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jueves 15 de abril de 2004

“Los hombres de Estado”, por Juan Bautista Alberdi

Reproducimos un artículo extractado de los “Escritos Póstumos” de Juan Bautista Alberdi y publicado por el diario La Prensa. La actualidad de esta nota es impresionante a pesar de tener más de 130 años. El problema de la educación, las trenzas políticas y la subordinación de los ciudadanos al poder del Estado son tratados por Alberdi como si lo hubiese escrito hoy.

¿Por qué faltan en Sudamérica los hombres de Estado? Porque faltan los Estados, que se forman antes, no después que los hombres de Estado. Los hombres de Estado son el producto de los Estados, no viceversa. Lo que se llama hoy en Sudamérica nuevos Estados son apenas embriones de Estados, en que existen los elementos del Estado menos el Estado, es decir la constitución de esos elementos en un cuerpo homogéneo más o menos central en las funciones de su vida política. La manifestación, el signo de que el Estado existe, es la presencia de un gobierno común y general. Se puede decir que el gobierno lo constituye en cierto modo, y que todo gobierno en su primer período de existencia puede decir, hasta cierto grado, con Luis XIV: el Estado soy yo.

Donde el Estado no está formado, el hombre de Estado no tiene objeto. No existe porque no es necesario. ¿A qué serviría? Nadie lo lee, nadie lo entiende, nadie lo atiende, porque no tiene acción, ni poder, a causa de que el poder, propiamente dicho, no existe todavía.

¿Quién lo forma? La acción espontánea de las cosas, la necesidad de su presencia como condición esencial de la vida colectiva, como instrumento, cabeza y brazo del cuerpo social. Esta es la historia. Ella nos muestra que el Estado precede en su formación al hombre de Estado; y que el hombre tomado a veces como autor o creador del Estado no es sino su producto lógico y natural.

La naturaleza crea los Estados como crea las especies. El Estado social es la condición natural de la vida de la especie, y nace, por consiguiente, de la naturaleza. Se llama hombre de Estado, el que sirve de instrumento y da satisfacción a esa ley natural en fuerza de la cual se forman y crean los Estados.

La hipótesis de un hombre aislado anterior al hombre social, es tan admisible como la de una oveja aislada, una hormiga aislada. ¿Qué decimos al ver aislado uno de estos insectos? Qué está perdido y en camino de desaparecer. ¿También admitiremos la hipótesis de un contrato social, por el cual dejaron su aislamiento primitivo las hormigas y las ovejas? Se diría que la sociedad no sólo es una condición de la vida, sino de la muerte misma, al ver el instinto que lleva al hombre civilizado a enterrarse y yacer en sociedad. Un cementerio es una sociedad de muertos: esos muertos unidos mantienen unidos a los vivos. Si las ovejas tuviesen medios del alcance de sus instintos, probablemente tendrían cementerios.

La abstención, en política, es un suicidio; pero la no abstención es una prostitución de sí mismo.

Abstenerse es entregar su persona su familia y su fortuna a manos de los pícaros; pero mezclarse en política es unirse a pícaros y ser uno de ellos, hasta cierto grado. De ahí viene la verdad relativa de este elogio frecuente en las repúblicas: “Es un hombre honrado y puro que jamás se mezcla en política”. Lo cual no quita que la política se mezcle con él hasta disponer de él como de un paria.

Hay un partido anfibio, que tiene un pie en la abstención, otro en la política: aunque el peor es el más seguido, porque es el de la necesidad de salvar dos cosas: la dignidad, por un poco de abstención, y la vida por un poco de intervención.

La gente honrada en Sudamérica está como embarcada en una nave de piratas. El que quiere vivir y valer algo tiene que contemplar a los capitanes del navío.

Hay un caballero donde no hay República, que a pesar de ser honrado, no puede dejar de mezclarse en la política: es el soberano de una monarquía. Así se explica la dosis de bribón que nunca deja de tener.

Hay una clase entera en las monarquías no democráticas, que se halla, a ese respecto, en la posición del soberano: es la aristocracia, que participa del gobierno, y necesariamente de los fraudes que no faltan en la gestión de la cosa de todo el mundo.

El pueblo mismo, cuando gestiona su gobierno, y por razón de esa gestión, pacta con la corrupción, en cierto modo.

Así, la libertad, o el gobierno del país por el país, a título de gobierno, tiene sociedades y defectos que son inseparables de su naturaleza misma. Apelamos a la historia. Hable el ejemplo de la Reina de las República: la República de Washington.

¿Habría un medio de arrancar el poder a los pícaros? No habría otro que la supresión del sufragio universal, o la fuerza del mayor número. El sufragio de todos es el sufragio de unos pocos que hacen votar a todos por un medio artificioso. Pero los pocos pícaros que así abusan de la ignorancia universal no pueden ser destruidos sino por otros pícaros, pues se necesita serlo para apropiarse los votos que la multitud imbécil se deja arrebatar porque no sabe dar.

