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EPT | April 22, 2018

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Jueves 15 de mayo de 2008

La madre del borrego

Mientras la inversión extranjera directa crece en América Latina, la Argentina no luce atractiva a los ojos de los capitales internacionales.

Obviamente, después 50 días de hablar directa o indirectamente del tema del campo, uno empieza a cansarse. No porque la cuestión no sea lo suficientemente grave, sino porque la Argentina suele entrar en esos tramos de vida en que aburre.

Por eso, es mejor desviar la atención hacia los temas que, justamente, explican el conflicto actual y, además, la percepción ya clara en la población de que la Argentina va quedando atrasada en el concierto mundial, relegada nada más que por errores propios y por caprichos incomprensibles de gente francamente ignorante.

La semana pasada se conocieron datos divulgados por la CEPAL, un organismo para nada sospechado de liberal, en donde se revelan los números de inversión extranjera directa (IED) en la región latinoamericana. Las estadísticas comparan el movimiento interanual 2006-2007.

Según la CEPAL, la IED creció en la región un 46% en promedio. En Brasil, por ejemplo, aumentó un 84%, algo que torna explicable lo que Lula llama “regalos de Deus”. En Chile, otra nación en donde últimamente también suelen aparecer “regalos de Deus”, un 96%. En Colombia, un país extorsionado por la guerrilla, un 40%. Y en El Salvador, un 597%. En la Argentina, en cambio, apenas el 14%.

El documento de la CEPAL es lapidario respecto de la “gestión K” y demuestra que este período de la Argentina puede explicarse “a pesar” de los Kirchner y no “por” ellos. La recuperación argentina podría haber quintuplicado los números que mostró desde 2002 si se hubieran aplicado buenas políticas económicas. Se domesticó a la sociedad para que creyera en las bondades del “plan K” mientras, en verdad, se dejaba pasar la oportunidad de exprimir el jugo de una naranja del tamaño de una sandía para estrujar una del tamaño de un higo, como finalmente se hizo.

Es que el rechazo visceral por el aporte de capitales se halla en el corazón del pomposamente llamado “modelo K”.

El “modelo” lleva en sí mismo el germen de ese despropósito. La llegada de capitales del exterior para financiar actividades productivas que podrían hacer crecer el nivel de vida de la sociedad haría bajar la cotización del dólar. Si esos capitales llegaran en forma abundante, el “modelo” del dólar alto no se sostendría. Con lo cual, la condición para que el modelo viva (es decir, que el dólar no baje) es el primer obstáculo para que el desarrollo y el crecimiento se produzcan.

Con un dólar bajo, los ingresos fiscales disminuirían en pesos porque las liquidaciones de las operaciones externas se hacen contra esa moneda y una valuación elevada hace crecer los ingresos estatales en la moneda local. Del mismo modo, una subvaluación del peso hace bajar el gasto público en dólares, aun cuando el nivel del aumento de ese rubro ya lo torne inmanejable de todos modos, con el consiguiente reflejo inflacionario.

De modo que la fuente misma de lo que en otros países es la llave del paraíso -es decir, volverse atractivos para que los capitales del mundo los elijan–, en la Argentina se ha vuelto poco menos que pecaminoso para el sostenimiento de un modelo antiguo, de atraso puro y que condena al país a vivir con matrices de la década del cuarenta y tecnologías del siglo pasado.

El campo, el único sector que –pese estos contrasentidos– seguía convocando dinero para inversión fija, fue sindicado como la quintaesencia de los males argentinos y es acusado de estar poblado por personas que, a juicio de los Kirchner, no pertenecen al pueblo argentino.

La encerrona a la que esta administración dirigió el país no debe tener muchos antecedentes si se consideran las circunstancias de tiempo y lugar. Sin la prevalencia de modelos mundiales de dictadura, como ocurría en los años de posguerra en los que algunas alucinaciones aún podían producir encandilamientos, no se entiende cómo el capricho de un individuo ha llevado al país a la presente situación.

Pero, es posible que la intransigencia kirchnerista haya encontrado la horma de su zapato. La verdadera picardía es que lo ha hecho al precio de llevar a la superficie enfrentamientos increíbles para un país como la Argentina, algunos que incluyen elementos filoracistas y religiosos frente a los cuales el país siempre se autodefinió orgullosamente como inmune.

¿Qué castigo justo deberían merecer los que nos han llevado ante semejantes extremos? ¿Con qué moneda deberían pagar los Kirchner, los D’Elía, los Kunkel, los Bonnasso y los Pérsico el daño que en términos de convivencia le han causado al país? Quizás, ni siquiera el monto de inversiones desperdiciadas sea suficiente para compensar tanto perjuicio. © www.economiaparatodos.com.ar


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