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Jueves 26 de septiembre de 2013

Los costos hundidos de la política o la cultura del “mal menor”

Los costos hundidos de la política o la cultura del “mal menor”

Así como en economía se llaman “costos hundidos” a aquellos irrecuperables y que no deberían condicionar una decisión, en política llamaría “costos hundidos” a aquellos que estiman que la solución viene por el lado del “mal menor”.

Estoy convencido que esto tiene que ver con una cultura “fofa” propia de gente mediocre o del llamado “hombre masa”.

La mediocridad tiene que ver con el desprecio por el mérito y agregaría por el esfuerzo intelectual, obligación moral de todo ser humano.

El mediocre no pondera la calidad porque desprecia su valor.

Por ello hemos hecho culto de esa actitud conformista por “el mal menor”.

Creo que es obvio que si nuestro objetivo es “el mal menor”, esa sucesión de “males menores” nos llevarán a un “mal mayor” que en la Argentina es ese proceso de decadencia o retraso que nos viene acosando desde hace unas cuantas decenas de años y que está siendo analizado por expertos argentinos y extranjeros.

Beatriz Sarlo nos alertaba sobre el hecho que “…las redes sociales privilegian aquellos que se practica sin esfuerzo, como si fuera innato…” o sobre eso de que “…las cosas se dan por ciertas, como sucede con el rumor, que es expansivo y no tiene en cuenta el valor de verdad de aquello que se difunde…”.

Diría la ausencia total de capacidad para ejercer el “juicio crítico”, vicio agravado por nuestro mediocre sistema educativo.

Esto para mi es la prueba de la mediocridad cultural de la Argentina que nos lleva a vivir en una confusión de conceptos y de ideas que nos impide distinguir entre el vicio y la virtud algo que ya percibió en la década del treinta Enrique Santos Discepolo al componer “Cambalache”.

Uno de los “costos hundidos” de la política argentina es la desconfianza, consecuencia directa de la debilidad cultural causa y consecuencia de la mediocridad.

La desconfianza es causa de la paranoia, síntoma que nos hace creer que estamos dominados por fuerzas incontrolables, por ese motivo siempre desplazamos hacia terceros las responsabilidades y consecuencias de nuestras acciones y decisiones.

Otro de los costos hundidos es la tolerancia con la corrupción que aparece como un modo “complementario” de retribuir a la política.

Eduardo Fidanza decía refiriéndose a la campaña de las PASO y extendiendo a la ya iniciada por las elecciones del 27 de octubre que “…En el último tramo de la campaña se discuten magnitudes en lugar de visiones políticas. Más cámaras contra el delito, menos impuestos; más salario, menos inflación; más policías en la calle, menos delincuentes. Suma y resta, ecuaciones, álgebra. Los problemas sustantivos quedan menoscabados. Pareciera que para ganar la elección es preciso restablecer el contrato espurio, no las instituciones.”

Otra vez diría la búsqueda del “mal menor”, por ejemplo hay que bajar la inflación, la corrupción, los impuestos a límites tolerables, en vez de pensar en tener una economía sin inflación, un gobierno sin corrupción lo que significa castigo y represión para el corrupto, una política de uso de los dineros públicos en beneficio del bien común, es decir una política en búsqueda del “mejor bien” si se me permite la expresión que serian, una administración eficiente, un Congreso que sea un lugar de debate y formación de consensos, un Poder judicial ágil custodio de los derechos y obligaciones del pueblo, servicios públicos de calidad al alcance de todos (…y todas…).

Parecería que la sociedad estuviera resignada para no ser mejor, mas aun es como si “lo mejor” fuera sinónimo de un privilegio inaceptable.

El principio de igualdad de oportunidades es despreciado por considerar que las oportunidades se deben a “…todos y todas…” lo que desvirtúa el concepto constitucional de la idoneidad como condición para acceder a la función pública además de la virtud del esfuerzo individual como medio de superación personal.

Por eso en un gobierno los funcionarios provenían de LA RIOJA y en otro de SANTA CRUZ convirtiendo la “condición de la idoneidad” en un principio de fidelidad personal, que se traduce en el reparto de “aplaudidores” de lo que diga la presidente o presidente de turno aunque incurra en los errores más groseros o lisa y llanamente en mentiras sea por afirmaciones u omisiones.

Seguiremos siendo el país del “mal menor” por ahora no se advierte una dirigencia que nos convoque como podría twitear Kristina “…a lo mas…”

Como en economía los “costos hundidos” de nuestra política están muy sumergidos en lo mas profundo de nuestra mediocre cultura.