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lunes 3 de abril de 2006

La política del carterista

Al igual que el carterista de los colectivos, Kirchner tiene que distraer a la sociedad para que ésta no se dé cuenta de que quienes le están metiendo la mano en el bolsillo no son los ganaderos y supermercadistas, sino el propio gobierno.

Los supermercadistas nos quieren extorsionar, los ganaderos son avaros, los franceses no nos quieren dar agua potable, el Fondo Monetario Internacional (FMI) es el demonio, los militares son todos asesinos, los economistas liberales estamos comprados, los uruguayos nos quieren contaminar, los consignatarios de ganado son pícaros, la Iglesia Católica apoya la represión.

Si Kirchner sigue a este ritmo de denuncias de supuestos enemigos de la patria, vamos a llegar a la conclusión de que el único bueno y bien intencionado en la Argentina es él. Por el discurso del presidente, pareciera ser que él tiene el monopolio de la bondad, el patriotismo y la preocupación por los pobres. Eso sí, si continúa inventando enemigos a esta velocidad, pronto se va a quedar sin sector, persona, país u organismo internacional a quien acusar de todos los males que padece la Argentina.

Es probable que a la gente le guste escuchar sus diatribas. No lo sé. Pero, en todo caso, este despliegue de descalificaciones hacia cualquiera que no piense como él o actúe en contra de sus intereses políticos puede ser una manera de generar en la población una especie de desahogo frente a tanta frustración. En definitiva, lo que se intentaría es incentivar el resentimiento y la confrontación social para liberarnos de la culpa que tenemos de tanta decadencia. Frente a la incapacidad para construir un país, siempre es bueno tratar de echarle la culpa a algún enemigo imaginario para excusarnos de los lamentables resultados que estamos teniendo.

En realidad, es justo reconocer que Kirchner mostró desde el inicio de su mandato esa inclinación por la arbitrariedad de sus actos y la agresividad en sus palabras. Sin embargo, siempre cabía la esperanza de que fuera moderando su comportamiento y su discurso a medida que avanzaba en su presidencia. Pero, ocurrió lo contrario: el grado de agresividad aumenta a medida que van pasando los meses y cabe esperar que esa agresividad siga en aumento en la medida en que la economía se le complique y el conflicto social crezca.

El tema de la carne deja en evidencia lo previsible del comportamiento de Kirchner. Cuando el presidente dice que los productores son unos avaros porque pretenden vender la carne en el mercado interno a precio internacional, no está haciendo más que confirmar que su política económica se basa en salarios bajos. Dicho de otra manera, no es que la carne sea cara, es que los salarios son bajos, y son bajos porque son parte del corazón de la política económica del gobierno. Es esa política de redistribución regresiva del ingreso lo que hace que la carne parezca cara para el consumidor argentino. Pero, claro, es obvio que Kirchner no va a utilizar el atril para decir que la gente no puede comprar carne porque su modelo económico necesita salarios bajos. Hace lo que es previsible en estos casos. Acusa a los productores ganaderos de avaros, enfrenta a la sociedad y él aparece como el defensor del bolsillo de la población.

Al igual que el carterista de los colectivos, Kirchner tiene que generar algún tipo de distracción en la víctima para poder meterle la mano en el bolsillo sin que ésta se de cuenta. ¿Qué hace el carterista? Le clava el codo en la espalda a su víctima y, mientras la persona está distraída viendo por qué le clavan el codo, el carterista sigilosamente le mete la mano en el bolsillo. Es la presión que siente la víctima sobre su espalda lo que no le permite darse cuenta del robo que está sufriendo El carterista trata de robar sin que su víctima se dé cuenta de que lo está robando. Aquí se usa la misma táctica. Mientras se despotrica contra los productores ganaderos, el Banco Central le mete la mano en el bolsillo a la gente aplicándole el impuesto inflacionario. Gritar contra los productores ganaderos, los supermercadistas, los uruguayos y el FMI es la forma de generar la distracción necesaria para que la gente no advierta que el que le está sacando la plata es otro. El carterista le clava el codo a la víctima para distraerla.

Kirchner ha aprovechado tres elementos que jugaron a su favor. En primer lugar, cuando asumió la presidencia tuvo la suerte de tener una de las tasas de interés internacionales más bajas en décadas. Este elemento ya no existe porque EE.UU. viene levantando la tasa y continuará en esa dirección. El segundo factor es que se encontró con un muy buen precio de la soja en el mercado internacional, situación que lo ayudó a generar ingresos fiscales mediante las retenciones que heredó de su inventor Duhalde. Y, en tercer lugar, financia su populismo consumiendo el stock de capital generado a partir de las privatizaciones de los 90.

¿Qué le está jugando en contra? Dos cosas, fundamentalmente. En primer lugar, la demanda por moneda ya no crece y, por lo tanto, su política de fuerte emisión monetaria para sostener artificialmente alto el tipo de cambio le aumentó la tasa de inflación hasta niveles que lo complican políticamente. Como este problema no lo puede resolver porque es parte de la inconsistencia de su modelo, es de esperar dos cosas: a) que la tasa de interés interna suba como ya lo viene haciendo, complicándole la reactivación y b) que aumente el grado de agresividad en materia de control de precios.

La segunda cuestión que le juega en contra es que su modelo económico no contempla la inversión como motor del crecimiento. Kirchner cree que el consumo puede crecer sin que aumente la producción. Para Kirchner la riqueza existe. Sólo hay que redistribuirla. Saturada la utilización de la capacidad instalada de producción heredada de los 90 y sin más demanda por mayores saldos monetarios, Kirchner nos lleva de cabeza a una feroz puja por la distribución del ingreso en un contexto inflacionario. Tan feroz como la que vimos la semana pasada cuando pobres pelearon contra pobres en Neuquén.

Durante el último gobierno militar, un general enojado porque la tasa de interés subía, golpeó sobre la mesa y ordenó que la tasa bajara. El general creía que las tasas de interés podían bajarse a punta de bayoneta. Al igual que ese general, Kirchner cree que golpeando su puño contra el atril puede ordenar que la inflación baje mientras el Banco Central emite a marcha forzada. ¡Curiosas coincidencias de la vida!

Kirchner no puede terminar de entender que la riqueza no surge de los gritos, amenazas y movilizaciones. La riqueza se genera a partir del trabajo libre y la inversión. Y para eso se necesita un marco jurídico estable, con reglas eficientes que incentiven la oferta. Eso que hoy se llama clima de negocios.

Lamentablemente, en vez de crear un adecuado clima de negocios, Kirchner se esfuerza en crear un clima de miedo y agresividad. Esa estrategia podrá serle muy útil al momento de doblegar a sus adversarios en la interna del Partido Justicialista y domesticar a gobernadores e intendentes, pero no sirve para generar riqueza.

Mientras tanto, seguiremos soportando la política del carterista, hasta que alguien en el colectivo se de cuenta y grite: ¡carterista, carterista!

¿Podrá el carterista bajarse a tiempo del colectivo? © www.economiaparatodos.com.ar




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