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Lunes 15 de diciembre de 2008

La vida en clave de milagro

Si de democracia hablamos, el balance de estos 25 años nos revela un sinfín de falencias: madurez política, institucionalidad, educación, salud, justicia y seguridad.

A todos los que le fue arrebatado, de uno u otro modo, el derecho a brindar.

Muchos datos y anuncios para adornar un árbol cuyas raíces, quiérase o no, se están secando. Es difícil, tras años sin regarlo, pretender que quede, para estas Fiestas, perfectamente adornarlo. Los intentos apenas logran cubrir algunas hojas, pero ni bien uno se acerca, puede escuchar cómo crujen sus ramas secas.

Tratar de construir en horas lo que no se ha construido en años es vano. La falsedad de los anuncios ha conducido al descrédito, y la reiteración del método lo sigue incrementando. Apostemos: ¿Cuántas obras de las que se anuncien esta semana tendrán existencia fáctica?

La escenografía navideña no está completa. No aporta demasiado el contexto, ni los sucesos pasados. Debemos admitir, sin demasiado prolegómeno, que así como han arrasado con tanto, los Kirchner también han socavado las bases científicas de la política impidiendo cualquier análisis preclaro. No es un justificativo sino una realidad aunque escape al relato oficial u oficializado.

La gestión kirchnerista es sinónimo de engaño. De nada sirve pues, en este final de año, hacer balances o buscar datos que expliquen lo inexplicable de un país sumido en un peligroso letargo, sacando de la galera, paliativos para un exceso de ineficiencia. Posiblemente ese mentado ‘largo plazo’ que nos fuera privado a los ciudadanos para proyectar y proyectarnos, pueda encontrarse en el devenir de este hartazgo.

No, ciertamente no estamos en Venezuela. Tampoco hay parangón, (aún), en esta geografía, con lo que acontece en Grecia, cuna de ese régimen que se ha festejado con extraña vaguedad hace pocos días y que, si bien se mira, se verá que todavía no se ha forjado cabalmente en la práctica como se la define en teoría.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de justicia y equidad.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de igualdad de derechos para todos los ciudadanos.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de partidos políticos, de candidatos, de plataformas, de bases doctrinales, o al menos de semejanzas sobre un proyecto de país hoy convertido en cortometraje y censurado.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de independencia de poderes, y no de funcionarios parasitarios, paralizados por el miedo a perder no la dignidad sino un cargo.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de federalismo en lugar de feudos con caudillos dependiendo de dádivas y clientelismo.

Porque si de democracia hablamos, debemos poder esperar los comicios sin esta necesidad de cuidar, no sólo la vida que se nos arrebata en cualquier esquina por un par de zapatillas, sino también de que no nos saquen aún más de lo mucho o poco que pudimos ganar con nuestro trabajo.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de infancia, adolescencia, juventud, y no de vejez en caritas que apenas rozan los 5 ó 6 años.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de futuro y no falsificar pasados para vengar aquello que de tan real terminó siendo falso.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de esperanzas y planes individuales, en vez de escuchar a diario medidas para salvar el pellejo de quienes necesitan amnistiarse.

Porque si de democracia hablamos, debemos hablar de los festejos de Navidad y de este final de año con sueños por concretar, y no de octubre de 2009 como si esa fecha marcara una guerra a todo o nada entre adversarios.

En definitiva, hay que admitir que, después de 25 años, hablar de democracia tiene un tufillo a ganas… Queda al descubierto el sabor amargo de no haberla, aún, instrumentado como es debido en estos pagos. Podrá aducirse que está, y eso ya es algo. Pero hay presencias tan ausentes que brillan literalmente, así como hay ausencias con inobjetable presencia.

A fin y a cabo, si “festejamos” 25 años, debemos asumir una mayoría de edad que permita juzgar y sentar, en el banquillo de los acusados, a artífices y cómplices que han impedido un ejercicio democrático sin desviaciones ni manoseos. Y a quien le quepa que se ponga el sayo…

Aunque democráticos, la previa del 2009 nos encuentra sumidos en la carencia más esencial: sin seguridad y sin paz. El vecino no sabe si llegará a brindar con su familia cuando den “las doce irreparables campanadas”, como decía Borges, porque los taxis amenazan parar, el combustible estalla, y siguen violadores dando vueltas a sus anchas.

