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Lunes 19 de marzo de 2012

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…”


“La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.”
Pablo Neruda

Se cumplen, en breve, 100 días desde la segunda asunción de Cristina Fernández. Para algunos analistas, este tiempo constituye una suerte de “período de gracia” que debe otorgarse a un nuevo gobierno. Ahora bien, en este caso, la tregua no tiene cabida por razones obvias y sin embargo, en el transcurso de estos 100 días, quien ha puesto obstáculos a la administración del Estado ha sido, ni más ni menos, que el mismísimo kirchnerismo.

Julio De Vido, Juan Pablo Schiavi, Florencio Randazzo, Nilda Garré, Guillermo Moreno y Amado Boudou, han sido –entre otros-, los únicos capaces de ser considerados como “palos en la rueda”. Ni una sola figura de la oposición logró hacer tambalear tanto la gestión de Cristina Kirchner como lo han hecho estos ministros, su vicepresidente y funcionarios. De todos ellos, apenas uno pasó a retiro con 52 muertes a cuesta que, en esta Argentina, es evidente que no pesan. La sangre seca a prisa.

Si acaso no se supieran los contratiempos que generó, en el clima político, el ministro de Planificación, bastaría con observarlo en alguna de sus últimas presentaciones para advertir los “estados alterados” que emanan del centro mismo del oficialismo. Algo no está funcionando como debiera en una Presidencia que acaba de reasumir con el guiño del 54% del electorado. Sin embargo, tanto las fotografías como el relato evidencian signos de desorden y caos.

Nada pasa cuando todo está pasando, y viceversa en este caso. A simple vista hay un clima viciado de lo peor del pasado: incipientes desbordes sociales, ataques a periodistas, excusas infantiles para evitar que se escuchen voces opuestas, y un conglomerado de medidas populistas que ratifican la necesidad del gobierno por tender cortinas para nublar la visión de un escenario donde no coordinan elenco, actores de reparto y protagonistas.

El peronismo se cuece en su propia salsa. Quién es quién empieza a ser una adivinanza que no halla respuesta ni siquiera para la jefe de Estado. La desconfianza cerca la Casa Rosada, y en el despacho presidencial se redacta un guión poco acorde con el curso de los acontecimientos. En definitiva, la escenografía tampoco cuaja con la representación ni con el vestuario de los artistas.

En los últimos actos de la Presidente pudo observarse un curioso decorado. Las luces de neón ya no colorean el vivar de las organizaciones de trabajadores, sino que hacen de marco para un “ejército” de jóvenes envalentonados por un poder más superficial que probado. Simplificando podría decirse que La Cámpora es a Cristina, lo que los obreros y líderes sociales fueron a Néstor algún día.

Asimismo, los intendentes conocidos como “barones del conurbano”, no se disputan las primeras filas como sucedía antaño. ¿Acaso dejaron de necesitar del Gobierno Nacional? Ni tanto ni tan poco. Sólo muestran una “parcialidad” que bien podría utilizarse como sinónimo de cautela, una sutileza del miedo que impera.

El modelo se sostiene en dos variables: las reservas usurpadas al Banco Central, a través de la reforma de su Carta Orgánica, y el precio de la soja, “el yuyo madre”. La primera es, paradójicamente o no, la afrenta mayor que este gobierno le hace a su antecesor. Es decir, Cristina arremete contra la única garantía que dejó Néstor Kirchner para un supuesto manejo responsable de las cuentas públicas. A través de un Congreso convertido nuevamente en “escribanía” destruye, en un santiamén, aquella piedra fundacional de la economía kirchnerista.

En singular

Simultáneamente, se quiebra la alianza Gobierno-CGT, y Hugo Moyano surge como el único líder opositor capaz de ponerle freno a la Presidente. El modelo nacional y popular se desentiende de los trabajadores, nada más incongruente. Le da la espalda. En ese contexto, aparece la ministro de Seguridad, Nilda Garré, tildando de “extorsionadores” a los movimientos sociales que nacieron al amparo del Salón Blanco, donde fueron acogidos el 25 de mayo de 2003. Pasaron de los abrazos efusivos a este ahora donde Cristina no los quiere ni ver.

Como si este cambalache fuese poco, a quién se trató de acallar, en un programa de TV, fue ni más ni menos que al ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Recuérdese que éste fue el artífice de acercar a Néstor Kirchner al poder central, cuando Alberto Reutemann no salía de un “ni”, y José Manuel De la Sota no sumaba ni 2+2 a los sondeos de opinión.

Esta claro que, 9 años después, los de antes ya no son los mismos. ¿Cambia entonces el rumbo del país? En el decorado está visto que sí, sin embargo, en el libreto, apenas varía la retórica para un argumento que teje similar entramado.

El negocio no se ha modificado, sigue pasando exclusivamente, por la preeminencia del Estado. Detrás, el enjambre de una contaduría a la cual únicamente se demanda un balance positivo o un dibujo que encaje en el relato. Mientras esto esta garantizado, las cajas chicas pueden pasar desapercibidas.

Ahora bien, cuando los “kioscos” comienzan a interferir con el “supermercado”, las cosas cambian. El caso Ciccone y la figura del vicepresidente como partícipe necesario ilustran el modo como se produce la mudanza de aliados.

Hasta tanto el juego de Amado Boudou no enturbiase el panorama, nada le sería reclamado. A esta altura, sin embargo, el panorama se ha enturbiado. Cristina lo traduce de la siguiente manera: “Ellos” están molestando. Se deja a sí misma fuera de culpa y cargo.

Deja todo igual pero altera su gramática existencial. El Estado ya no responde a la primera persona del plural como lo hacía cuando Néstor Kirchner comandaba el barco. “Nosotros” para Cristina, comienza a ser un término demasiado amplio.

Hete ahí, pues, el único cambio: un enroque de actores, una variación en el recitado y, el Estado, queda limitado a la primera persona del singular. Para sincerarse, en lugar de “vamos por todo”, la jefe de Estado debería decir “voy por todo y por todos”. Se entiende entonces que sucede con un Rudy Ulloa, un Moyano, un Eskenazi o un Cirigliano.

Finalmente, de lo que se trata es de volver a instaurar un eslogan harto conocido en la historia política de los argentinos: “Yo o el caos”. Convendría recordarle a Cristina Fernández de Kirchner que, como estrategia para ganar las legislativas en el 2009, a su marido no le dio buen resultado.

Nadie se extrañe si pronto vuelven a agitarse las aguas de la desestabilización democrática instaurando el miedo al cambio verdadero. Por el momento, nada se ha alterado de fondo, sólo las formas han variado. Pero, claro, la posición del sujeto termina siempre modificando el predicado. © www.economiaparatodos.com.ar


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