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jueves 17 de noviembre de 2005

Peligroso enfoque hidráulico de la economía

La visión hidráulica de la economía, consistente en quitar a algunos para beneficiar a otros, provoca un incremento en la demanda sin que exista un aumento equivalente en la oferta. El resultado inexorable es que los precios tienden hacia el alza. Así, reaparece el fantasma de la inflación una vez más.

Después de airadas advertencias, de echarle la culpa al empresario Coto, de acusar a los “formadores de precio” y de amenazar a la cadena comercializadora para que se controle a sí misma o aguante las consecuencias, el Gobierno acaba de admitir que la inflación se le escapa de las manos y que ella es consecuencia de su propia incomprensión sobre cómo funciona la economía real.

El ministro Roberto Lavagna, con voz pausada y tono respetuoso, anunció un paquete de medidas para combatir la inflación, que consiste precisamente en desmontar los mecanismos que hace un tiempo el mismo Gobierno introdujo furtivamente en la economía.

1º. Elimina los reintegros a las exportaciones para un gran número de productos básicos, medida que equivale a establecer retenciones para bajar el tipo de cambio y castigar a aquellos que habían preparado sus empresas para colocar los productos en el exterior: lácteos, carnes, derivados de la pesca, hortalizas, té, aceites, harinas y pastas.

2º. Reduce las indemnizaciones por despidos, que él mismo había duplicado, bajándolas al 150 %.

3º. Intenta modificar el efecto de las sentencias que abrieron la Caja de Pandora al permitir la doble vía judicial en accidentes de trabajo y enfermedades profesionales, anulando la vigencia de las pólizas que las empresas debían contratar forzosamente con las denominadas ART (Aseguradoras de Riesgos de Trabajo).

4º. Sube los encajes bancarios para neutralizar la política asimétrica que realiza el Banco Central al emitir diariamente dinero para comprar dólares, hecho que genera un exceso de liquidez, pero permite liberar esos fondos si se destinan a préstamos de largo plazo que seguramente serán tomados por el Estado.

5º. Implanta el “correveidile”, un viejo mecanismo social basado en la envidia, para que los empresarios denuncien prácticas anticompetitivas de otros comerciantes denominándolo “cláusula de necesidad de la competencia”.

Los analistas económicos -como siempre lo hacen- analizaron el probable efecto de cada medida según sus particulares puntos de vista, pero no han planteado ninguna apreciación global sobre el significado profundo de este paquete de medidas, lo que trataremos de hacer a continuación.

En primer lugar, hay que darse cuenta de que el gobierno tiene un grave trastorno en su visión de la economía, nacional y mundial. La principal motivación que alimenta su actuación política es la fuerte nostalgia por lo que denomina “firmes convicciones personales”. Ellas están influenciadas por el deseo de llevar a cabo su propia utopía: esto es, construir una nueva sociedad a la medida de las preferencias personales. Por eso está permanentemente retrotrayéndose en el tiempo y utilizando los mismos instrumentos ensayados y fracasados en las décadas de los 70 y 80. Tales propósitos consisten en el intento de manipular los planes económicos individuales para sustituirlos y neutralizar las fuerzas del mercado.

El Gobierno es hostil con el mercado, al que confunde con el capitalismo, sin comprender cabalmente que el mercado es una institución propia de la naturaleza humana como el lenguaje, la tendencia a vivir en sociedad, el innato espíritu de cooperación, el amor familiar por el cual el padre y la madre protegen mediante el matrimonio la debilidad extrema de sus niños, la necesidad de cumplir con la palabra empeñada y el sentimiento del deber cumplido.

Como esto no lo entienden, embisten ideológicamente contra el mercado buscando sustituir su funcionamiento autónomo por la voz del amo, esto es la orden de quien detenta el poder político.

