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Lunes 10 de mayo de 2010

La moneda y la cultura

Lo que está ocurriendo con el euro hoy es otra demostración cabal de que hay ciertos aspectos de la naturaleza humana que no pueden desafiarse alegremente sin costos.

En junio de 1998, en el marco de un viaje de prensa por la privatización de las acciones del Banco Hipotecario, un grupo de periodistas argentinos asistimos en Berlín a una clase magistral sobre la inminente entrada en vigencia de la que se creía iba a ser la más extraordinaria estrella de la economía mundial del nuevo siglo: el euro.

La nueva moneda entraría en vigencia como unidad de regulación monetaria en la Eurozona el 1 de enero de 1999. La conferencia en el Dresdner Bank la dio un experto alemán que hablaba en inglés con el acento de Sigfried, el jefe de Control en el Superagente 86. Detrás de él tenía un enorme pizarrón negro

Al cabo de unos minutos del fondo negro del pizarrón no quedaba nada. El alemán lo había llenado con escritura de tiza blanca describiendo el funcionamiento de la nueva moneda, la determinación de su valor, la integración de las comisiones que vigilarían su vigencia, en fin, una parafernalia de organigramas y cuadros de imposible reproducción. Recuerdo que al término de la exposición le pregunté por qué los ingleses no se habían adherido si todo aquello era tan maravilloso . El alemán se puso furioso. Me contestó que Gran Bretaña nunca había roto sus lazos con EE.UU.

Cuando escuché su respuesta supe que el euro no iba a funcionar y que, como había ocurrido con otros ejemplos en la historia, no era otra cosa más que un nuevo intento hiperracionalista de la incorregible Europa Continental por demostrar que la vida puede diagramarse según esquemas diseñados en un laboratorio.

También recuerdo la integración de algunas de aquellas comisiones de regulación del euro. Su composición parecía un seleccionado del Resto del Mundo, en esos partdidos a beneficio que sirven para divertir a la gente: un alemán, un sueco, un español, un italiano, un francés… “¡Madre mía…!!”, pensé en aquel momento, “si de todo esto surge algo que se parezca a una moneda, será un milagro…”.

Más allá del esfuerzo artificial por pegar con Poxipol partes que no ensamblan con la suavidad de la Naturaleza, no hay en Europa una cultura común que termine confluyendo a una moneda única. La moneda es un reflejo cultural de los países que la emiten. ¿Por qué creen que la Argentina ha sido un país sin moneda durante los últimos 60 años? Pues porque la cultura nacional sufrió un colapso de tal magnitud que era imposible que no se trasladara a su unidad de cuenta.

Lo que está ocurriendo con el euro hoy es otra demostración cabal de que hay ciertos aspectos de la naturaleza humana que no pueden desafiarse alegremente sin costos. La soberbia intelectual que pretende resolver todo con racionalismo puro termina mal; el desconocimiento y el desdén por los componentes emocionales y no-racionales de la naturaleza humana arrastra a los que los cometen a desastres mayúsculos.

Europa Continental tiene una larguísima tradición en ese sentido. Desde la Revolución Francesa (y aun antes) hasta el nazifascismo y el comunismo, el continente se ha esforzado por pretender reducir el análisis humano a unas cuantas variables discernibles por un conjunto de iluminados. No en vano todos los desvaríos que conoció la humanidad han salido de allí, de la Europa Continental. Muchas veces, persiguiendo la reivindicación de la humanidad han destruido al hombre.

Algunas veces se han despertado con la idea de borrar de la faz de la tierra a una raza entera y entonces mataron a 60 millones. Otras creyeron que habían descubirto el secreto de la planificación económica y entregaron a un grupo de tecnócratas la capacidad de decidir desde cuanto dentífrico era necesario para lavar las dentaduras de todos los habitantes hasta cuanto acero se necesitaba para el desarrollo. El resultado fue que no pudieron producir una docena de huevos en tiempo y forma y terminaron pidiéndolo la escupidera al denostado capitalismo. Claro que en el ínterin habían producido la muerte de otros tantos millones que habían osado oponerse a la revolución del “hombre nuevo”.

La Europa del sol, esa que nos gusta a todos, la simpática, la de los almuerzos largos, las playas eternas, la de la liviandad de las costumbres y de los fundamentos económicos laxos, creyó que podía mantener todo eso, mientras los europeos duros, los de los inviernos largos, los que trabajan más, iban a sostenerlos por lo simpático que les resultaba alquilarles sus placeres aunque más no sea unas cuantas veces al año. Pero ese esquema no es sostenible en el tiempo. Ahora los duros, (básicamente Alemania) deberán decidir si mantienen su ayuda a cambio del “ajuste” o si abren la mano y los dejan caer. Alemania está en la previa de un tiempo político. ¿Qué dirán sus votantes?, ¿seguirán bancando a los indulgentes griegos o a los simpáticos españoles por el simple hecho de que cada vez que visitan sus playas se la pasan “bomba”? ¿o será un precio demasiado alto como para tener de socios a un conjunto de irresponsables soñadores que creían -eso sí, quizás muy similarmente a los argentinos de los ’90- que habían descubierto la fórmula mágica de la felicidad sin esfuerzo alguno?

La crisis griega y sus consecuencias sobre la Unión Europea y sobre el euro son la resultante de perseguir una integración más allá de lo aconsejado por los sanos límites de la cultura. Ahora la realidad ha crujido y todo deberá adecuarse a las verdades culturales a un costo altísimo. No hay misterios bajo el sol. Si los europeos tuvieran la humildad de aceptar ciertos rasgos de la naturaleza humana le evitarían al mundo los rotativos pesares que provocan sus experimentos. © www.economiaparatodos.com.ar


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