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Viernes 12 de abril de 2013

Margarita Barrientos, una nota

Margarita Barrientos, una nota

Cuanto mayores los espacios de libertad más estrecho es el correlato con la caridad que, por definición, es realizada con recursos propios, de modo voluntario y, si fuera posible, de manera anónima

Los mal llamados “Estados benefactores” constituyen una contradicción en términos y una degradación de la idea de beneficencia para, en su lugar, echar mano a la violencia disponiendo coactivamente del fruto del trabajo ajeno en cuyo contexto se destrozan valiosos incentivos y crean clientelismo y dependencia. La noción de solidaridad también se prostituye puesto que no hay tal cosa cuando se recurre a la fuerza. Incluso, donde los impuestos son gravosos en extremo se tiende a retraer el espíritu de la filantropía al endosar todo a la responsabilidad de los gobiernos.

Hay una ajustada vinculación entre la atmósfera de la libertad y la ayuda al prójimo: no hay prácticamente lugar para ello en lugares como Cuba, sin embargo, con todos los problemas del momento, en países como Estados Unidos cualquiera sea la deficiencia es seguro que se encuentra un edificio en algún lado para atender el problema a través de donaciones voluntarias.

En mis charlas sobre el tema, cuando vienen las preguntas sobre quien ayudará si no están presentes los aparatos de la fuerza consulto a la audiencia quien estaría dispuesto a ayudar al vecino en problemas y todos responden por la afirmativa. Parece que siempre son “los otros” los desalmados y, por otra parte, si todos fueran malvados sería una razón adicional para no otorgarles poder político.

El premio Nobel en Economía Milton Friedman ha publicado trabajos donde muestra las invariables corrupciones gubernamentales en programas que dicen ocuparse de los pobres que en verdad los utilizan para sus desvaríos, por ello concluye que “Los programas estatales de asistencia son un fracaso, a los que de agrega el fraude y la corrupción”.

Es de gran interés hurgar en la historia de muy diversos lugares para comprobar la extraordinaria y benéfica inclinación a la ayuda al necesitado, lo cual, como queda dicho, tiende a comprimirse en la mediad en que las estructuras políticas irrumpen en la escena. Las asociaciones de inmigrantes, los montepíos, las instituciones filantrópicas, cofradías, casas de huérfanos, asilos de ancianos, servicios de salud y ayudas a la escolaridad son típicas de las sociedades abiertas y tienden a desaparecer en la medida en que invade la prepotencia estatal que al mezclarse en esas áreas las paraliza y las revierte a situaciones realmente lamentables.

Un ejemplo argentino de filantropía propiamente dicha es el de Margarita Barrientos que proviene de una familia de extrema pobreza, abandonada por su padre y a su vez madre de diez hijos (nueve propios y uno adoptado). Dirige desde 1996 lo que entonces bautizó como “Los Piletones” en base al barrio homónimo del Bajo Flores, donde comenzó ofreciendo alimento a quince niños y hoy lo hace a más de mil quinientas personas diariamente.

Además, está en proceso un Centro de Capacitación para reencauzar a drogadictos y alcohólicos en trabajos de electricidad, albañilería y carpintería y un ejemplar Centro de Salud para la atención de quienes no pueden sufragar las cuentas correspondientes.

La entidad de referencia recibe notable cantidad de ayuda privada, muchas veces de desconocidos que solo se aceran al efecto de dejar su contribución. La señora Margarita Barrientos declara públicamente que “no se trata de aquellos que se les cae la baba hablando de pobreza” sino de hacer “sin ayuda del gobierno” que “en estos momentos el gobierno nacional hace más pobres y crea vagos”.

También manifiesta que se le han arrimado políticos con la pretensión de usar las treinta personas que trabajan con ella y todos los beneficiados con sus admirables faenas para un variopinto y archiconocido activismo a lo cual naturalmente se resistió. Es de desear que no insistan con la politización de algo tan sagrado y meritorio como lo que se lleva a cabo en Los Piletones. Es de esperar que los políticos no intenten absorber y deglutir estas admirables tareas ni pretendan capitalizarlas en provecho propio y la dejen a Margarita Barrientos en paz para proseguir con su magnífico esfuerzo que cada vez concita la atención de más gente.

Es sabido que el fondo de los problemas deben ser resueltos a través de marcos institucionales civilizados que en primer término respeten la propiedad privada, al efecto de asignar los siempre escasos factores de producción del modo más eficiente para maximizar las tasas de capitalización y de esa manera elevar salarios e ingresos en términos reales. Esta receta fundamental lamentablemente no se cumple en muchos lugares con lo que la pobreza se extiende a pasos agigantados, situación que evidentemente no puede ser suplida por la caridad ya que las posibilidades se acortan cuando la pobreza abarca cada vez a sectores más amplios hasta que todos terminan comiendo de tachos de basura cada vez más exiguos. Como ha expresado Michael Novak, es imposible establecer un sistema en el que todos vivan de la caridad ya que si nadie produce todo se desmorona.

De todos maneras, son en verdad dignos de encomio aquellos que la pelean cotidianamente para respaldar a los más débiles con esfuerzos propios y no recurriendo a los aparatos políticos basados siempre en la fuerza para succionar recursos de otros. Son los que siempre usan la tercera persona del plural alardeando con micrófono en mano y en campaña política, en abierto contraste con las Margarita Barrientos de nuestro mundo que hablan en la primera persona del singular y hacen obras formidables en cooperación voluntaria con sus semejantes. Hay que celebrar entusiastamente la existencia de personas con esta solvencia moral, esta extraordinaria perseverancia y bondad superlativa.

Estas son historias que tienen lugar en distintas latitudes y que deben ser resaltadas con vigor a pesar de los obcecados dogmáticos que no son capaces de reconocer nada fuera de las tantas barrabasadas cometidas en el ámbito del Leviatán, relatos dibujados e incrustados en la historia oficial. Emilio Ocampo me ha hecho notar una sabia conclusión de Juan Bautista Alberdi que puede generalizarse también a otros lares cuando se trata de sopesar la valía de ciertos personajes: “Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia. Toma la verdad como insulto”.

Fuente: http://www.eldiarioexterior.com/