a nuestros hijos en acciones cotidianas que hay otros ideales, que hay otras opciones, además de las que nos venden desde afuera.

Muchas veces, los adolescentes refieren no querer crecer porque no les gusta el mundo de los adultos, porque los mayores perdieron su capacidad de asombrarse, de divertirse, de seguir soñando. Los primeros adultos que pueden tener esa mirada gris y cansada son sus padres. Y, justamente, por eso también son ellos los primeros que pueden revertirla.

Tenemos la gran oportunidad de fortalecer a nuestros adolescentes en el afecto y la confianza, en el conocimiento y la solidaridad, en la elección personal y la creatividad, de manera tal de que, cuando salgan a enfrentarse con el mundo, hayan aprehendido en casa una identidad que les asegure las armas suficientes como para saber defenderse y, por lo tanto, saber divertirse.

Ningún monstruo o enemigo ajeno puede influenciar más que un padre, ni doblegar las enseñanzas positivas vividas junto a los que uno más quiere.

Ha llegado la hora de las “noticias blancas”.

Siguiendo esa línea, difícil pero enormemente gratificante, de trabajo artesanal, seguramente sean muchos menos los que necesiten “llenarse de nada”, de vacío, de alcohol para divertirse. Porque internamente portarán el fuego que los colme de alegría, esa llama de la vida nueva que avivaron en el hogar familiar. © www.economiaparatodos.com.ar

El licenciado Arturo Clariá es miembro de la Fundación Proyecto Padres.

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