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EPT | January 27, 2021

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Jueves 19 de junio de 2008

La incapacidad institucional argentina

Desde mayo de 2003 hasta aquí, Néstor Kirchner arrasó con el funcionamiento de las instituciones y no dudó en usar las fuerzas de choque para aterrorizar a la ciudadanía.

Néstor Kirchner, el presidente de facto de la Argentina, es un insultador profesional. Lo primero -y casi lo único- que el país ha conocido de él, es la diatriba. La dirigió, primero, al adversario (en su idioma, el “enemigo”) ideológico. Luego se ocupó de los políticos que no se avenían a su proyecto de hegemonía. Después llegó la sociedad común, la que arrinconada por la inseguridad, la inflación, el aislamiento internacional, la mentira estadística y el atropello, empezó a retirarle masivamente su apoyo. Ahora las descalificaciones han alcanzado a su círculo más pequeño. Ya nadie puede dirigirse a él para pintarle un panorama más o menos cercano a la realidad. Luego de insultarlo de arriba abajo, le espeta en la cara su “connivencia” con el campo.

El encierro y el aislamiento, parecido ya al autismo, rememoran las imágenes de “La Caída”, cuando Hitler echa del refugio subterráneo donde estaba, a su plana mayor que, vanamente, intentaba hacerle ver lo que ocurría en la superficie. Allí, desesperado, a los gritos y con la boca llena de insultos, el Fuhrer sigue porfiando su deformada realidad de victoria. Ya nadie le responde, nadie le cree, batallones enteros han desaparecido, la gente muere de hambre por las calles y los rusos están a menos de 50 km de Berlín, pero él insiste en que todos están equivocados y que lo único que vale es lo que él dice.

En el tiempo que ha corrido desde mayo del 2003 hasta aquí, Kirchner arrasó con el funcionamiento de las instituciones. Hizo desaparecer al Congreso, a la Oficina Anticorrupción, a los controles administrativos, multiplicó por cientos los decretos de necesidad y urgencia, gobernó permanentemente bajo la ley de superpoderes y de emergencia económica y no dudó en usar el rebenque y las fuerzas de choque para infundir temor y aterrorizar a la ciudadanía honrada y pacífica.

Hasta quiso remover al Defensor del Pueblo, Eduardo Mondino, cuando éste creyó que podía ofrecer su casa al gobierno y a las entidades rurales para buscar un acercamiento.

Todo el poder se halla concentrado en la mano de hierro de Kirchner. El apologista de los derechos humanos (¿?) que ignora hasta los más simples palotes de la democracia y la República y se maneja, en los hechos, como si fuera un dictador.

El lamentable estado institucional del país profundiza un estigma de 200 años: la Argentina no ha podido construir un sistema que supere las esquizofrenias de sus hombres. Una y otra vez ha caído víctima de los personalismos y de caudillos envueltos en un narcisismo enfermizo. Ha confundido la victoria electoral con la creencia de que ella habilita al ganador para hacer lo que quiera con el país y que el que no este dispuesto a aceptar eso es el antidemocrático. No pasa por la cabeza de la media nacional la idea de que la democracia, y especialmente la República- consiste, precisamente, en la protección de las minorías y en la sujeción de todos a la ley.

La crisis de mando que De la Rúa significó para el país fue confundida con la idea de que el presidente tiene que ser, obligatoriamente, una especie de macho cabrío que todo lo pise y que todo lo tape con sus gritos y su intemperancia. Ese espíritu depositó a Kirchner en el poder.

Los resortes que se están desentumeciendo hoy en los rincones del interior productivo de la Argentina no pueden hacer olvidar las concesiones que la sociedad hizo a las maneras del matonismo y de la ilegalidad. Kirchner no cayó, finalmente, de un meteorito.

La superación del “sistema Kirchner” debe hacerla la sociedad por la vía de exorcizar a los propios “Kirchner” que ella misma anida en su espíritu. ¿Con qué perfil ocuparía alguien hoy el poder? ¿acaso la sociedad está preparada para un proceso de fuerte desconcentración de las decisiones?, ¿hemos llegado, al fin, al convencimiento sincero de que los modelos caudillistas ya no nos sirven?, ¿o a la primera de cambio le retiraremos el apoyo a quien pueda aparecer como un verdadero demócrata?

Este es el nudo actual de la cuestión. Con haber alcanzado el nivel de gravedad que ha alcanzado, la cuestión del campo no es, ni de cerca, el tema que más debería preocuparnos. Su nacimiento y desarrollo ha sido una más de las consecuencias que sufrimos por no tener un sistema institucional en funcionamiento y por haber intentado reemplazarlo con los alardes de un gritón. La estela de Kirchner se apagará con el pecado mortal de haberle hecho perder al país la oportunidad del siglo. Pero eso será, a lo sumo, una gota desagradable y superficial en el mar de la Historia. La verdadera profundidad es la escasa vocación legal de la sociedad que deriva, fatalmente, en personajes como Kirchner y en las arbitrariedades que su mera existencia provoca. © www.economiaparatodos.com.ar


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