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jueves 20 de enero de 2005

Pericles y los políticos argentinos

El repaso de la historia mundial revela que la costumbre de “meter la mano en la lata” y aplicar el nepotismo no es un invento argentino: nuestros políticos tienen ejemplos de los que aprender.

Pocos pueblos rechazan más terminantemente a su clase política que el sufrido pueblo argentino. En rigor, sólo uno: el ecuatoriano, a juzgar por las encuestas de opinión que ubican a los argentinos segundos en el ranking mundial de desprecio hacia los políticos, solo detrás entonces de nuestros sufridos hermanos del Ecuador.

Una de las notas más llamativas de nuestros políticos es su falta de calidad. En muchos casos, hasta groseramente. En el cromagnon mundo del “se igual”, sabemos que esto poco importa. Porque se buscan endosos fáciles (leales, nos dicen) y no personas con juicio propio

Otra, es su abierta aceptación del “nepotismo” como práctica no sólo no reprobable, sino hasta habitual. Tanto, que algunas damas del particular mundo de la política se acusan -unas a otras- de “portación de apellido”, sin advertir naturalmente que el nivel de unas y otras es precisamente una de las razones que abonan el rechazo generalizado de la gente.

Pero los políticos, de ambos sexos, tienen de quienes aprender. Para eso basta recorrer aunque sea brevemente la historia universal. Allí hay toda suerte de ejemplos.

Hoy nos detendremos en el caso particular de Pericles, un griego conocido como gran parlanchín, que viviera desde el año 495, antes de Cristo, hasta el 429, también antes de Cristo. Poco, queda visto. Sólo 66 años. Entonces todos se morían más jóvenes. Los políticos también. Con lo cual su reconocida “capacidad de resurrección”, pase lo que pase, quedaba limitada por su corta expectativa de vida y, por ende, no causaban tanto daño como sus pares de hoy.

La conocida “Era de Pericles” terminó el año antes de su muerte, en el 430 antes de Cristo. Cuando se lo encontró culpable de una costumbre ahora bastante generalizada entre nuestros contemporáneos, la del “choreo” de los recursos públicos.

Pericles hablaba bien, pero no era ni bonito, ni elegante. Algunos lo llamaban el “olímpico”, por su pico de oro (atributo esencial para los políticos). Otros, en cambio, “cabeza de cebolla” o “pulpo”, por la inusual forma de su cabeza.

Venía de una familia de políticos, en rigor de una de esas “dinastías” a las que estamos acostumbrados, porque pululan hasta el hartazgo. La de él era la de la familia Alcmaenoidae, considerada entonces como una de “políticos de ley”. Tanto, que se decía que habían hecho su fortuna traicionando a Atenas a favor de Persia, un gran país acusado en aquella época de “imperialista”.

Alguno de sus antepasados, como su tío Clístenes, llegó al extremo de coimear al propio Oráculo de Delfos. Algo así como “arreglar” hoy con los medios, un deporte cada vez mas conocido.

Otros, como Arístides el Justo y Temístocles tenían también reputación de coimeros y de hábiles manipuladores de elecciones. Muy útiles y funcionales a la actividad política, en consecuencia. Requeridos, entonces.

Pericles amaba mezclarse con la gente, codearse con ella, y estrechar su mano, rodearse de desconocidos y hacerles creer que le importaban. Sólo usaba un único tipo de traje. Siempre el mismo. En aquella época no había ciertamente corbatas de Hermés, lo que permite suponer que, por esa razón, Pericles no las usaba. Hoy, para los grandes políticos, en materia de corbatas se trata de Hermés o de nada. Y nudos anchos, ciertamente.

La mujer de Pericles, Aspasia, no era senadora. Pero sí una activa feminista. Amaba con pasión las candilejas y el protagonismo. Estaba feliz cuando podía actuar en público. Y la escuchaban, voluntariamente, o no. Gozaba teniendo opinión acerca de todo y expresándola a viva voz en cualquier escenario, fuera esa opinión buena, regular o mala. Lo importante era cuidar su imagen.

También amaba viajar y hacer compras, cuándo no. Recordemos que la situación de la mujer en ese entonces era bien complicada. Las damas sólo podían cenar con sus maridos si no había, en la mesa, gente “de afuera”. No podían salir de compras solas. Ni pasear por las calles. Sí, en cambio, mirar por las ventanas, desde adentro de las casas, naturalmente. A los sesenta años, y a partir de allí, se les permitía el lujo de poder asistir a los funerales.

Aspasia, como era natural, era pagada de sí misma. Se creía un as. Asesoraba a Pericles políticamente. En las sombras y fuera de ellas. Y le preparaba los discursos, porque Pericles hablaba bien, pero escribía mal.

Pese a haber podido pararse en la loma, los últimos años de Pericles fueron complicados. La gente se había dado cuenta de lo de “la mano en la lata” y había perdido su prestigio, esto es, su popularidad.

Enterado por las encuestas, que siempre consultaba, y presionado por su inteligente mujer acerca de la necesidad de tratar de recomponer su deteriorada imagen, Pericles le declaró la guerra a Esparta, iniciando un conflicto conocido como la “Guerra del Peloponeso”. Para hacer un poco de humo. Y distraer la atención. Como ahora. La guerra duró 27 años y ambos contendores terminaron completamente arruinados. Pero Pericles mantuvo el poder, lo que era su objetivo político. Lo demás era secundario.

Cuando seguía intentando manejar “el queso”, Pericles -de repente- murió, víctima de la “plaga”. A partir de entonces, su obra, como cabía esperar, pasó a ser conocida como la “Era de Pericles”. Nada nuevo bajo el sol. © www.economiaparatodos.com.ar



Emilio Cárdenas es ex Representante Permanente de la Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas.




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