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Lunes 22 de octubre de 2007

Los Kirchner: ¿los únicos inquilinos que pueden acceder a la propiedad?

Los anuncios que prometen créditos baratos y tasas de interés más bajas no son más que demagogia y populismo para distraer el malhumor social y cosechar votos en las elecciones.

“Mentime que me gusta.”
Del refranero popular.

Menos de una semana y las elecciones serán ya una anécdota. Aunque, si bien se mira, parecería que ya lo fueran. El eventual triunfo en primera vuelta de Cristina Fernández de Kirchner, “garantizado” por las encuestas, se topa con una realidad inexpugnable: los indecisos pueden dar vuelta el escenario. Desde luego que es improbable que todos aquellos que aún no decidieron su voto se inclinen hacia un mismo candidato, sobre todo cuando hay una “melange de opciones” en el tablero político opositor. Aquí se ve claramente cuál es la deficiencia que se marca cuando se señala lo negativo de la dispersión en materia de alternativas. De todos modos, las ofertas ya están y la demanda será quién defina.

La semana previa a un comicio presidencial debería estar signada por el debate de ideas y las propuestas de soluciones a los problemas. Sin embargo, los próximos días nos encontrarán discutiendo nuevamente cuestiones de insignificancia extrema. Y digo de insignificancia no porque los asuntos que ocupan las primeras planas no tengan trascendencia, sino porque –en gran medida– los temas que nos ocupan hoy por hoy están basados en falacias. Ni el tomate (del que ya no se habla), ni la calabaza (que tendrá su propia política “boicotera”), ni la papa (que por más que la haya en versión oficialista logró el precio deseado por el Gobierno) tienen que ver con el problema económico que atormenta a los argentinos: la inflación. Si con una simple campaña publicitaria o con cuatro gritos en la Rosada se pudiese poner fin al alza de precios, quizás Raúl Alfonsín estaría todavía en el gobierno. Tampoco sirve la falsa proclama oficialista: la mentira puede ser disfrazada unas horas, un par de días, no para siempre. Las rebajas prometidas lejos de los comercios no llegan al pueblo y, al mal humor que esto provoca, se le sumará el desabastecimiento.

Si bien aún hay productos en las góndolas, la amenaza del vacío se yergue en el mediano plazo como un hecho. Lo anunciaron ya los productores lecheros. De este modo, las mentadas “alternativas superadoras” no aparecen ni en la política ni en las góndolas. Así, terminaremos consumiendo, también en lo que concierne a alimentos, “lo menos malo” sin posibilidad de opción, sea por calidad, cantidad o precio. Algo está fallando en el mercado si cada semana hay nuevo producto “censurado”.

Lo cierto es que faltan apenas unos días para que la Argentina decida alguna suerte de cambio o ratifique un estilo de gobierno que el inconsciente colectivo aprueba al considerar que mantuvo un status quo aceptable comparado con lo vivido entre 2000 y 2001. Un logro inexpugnable de la actual administración ha sido, precisamente, hacernos mirar a los argentinos por un espejo retrovisor. De ese modo, se habla del pasado y se evita confrontar sobre el futuro. El pasado para comprarnos se limita a los meses de caos que terminaron con una ciudadanía ufanada en una proclama jamás cumplida: “Que se vayan todos” fue un grito tan fuerte como lo es hoy el del presidente presionando para que haya créditos. Pero con gritar no basta. Tampoco con la actitud, aunque pueda predisponer para la acción. Por eso, habría que advertirle a la primera dama que, si no hay metas prefijadas y políticas de Estado conducentes para alcanzarlas, la “buena onda” no logrará que la Argentina progrese ni tampoco asegurará que se siga “haciendo la plancha”.

Una semana de indefiniciones en el seno del Gobierno debería encontrar al pueblo en las antípodas: definiéndose. Quedan menos de siete días para mantener una tibia esperanza de cambio, abrazada a la falibilidad que han demostrado las estadísticas y los inestables humores sociales. No obstante, es difícil que algo cambie cuando desde arriba se hará todo para distraer a la ciudadanía con el precio de la calabaza, los créditos y las cuotas desinteresadas. Tendremos, incluso, una nueva proclama que mantendrá la ilusión de bonanza puesto que se dirá que en el Día de la Madre se ha registrado un récord de ventas superior a la media. Titulares harto conocidos con intereses siempre escondidos.

En septiembre del año pasado, las portadas de los diarios anunciaban los créditos para inquilinos. Luego, o el ingreso era muy bajo para acceder al mismo, o el alquiler redundaba en un préstamo insuficiente para la vivienda deseada, o faltaba documentación, o un recibo no era comprobante de nada, o debía renunciarse a la tarjeta de crédito, o era preciso incluso no estar embarazada o bien esperar a que naciera el hijo. Cualquier excusa sirvió para que la mentira oficial se esfumara. ¿Dónde están los créditos a tasa fija del 8,40 por ciento nominal anual y con un plazo de 30 años anunciados hace un año? El único matrimonio que parece estar pasando del inquilinato a la propiedad es el presidencial, que intenta perpetuarse en Balcarce 50. Lo cierto es que el Gobierno ganó con un mero anuncio sin correlato –es decir, mintiendo– un soplo de aire fresco que le faltaba cuando los gremios se impacientaban, la gente exigía seguridad, los cortes de ruta se reproducían y el clima no le era propicio. ¿Por qué modificar la metodología? Ayer, Kirchner no pretendía dar créditos, sino hacer demagogia y populismo para pasar un mal momento. Ahora, el presidente tampoco pretende dar créditos, sino ganar el domingo. Fines, no medios. Después, serán los bancos los malos de la película o ni siquiera eso… Habría que detenerse a analizar por qué la mentira no tiene costo político inmediato en la Argentina.

En rigor, con sólo revisar los últimos cuatro años se verá que no hay nada nuevo bajo el sol. Tan previsible es todo que da lástima que la elección no tenga siquiera una pizca de intriga, pese a que el deseo obre –como decía Aristóteles– como el motor de que algo suceda aun cuando nada esté sucediendo en apariencia. El mejor boicot que puede hacer el pueblo para que los mercados se estabilicen y el nivel de vida no se convierta en un dato ofrecido artificialmente desde el atril del Salón Blanco es votar dejando en evidencia que la mentira no va más, que ya nos dimos cuenta. La alternativa es seguir boicoteando el zapallo, la zanahoria y las hortalizas como un modo triste de boicotear nuestras propias vidas… © www.economiaparatodos.com.ar


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