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EPT | March 19, 2019

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Martes 19 de mayo de 2015

La opción de octubre: utopía o sensatez.

La opción de octubre: utopía o sensatez.

En octubre tendremos que tomar graves decisiones. No sólo quiénes van a dirigir la nave del Estado. También la personalidad del timonel, el rumbo de navegación y las reglas de bitácora. Como muchas veces en la historia se presentan alternativas excluyentes. Sostener la utopía o retornar a la sensatez. Esta misma opción se presentó hace diez años a un país escandinavo. Por ese motivo, hay una historia paralela entre Suecia y Argentina. Nadie puede pronosticar un final distinto o semejante al de Suecia. Pero sí sabemos que ello depende de que los electores se comporten como seres libres y racionales en lugar de mostrarse como víctimas o cómplices.

 

EL ESTADO ES “HOGAR” O “CÁRCEL DEL PUEBLO”.

 

Desde Joan Manuel Serrat a Cristina F.de Kirchner, no hay progresista que no deje de conmoverse cuando el relato menciona la palabra “utopía”. De inmediato sus neuronas le traen a la memoria el ejemplo inefable del paraíso edificado por la socialdemocracia sueca.

Quizás en este emotivo estremecimiento radique la raíz profunda de esas “convicciones” que reiteradamente manifiestan en sus discursos y que les lleva a impulsar lo que llaman “el proyecto”. Utopía-Convicciones-Proyecto-Paraíso igualitario, parecen ser los mojones del pensamiento progresista siglo XXI. Para ciertos líderes latinoamericanos el paraíso sería el modelo cubano de Raúl Castro o bolivariano de Maduro.

Sin embargo, la realidad es obstinada e irreductible. La “utopía” siempre es un proyecto irrealizable. En ese sentido Suecia es un ejemplo a tomar en cuenta. La utopía casi destruye a ese país escandinavo, pero finalmente la sensatez consiguió abrirse paso.

De 1932 a 1946, con el liderazgo de Per Albin Hansson, la socialdemocracia se propuso implantar el proyecto socialista del Estado Benefactor. Quisieron actuar como una “divina providencia” aquí, en la tierra, cuidando de todos los ciudadanos desde el parto a la muerte, en todas sus necesidades. El paraíso comenzó con lo que los suecos llamaban folkhemmet, es decir que “El Estado hogar del pueblo”, pero terminó siendo fängelse “La cárcel del pueblo”, convertido en una pesadilla que se derrumbó completamente.

La razón fue simple. Para poder vivir del Estado, los suecos tenían que pagar más dinero de lo que ganaban y el gasto público estalló por todos lados. Era un queso gruyere, con enormes agujeros de subsidios, planes asistenciales, gasto social, ayudas regionales y empresas estatales que no pudieron sostenerse con una producción declinante. Para colmo sus grandes empresas como SAS, SKF, Volvo y Scania-Vabis terminaron en bancarrota.

 

DESILUSIÓN DEL PROGRESISMO.

 

Hacia 1990 todo era compulsivo. Los bebés suecos pertenecían a una guardería estatal. Los niños pertenecían a una escuela pública. Los jóvenes pertenecían a determinado instituto deportivo. Los adultos pertenecían a un hospital público. Y los ancianos pertenecían a geriátricos estatales. De la cuna a la sepultura, todo sin excepciones era del Estado, incluyendo los medios de comunicación, emisoras y canales de TV, oficinas de empleo, agencias inmobiliarias, ferrocarriles, línea aérea de bandera y correo. Nadie tenía derecho a elegir, porque el Estado socialista de Bienestar proveía por todos y no permitía ninguna diversidad en la oferta de servicios. Era imposible optar por algo distinto.

Sólo un puñado de idealistas podían pensar en salir de ese modelo progresista que condenaba a la gente a vivir sin iniciativa, a no poder elegir y esperar años para utilizar los maravillosos beneficios sociales, pagando impuestos desmedidos.

Por eso huían de Suecia sus escritoras más prestigiosas como Astrid Lindgren e Ingrid van Nyman, científicos como Bertil Lindblad, cineastas como Ingmar Bergman o actrices como Greta Garbo, Ingrid Bergman, Anita Ekberg, Liv Ulman e Ingrid Thulin quienes emigraban para escapar del despotismo impositivo porque el Estado se apropiaba del 85 % de sus ingresos.

Meses de cola para ser atendidos por un médico, meses de cola para inscribirse en una escuela, meses de cola para internarse en el hospital y años de cola para alquilar vivienda. El modelo siempre ajustaba por la espera y la resignación.

La cima del Estado de Bienestar se inició a partir de 1969 cuando llegó al poder Olof Palmer, una especie de Kirchner sueco, quien comenzó a incentivar el consumo. La carga tributaria rompió la barrera del 25 % del PBI, pasó al 60 % y siguió subiendo. Fue el frenesí del gasto público, mientras las inversiones se evaporaban. La explotación de los bosques, la producción de muebles, las instalaciones eléctricas, los rodamientos y la industria mecánica se derrumbaron. El crecimiento terminó siendo menor al ritmo del aumento vegetativo de población, con lo cual ningún sueco pudo albergar ilusiones de mejora por el resto de sus días.

Igual que con el intervencionismo en Argentina, entre 1946 y 1990, Suecia perdió su pujanza económica. La vida se redujo al reclamo pedigüeño para que el gobierno subsidie a todos. Los obreros carecían de creatividad, los ingenieros y emprendedores -que habían convertido a Suecia en una potencial industrial y marítima- se encontraron aplastados por abrumadoras regulaciones, prohibiciones para ejercer toda actividad privada útil, obstaculizados por normas aduaneras, cepos cambiarios y restricciones que dificultaban viajar al exterior. Sólo prosperaban los funcionarios y militantes del poder socialista.