Sin embargo, para interferir en la economía se necesita un esquema mental acerca de cómo funciona el mundo. Así surge la concepción hidráulica de la economía. El enfoque intervencionista del Estado necesita ver la economía como una poderosa máquina compuesta por bombas de succión y de impulsión, que trabajan día y noche con tubos, válvulas y llaves esclusas. La índole mecanicista de este enfoque soslaya totalmente a la responsabilidad personal, la libre iniciativa para hacer o no hacer y el libre albedrío para decidir o elegir. La concepción hidráulica de la economía habilita al Gobierno para chupar impositivamente una parte cada vez mayor del ingreso privado, desviándolo hacia donde el maquinista desea y descargando la renta donde él quiere. Pero en ese proceso sufre una enorme pérdida por fricción y filtraciones.

Cuando el Gobierno concibe el país como una inmensa caldera, donde todo debe entrar y todo debe salir de acuerdo con sus preferencias, dispone que todo sea repartido y todo sea barato menos los impuestos que saca a los que trabajan y producen.

Si la concepción hidráulica avanza, en lugar de la humanización del Estado progresivamente se va imponiendo la estatización del hombre. El Gobierno quiere vigilarlo todo con ojo agudo y crítico para alterar lo que espontáneamente haría el mercado.

Pero el límite de este enfoque rústico se produce cuando el mecanismo de bombas aspirantes e impelentes comienza a perder líquido por todos los costados y engaña a los que están últimos en la fila.

Al pretender sustituir millones de ajustes microeconómicos reemplazándolos por toscas medidas concentradas en las manos de sus ministros, el Gobierno asigna recursos a algunos privilegiados a costa de otros que no lo son. Entonces, la economía reacciona de una manera contundente: con inflación y desocupación simultáneas.

Los privilegios que el Gobierno reparte a manos llenas a sus amigos de “la nueva burguesía nacional” concentran riqueza y adjudican graciosamente mayor capacidad de compra a ciertos gremios (los camioneros de Moyano), algunas empresas (las que se asocian con Enarsa) o los concesionarios (los que se dedican al transporte ferroviario y aéreo). Esos subsidios se financian con recursos que otros aportan (retenciones del campo y débitos bancarios) y se convierten en costos realmente importantes.

Quienes producen bienes y no reciben gangas del Estado se dan cuenta de que la demanda aumenta en algunos sitios y para ciertos personajes. Para cubrirla necesitan hacer inversiones, pero como no obtienen las ventajas que otros gozan, las difieren indefinidamente. Los mayores costos que esas ventajas implican terminan siendo cubiertos con dinero que se obtiene de una única y elemental manera: aumentando los precios.

De este modo, fatídicamente la visión hidráulica de la economía, consistente en quitar a algunos para beneficiar a otros, provoca un incremento en la demanda sin que exista un aumento equivalente en la oferta. El resultado inexorable es que los precios tienden hacia el alza. Así se ha creado la condición necesaria para que reaparezca el fantasma de la inflación, hecho que sin embargo no es suficiente para que ésta se corporice. Se requiere que el Banco Central convalide esa inflación latente con emisión monetaria para que el proceso le estalle en la cara al propio Gobierno sin que sepa cómo se ha producido.

Paradójicamente, la emisión de dinero se produce como consecuencia de esa misma visión hidráulica que el Gobierno tiene de la economía, porque los billetes se imprimen y lanzan al mercado para comprar los dólares que le permiten al Banco Central sobrevaluar en tres pesos las tenencias de divisas que integran sus activos dolarizados.

La tímida pero respetuosa reacción del ministro Roberto Lavagna ha consistido en un acto de la más pura lógica: no le echó la culpa a Coto, ni a los supermercadistas, ni a los confeccionistas de indumentaria, ni a las cadenas de comercialización. Silenciosamente, comenzó a desmantelar las propias redes, válvulas, llaves esclusas y tubos de descarga que su Gobierno había creado desde que se puso en vigencia el modelo productivo “K”. El tiempo dirá si este timorato plan para desandar poco a poco el mal camino llega a tiempo, o si será necesario un programa global, valiente y simultáneo para poner en caja un sistema hidráulico que pierde presión por filtraciones y despilfarros en toda la extensión de la cañería. © www.economiaparatodos.com.ar



Antonio Margariti es economista y autor del libro “Impuestos y pobreza. Un cambio copernicano en el sistema impositivo para que todos podamos vivir dignamente”, editado por la Fundación Libertad de Rosario.




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