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Jueves 23 de febrero de 2006

La utilización de cámaras de filmación y la seguridad ciudadana

A diferencia de la estrategia argentina de promover la inseguridad, en otros países se combate la delincuencia con instrumentos novedosos, como las cámaras de filmación que se utilizan en forma masiva en Gran Bretaña, China, Rusia o Alemania.

Nuestra realidad cotidiana, la inseguridad

Con la premeditada -y preconcebida- masacre del Estado de Derecho que fuera orquestada exitosamente por la administración transitoria de Eduardo Duhalde a comienzos de 2002 -de la que aún la Argentina y los argentinos no se han recuperado- el país entero se ha transformado en inseguro.

Néstor Kirchner, de demostrada vocación poco republicana, que ha fomentado, usado y abusado de la actividad de los piqueteros hasta el hartazgo -y que ha llegado hasta haberles dado cabida en su propio gobierno- no ha hecho sino profundizar el alejamiento entre los ciudadanos y la ley, aumentando la sensación general de falta de seguridad jurídica, en todos los aspectos de la vida. Ambos presidentes, paradójicamente, son de profesión: abogados.

Esta lamentable sensación de inseguridad se ha agravado mucho más con el intento del Ejecutivo (de la mano de la poderosa doña Cristina y luego de “acercar” sin demasiados tapujos a su propio redil a los diputados que llegaron desde otros “bandos” del peronismo) de controlar a los jueces desde el Consejo de la Magistratura, en abierta violación del claro requisito de equilibrio que emana del artículo 114 de nuestra Constitución Nacional.

Lo que se busca es “concentrar poder” para manejar todo desde una situación de impunidad, violentando los delicados equilibrios de poderes que conforman la estructura clásica de nuestra República. A cualquier costa.

Como consecuencia, la situación social es de total disgregación.

Cada uno hace presión “por las suyas”, cada vez más intensa, para conseguir lo que pretende, sin reparar en límites de ninguna índole.

Así se acumulan huelgas salvajes que apuntan específicamente a dañar a los demás para conseguir lo que sus organizadores y beneficiarios pretenden. Además, todo un universo de “ocupaciones”; secuestros de camiones; cortes de rutas y puentes internacionales; interrupción del tráfico aéreo y vehicular; tomas de rehenes; asaltos a instituciones financieras de tono cinematográfico, que no se resuelven; secuestros; ataques salvajes a ancianos para someterlos y despojarlos de lo poco que tienen, con violencia inhumana; robos; arrebatos; asaltos; de todo un poco, como nunca entre nosotros.

Y una lamentable imagen de un país de “patoteros” que vive al margen de la ley, como si eso fuera su normalidad.

Para el ciudadano común, la vida cotidiana se ha transformado en un escenario deprimente. Particularmente cuando desconfía hasta de su policía, y no sin razones. Y cuando presiente que muchos jueces, como los federales, pueden ser funcionales al poder. Para peor, los jueces “progresistas” que han ocupado el escenario del país no castigan al delincuente porque sostienen que “la culpable es la sociedad”, que los ha creado. Pobrecitos, “no tuvieron alternativa”.

Desamparado, el ciudadano escucha, una y otra vez, promesas que no se cumplen y discursos que describen una “mejoría” que, sabe, no es real.

Una lección, desde el exterior

Como alguna vez vamos a advertir que, si nos lo proponemos, podemos dejar atrás una realidad poco feliz en materia de seguridad que es impulsada por políticos de corte “hobbiano” que la fomentan y se benefician de ella porque saben que en el escenario del miedo cotidiano ellos triunfan, vale la pena difundir cómo, en otras latitudes, se combate a la delincuencia.

Con instrumentos novedosos, como las cámaras de filmación, que son verdaderos soldados mecánicos silenciosos, que nos ayudan a eliminar la impunidad.

Gran Bretaña lidera hoy los esfuerzos en la utilización de cámaras en los lugares públicos. No está sola, China y la Federación Rusa la siguen de cerca. Otros, como Alemania, las usan intensamente respecto de grandes eventos, como la “Oktoberfest”, pero las desmantelan al finalizar los mismos.

En Gran Bretaña hay unas cuatro millones de cámaras que filman al público discreta y especialmente ubicadas, que están en funcionamiento. Una por cada 14 habitantes, entonces. No es poco.

Mientras tanto, nosotros las usamos, pero solamente para perseguir a los conductores que, como los desprevenidos contribuyentes, son fácil presa de la voracidad del Estado.

Si uno transita por las calles de Londres, la densidad de cámaras es tan significativa que es probable que sea filmado unas 300 veces por día. Algunas veces automáticamente, pero otras mediante operadores que direccionan rápidamente las cámaras hacia de todo lo que luce sospechoso.

Todo se estudia y coordina detallada y cuidadosamente desde un Centro de Control ubicado en Westminster que tiene unas 110 pantallas de televisión constantemente en operación.

Así de intenso es el seguimiento británico del crimen, quizás en función de la nueva realidad del terrorismo fundamentalista islámico. Pero así se encarcela también a delincuentes comunes, esto es a violadores, ladrones, carteristas, patoteros, entre otros. Y se salvan vidas.

La policía británica está además poniendo en régimen un moderno sistema que coordina simultáneamente el accionar de unas 3.000 cámaras que filman a los vehículos en tránsito y determinan -prestamente- cuál es su respectiva ubicación y cuál su desplazamiento.

El costo del sistema se mide, quizás, en pérdida de privacidad. Pero la sensación de seguridad crece y el instrumento ha probado ser eficaz.

Quienes lo utilizan pertenecen a una fuerza policial (la británica) que es honesta y no hay casos que sugieran que se ha abusado o desnaturalizado el sistema. Un elaborado código de conducta gobierna su labor, que además está sujeta a control interno y externo. Como debe ser.

Para pensar, porque se aprende de lo que otros hacen, de sus éxitos y fracasos. Pero para esto hay que querer mirar y escuchar, poder confiar en la autoridad y tener conciencia de vivir en una sociedad en la que nadie pretende imponer un discurso único, ni cercenar las libertades, ni mucho menos garantizar su propia impunidad.© www.economiaparatodos.com.ar




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