Esto sucedía porque el Estado sueco engullía tajadas cada vez más grandes de la economía productiva y despilfarraba el dinero en un insostenible sistema de ayudas, privilegios y subsidios. Sin embargo, la idea de la utopía progresista había captado la admiración del mundo entero. En su tiempo, Franklin Delano Roosevelt, manifestaba que “en Suecia tenemos el paraíso: una familia real perfecta, un gobierno socialista pródigo y un sistema capitalista que no lucra y trabaja para que el pueblo viva de la manera más feliz imaginable”.

Pero por cada persona que producía bienes reales, había DOS individuos que vivían a su costa con cargos públicos realizando tareas inútiles.

 

FINAL DE LA UTOPÍA.

 

Entre 1982 y 1986 es nuevamente reelegido Olof Palmer, quien fue misteriosamente asesinado cuando salía de un cine con su mujer. En su segundo mandato, dispuso la radicalización total del intervencionismo estatal comenzando por coartar la libertad empresarial. El poder del Estado se convirtió en cómplice de los grandes sindicatos, se dispusieron reivindicaciones salariales desvinculadas de la productividad. La industria sueca quedó fuera de la competencia mundial, porque producía a precios tan altos que se hizo necesario prohibir las importaciones. El intervencionismo logró sancionar una ley de “fondos fiduciarios sociales” para la industria y la banca sueca, en los cuales debían depositarse las ganancias de las empresas quedando bajo control de los sindicatos. Los dirigentes sindicales decidían luego, qué hacer con esas ganancias acumuladas.

El propósito progresista era llegar al control total de las empresas por el gobierno, designando militantes como si fueran empresarios. La consecuencia de este proceso fué que todos se convirtieron en empleados públicos. La economía dejó de producir y Suecia se transformó en una inmensa factoría de servicios que sólo brindaba promesas, pero que nunca se cumplían. Empezando por las clases bajas y siguiendo por las clases altas, el incentivo a trabajar desapareció rápidamente. Como todos querían vivir del Estado, la carga tributaria en 1989 llegó al record mundial del 65,2 % del PBI.

Después de un corto período conservador dirigido por Carl Bildt, en el año 2002 se hizo cargo del gobierno el nuevo premier socialdemócrata Gören Persson quien tuvo que asumir el proceso de ajuste.

Sus antecesores habían alcanzado el ideal igualitario, pero de la precariedad. La crisis irrumpió a través de una explosiva debacle laboral. Como los desempleados estaban camuflados dentro de puestos públicos, al producirse una brusca caída de la recaudación impositiva, no pudieron financiarse más.

De un día para otro Persson se vio obligado a echar centenares de miles de empleados públicos, lo que agudizó la situación. Fue el colapso del keynesianismo producido por la crisis del Estado de Bienestar.

Anteriormente, entre 1990-1996 la solución que los socialistas habían encontrado a mano consistió en duplicar la deuda pública, pero el tiro de gracia llegó en 1993 cuando el Banco de Suecia para conseguir prestado tuvo que subir la tasa de interés al 500 % anual. Por obra y gracia del proyecto progresista del Estado de Bienestar, Suecia se había convertido en un país Sudaca, como Argentina y Venezuela.

La socialdemocracia tuvo que asumir las consecuencias del naufragio económico. Lo primero fue un duro proceso de reducción del gasto público a través de la eliminación de los subsidios y beneficios sociales. El recorte de empleados públicos fue drástico. En sólo 5 años tuvieron que despedir 157 mil empleados con 8,9 millones de habitantes. Las medidas incluyeron un riguroso sistema de estadísticas confiables y cambios de la contabilidad pública para conocer el costo de los servicios y su comparación con países capitalistas. Simultáneamente se eliminó el cepo estableciendo un tipo de cambio libre y se eliminaron las restricciones al comercio exterior, derogando retenciones y regulaciones aduaneras. El gasto público se recortó 70.000 millones de coronas entre 2002-2005. La población se enfureció al comprobar que el Estado había quebrado y que todas las promesas del bienestar social no eran más que un bluff electoral.

 

LA SENSATEZ.

 

En 2006 terminó el dominio político de la socialdemocracia, ejercido durante 70 años. En las elecciones triunfó el nuevo Moderata samlingspartiet (Partido de los Moderados) una concertación de derecha integrada por conservadores, liberales, democristianos y centristas. Su líder Fredrik Reinfeldt inició una nueva etapa denominada Revolution valfrihet “revolución de la Libertad de elección”. El propio partido socialdemócrata se vio obligado a cambiar de objetivos y lanzó programas que abjuraban del intervencionismo estatal impulsando las nuevas ideas del “Poder directo de la gente sobre su vida diaria”. Así se fue desarmando intelectualmente el Estado socialista de Bienestar para iniciar una nueva era de sensatez económica, moderación política, respeto al derecho de propiedad y a la iniciativa privada.

El Estado siguió siendo poderoso pero pequeño. Sus funciones en lugar de dirigidas y ejecutadas por funcionarios y burócratas fueron delegadas a la Sociedad respetando las condiciones de equidad y justicia pero bajo gestión privada y no de políticos militantes.

El Estado de Bienestar, basado en la utopía del relato, fue enterrado para siempre. Se lo reemplazó por el Estado Facilitador cuya función consiste en fomentar y traspasar las funciones sociales a una Sociedad de Bienestar, que se administra a sí misma, que ofrece diversidad de ofertas, que garantiza la libertad de elección en servicios escolares, deportivos, salud, convenios laborales, cultura, protección de la infancia y sistemas jubilatorios para la vejez. Pero esto será cuestión de otro informe.