No hay más que un medio de suprimir estos efectos del sufragio universal ignorante, es sustituido por el sufragio universal inteligente, o lo que es lo mismo, reemplazar la ignorancia universal por la educación universal, en el ejercicio del sufragio político: educar al soberano pueblo en el gobierno de sí mismo.

El remedio es más fácil de conocerse, que de aplicarse, porque no son los pícaros que tienen el poder, porque el pueblo no sabe ejercerlo, los que le han de enseñar a mantenerlo para no necesitar de ellos y tomarlo en sus propias manos. En la necesidad de educarse por sí mismo (lo cual es ya un grado del gobierno de sí mismo), el pueblo está en el caso de un hombre atado de pies y manos, que tiene que dasatarse a si mismo o vivir atado hasta morir. Hay solo esta diferencia: que ninguna atadura es capaz de vivir más que la vida del pueblo, ni de resistir al poder que su desarrollo y crecimiento natural tiene de romper todas las ataduras.

Imitar a los Estados Unidos es imitar a la Inglaterra en segunda mano. Los Estados Unidos son la imitación americana de los tres reinos de Estados Unidos de la Gran Bretaña. Casi nada hay en los Estados Unidos que no sea inglés, a comenzar por su constitución a concluir por su libertad. La América del sur, copia la copia, por dos razones principales: porque la copia es americana, porque la copia es republicana, mientras que el original inglés es europeo y monárquico. Hay una tercera razón, y es que la copia es copiable, porque es una constitución de una pieza, mientras que la constitución inglesa se compone de cien piezas dispersas en cien leyes.

Más atentos a la libertad escrita, que a la libertad real y viva, los americanos del Sur creen imitar a los Estados Unidos porque copian el texto de su Constitución, lo que no copian es su manera de ser y de engrandecerse. Los Estados Unidos se forman con inmigraciones inglesas y alemanas; sus imitadores del Sur quieren ser su segundo ejemplar, con inmigraciones latinas, de España, Portugal, Italia, Francia. Queriendo realizar la libertad sajona, con razas latinas, lo que realizan es la libertad latina; es decir, la libertad española, la libertad portuguesa, la libertad italiana, libertades de que resulta, naturalmente, la libertad de Sudamérica, que no es precisamente la libertad de Norteamérica.

Los Estados Unidos se engrandecen por inmigraciones de todas creencias, al favor de la libertad religiosa llevada hasta la separación de la Iglesia y el Estado. Sus imitadores de Sudamérica quieren atraer inmigraciones de países libres al favor de la religión católica, convertida en religión del Estado.

Los Estados Unidos se pueblan y engrandecen por la libertad; pero ellos entienden por libertad, la seguridad, como lo entendía Montesquieu, estudiando la libertad inglesa.

Los americanos del Sur creen que pueden ser libres, el hombre que no tiene segura ni su vida, ni su propiedad, ni su casa, ni su honor.

Los Estados Unidos atraen la inmigración y se pueblan por la paz de todo trance: los americanos del Sur quieren atraerla por la guerra permanente, como el que llama a los pájaros por tiros de fusil.

Los Estados Unidos tienen libertades, pero no tienen libertadores; la América del Sur está llena de libertadores y no sabe si tiene una sola libertad.

Los Estados Unidos no han podido vivir con la monarquía de México a sus puertas; los estados de Sudamérica no pueden vivir sino bajo la influencia de la monarquía del Brasil.

Los Estados Unidos hablan y escriben en el estilo simple, claro, corto, serio, que conviene a los negocios de la política y del comercio. Sus imitadores de Sudamérica no hablan sino cantan; no escriben sino pintan; no razonan sino declaman; no tratan los negocios en prosa sino en verso no rimado; no usan la lógica sino de la retórica. Para ellos una frase vale dos ideas; una flor de expresión, vale dos frutos; una palabra sonora, más que una palabra llena; una imagen más que una verdad; lo sublime más que lo cierto; lo bello más que lo necesario; lo glorioso más que lo justo. Para ellos no es nada, lo que no es grande, sublime, espléndido, inmenso, atroz, excelso: lo vulgar, lo prosaico, lo real como Dios lo ha hecho, empezando por nosotros, es como si no existiese. Todos se tienen por imitadores y discípulos de los Estados Unidos; a ninguno le ocurre averiguar donde está, cuál es el escritor de los Estados Unidos que escribe como Mitre, cuál es el orador norteamericano que habla como Várela.



El presente articulo ha sido tomado del diario La Prensa, quien ha su vez lo extractó de los “Escritos Póstumos” del autor, Tomo VIII América, editado en Buenos Aires por la imprenta Cruz Hermanos en el año 1899.




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