En un contexto similar, horas atrás, un padre no llegó a la fiesta de graduación de su hijo porque grupos encapuchados se supone que hacían su justo reclamo. ¿Es justo lo anárquico? Y un poco más allá, otro padre no llegó ni llegará jamás a la fiesta de graduación de su hijo porque éste le fue asesinado tras un secuestro que quedó, y ha de quedar en una marcha más. Tal vez, no se trate de reclamar justicia sino algo más profundo: constitucionalidad. Es decir, que el Estado, en vez de repartir canastas de Navidad y abaratar autos, cumpla su función básica: brindar salud, educación, y seguridad.

No es necesario que nos regalen pan dulce ni sidra ni champagne, si nos estamos quedando sin motivos para celebrar.

Una democracia real debe permitir desde la libertad individual que implica poder disentir sin que ello acarree ataques o venganzas, hasta insignificancias tales como asistir a un recital sin ser acosados por “guarda coches” que exigen 50 pesos o más para que, al salir, el automóvil no esté dañado. Es más, en democracia un torneo de fútbol debiera definirse por destreza de jugadores y resultados, no por incentivos o aprietes que parecen ser la metodología “legitimada” desde arriba para triunfar.

Entretanto, siguen las internas dentro de un kirchnerismo que se va desmantelando a fuerza del maltrato, y se perpetúan polémicas banales que duran 24 ó 48 horas para distraer a un pueblo que suele aceptar lo trivial de buen grado. Mientras, la jefe de Estado, sigue girando. Es factible que tantas vueltas la hayan mareado, sino no se comprende el por qué de su sonrisa permanente cuando, por la calle, prevalecen ceños fruncidos, gestos adustos y un excesivo individualismo que hirió de muerte la convivencia y el más mínimo respeto como se observa en ‘pequeñeces’: “Buenos Días”, “Gracias”, “Por Favor” han desaparecido del lenguaje cotidiano.

De este modo, que los medios transcriban las peculiaridades de un día de furia, de caos en el tránsito, de conflictos gremiales ajenos al común de los mortales, o tablitas que se deshacen sin que el pueblo entienda demasiado, es simplista y arbitrario. La urbe apenas es el escenario. Los actores, en todo caso, son quienes arden, enfurecen y desdeñan los deberes intrínsecos ya sea como funcionarios o ciudadanos.

Aquí y ahora, los derechos propios no terminan donde comienzan los ajenos, seamos sinceros. El límite lo establece el antojo y el capricho, como el antojo y el capricho establecen quienes son culpables y quienes inocentes, o qué nueva improvisación dará el mote de “Presidente” a quien no gobierna ni promueve el bienestar general, sino que se ufana de ese rol para promover su bienestar particular. De ese modo, va a descansar a El Calafate en avión oficial, se apropia de fondos privados o viaja un rato aduciendo buscar capitales para regresar proclamando siempre idénticas frases: “Nos fue bárbaro”, “generamos negocios excepcionales”, “tal o cual mandatario quedó encantado”…

Lo cierto, en última instancia, es que después, las inversiones no vienen ni hay mercados que muestren los beneficios de tales intercambios magnánimos. Así, entre imprecisiones y falsedades pasaron otros 365 días. En este aspecto, es dable admitir un logro indiscutido del gobierno: han gastado tanta saliva en vano como tiempo y oportunidades, no para ser Suiza sino simplemente para ser la Argentina que alguna vez fuésemos, y que no tiene lógica no seguir siendo amen de las crisis mundiales. En estas latitudes, éstas, obran más como excusas que como obstáculos.

Finalmente, si es deseado, hablemos de democracia en vez de ejecutarla, compremos pan dulce y brindemos haya o no nafta, taxis o subtes, y alegrémonos porque la tablita dejo de ser tablita, o el dólar subió o bajó un centavo. Hagámoslo por costumbre, ¿o no es ese el modo como hacemos el 99% de las cosas acaso?

Quizás debamos brindar por esa peculiaridad que nos hace olvidar todo y tanto, aunque ese olvido nos lleve a repetir errores y provoque idénticos daños. Brindemos siquiera porque viene un nuevo año con opción para cambiar algo… O hagámoslo tan sólo porque estamos vivos, y eso, en estas circunstancias, es prácticamente un milagro. © www.economiaparatodos.com.ar


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