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jueves 22 de marzo de 2007

Lejos del desarrollo

Si bien el PBI volvió a crecer durante 2006, todavía estamos muy alejados de aquellos países con ingresos per cápita razonables. Para achicar la brecha es necesario que, como sociedad, reveamos algunos valores que nos impiden crecer y desarrollarnos.

La semana pasada se conocieron las cifras finales de crecimiento de 2006 y el monto en millones de pesos que alcanzó el Producto Bruto Interno (PBI) cerrado al 31 de diciembre pasado. Después de sumar el 8,5% de incremento experimentado durante el año, el producto global de la Argentina se ubicó en los $ 654.000 millones.

Esta cifra merece varias aclaraciones y el concepto de crecimiento debe enfrentarse a la idea de desarrollo como vehículo de verdad adecuado para sacar a la Argentina de la postración y a la mitad de su población de la pobreza.

En primer lugar, el monto considerado en pesos y aislado de la interpretación mundial carece de sentido. A menos que la Argentina haya decidido definitivamente aislarse del mundo y comenzar a dar vueltas desprendidas en una órbita propia, es necesario convertir esos números a dólares para comenzar a tener sentido de las proporciones.

La cifra del PBI global dividida por el tipo de cambio actual (U$S 1 = $ 3,12) lleva el PBI a poco menos de U$S 210.000 millones. A su vez, esa cifra dividida por la cantidad de habitantes (38 millones) nos entrega un PBI per cápita de U$S 5.516. Si, por otro lado, sabemos que, según el Banco Mundial, el PBI per cápita más alto del mundo es de casi U$S 60.000 (Noruega, U$S 59.590), la cifra argentina decepciona.

Este ingreso medio nos pone en un pelotón de países de “ingresos medios bajos”, según la propia denominación del Banco Mundial, junto a Uruguay, Rusia, Venezuela y Costa Rica y por debajo de Chile, México, Polonia y Latvia.

Siguiendo las cifras del Banco Mundial, Corea del Sur (el país de PBI per cápita más bajo entre los desarrollados) tiene U$S 15.830 de ingreso medio. La cifra que nos separa de las puertas del desarrollo sería, entonces, de U$S 10.314 por cabeza, un total de casi U$S 400.000 millones adicionales de producto.

La pregunta es: ¿cómo vamos a conseguir semejante cosa?, ¿cómo vamos a atravesar la brecha entre el lugar en donde estamos y el lugar al que queremos llegar?

Y aquí es en donde debemos empezar a anotar algunas consideraciones no económicas. Recién dijimos: “al lugar al que queremos llegar”… ¿Queremos llegar, realmente? ¿Queremos tener U$S 15.830 por argentino por año en el bolsillo? “¡¡Pero, claro…!!!”, se nos dirá. Lo que ocurre es que para tener ese ingreso no sólo hace falta “decir” que lo queremos, hace falta “hacer” ciertas cosas que tornan posible el objetivo. La mera actitud declarativa de “decir” que queremos el desarrollo, no lo produce. Sólo la adopción de valores concretos en la cotidianeidad de todos los argentinos (o de una mayoría decisiva) lo provocará. ¿Cuáles son esos valores?

Obviamente, la respuesta completa a esa pregunta daría tema suficiente para un libro entero. Por eso incluiremos aquí sólo algunos comentarios.

En primer lugar, los argentinos y su gobierno deberían desterrar, justamente, la creencia de que es posible alcanzar el desarrollo por la aplicación de metodologías originales, inventadas por la Argentina. El tema es central, porque la tara que el país parece tener con el berretín de inventar una formula de desarrollo propia es francamente llamativa. Parecería que los argentinos prefieren coquetear con la miseria antes de aplicar las recetas que ya fueron exitosamente probadas por otros. Es como si la dignidad nacional se pusiera a prueba frente a esta alternativa.

En segundo lugar, la sociedad debería archivar para siempre la idea de que estructuras colectivas como el Estado sean la fuente de las soluciones por encima de los valores predominantes del individuo. La destrucción de la autoestima individual como motor del progreso es crucial para el desarrollo económico. Un país en donde el conjunto social no tenga la confianza suficiente en las personas individuales como para encarar y resolver sus propios problemas, esta condenado a la pobreza.

En tercer lugar, los argentinos deberían desterrar dos conceptos interrelacionados de la riqueza que, en la medida en sigan siendo interpretados como hasta ahora, conducirán al país por la senda de la mediocridad y del resentimiento. El primero es la idea de que la riqueza es el conjunto de bienes físicos con los que el país cuenta. Frente a esto, el propio ejemplo de la Argentina (sobrecargada de regalos naturales de la Providencia) y de Japón (absolutamente excluido de todos) es suficiente como para terminar la discusión. El segundo es la idea de que la riqueza que tienen unos les falta a otros y que la pobreza de unos explica la riqueza de los otros. Este concepto es definitorio. Si los argentinos no adoptan la idea de que la riqueza radica en el intercambio de las múltiples relaciones humanas y que el producido de ellas es suficiente para mejorar a las dos partes de la relación al mismo tiempo, jamás tendrán el desarrollo.

En cuarto lugar, la Argentina debería cerrar el círculo de odio y resentimiento que recrea su pasado. En la medida en que la hoguera de las pasiones que multiplica las pasiones de la división siga ardiendo, el desarrollo no llegará. Alcanzar los niveles de los países de avanzada implica una empresa de unión que no se alcanzará fomentando la idea que sólo son argentinos los que piensan igual que el viento que impera en el momento.

Estos son apenas algunos de los palotes que deberíamos incorporar a nuestras creencias para empezar a pensar en el desarrollo como una posibilidad cierta. Cultivando los valores contrarios seguiremos debatiéndonos en la mediocridad y acrecentado el caldo de cultivo de la miseria. © www.economiaparatodos.com.ar

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