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jueves 17 de agosto de 2006

Plan de desarme: otra manito de bleque para la gente

El presidente Kirchner persiste en su postura ideológica frente a los delincuentes y la inseguridad mientras la sociedad honesta está llegando al límite de su paciencia.

En medio de una pomposa convocatoria, Néstor Kirchner presentó la semana pasada el llamado “Plan Nacional de Desarme”.

Conciente de que la inseguridad es la preocupación número uno de la gente común, el presidente retó en público a su ministro Alberto Fernández y teme la concentración convocada por Juan Carlos Blumberg para la Plaza de Mayo. En ese contexto, debe haber imaginado este último golpe de efecto transmitido con bombos y platillos desde la mismísima sede del gobierno.

Pero, claro, haber reaccionado en línea con lo que la gente busca –esto es, terminar con la delincuencia criminal que asalta, viola, roba, secuestra y asesina– hubiera significado desandar un camino de coqueteo con la animadversión a la ley penal y a las fuerzas de seguridad. Hubiera implicado reivindicar la necesidad de valorizar a la policía y al conjunto de normas que reprimen el delito y a los delincuentes. Y el presidente esquiva la palabra “reprimir”. Está dispuesto a aniquilar las ideas que no coincidan con la suya y todo movimiento que le discuta su poder, como lo ha probado sobradamente en Santa Cruz y en la Nación, pero pasar por un presidente que defiende y respalda el orden y la aplicación sin cortapisas de la ley que castiga el delito, no, eso no figura en sus planes. Debe creer que la demagogia de la delincuencia es popular.

¿Cómo congeniar, entonces, su necesidad electoral de hablar del tema con su cosmovisión intelectual que defiende las posturas tendientes a eliminar el derecho penal y su rencor visceral a las fuerzas del orden?

El planteo presidencial durante la presentación del “plan” fue francamente desopilante. La sola imagen de largas filas de delincuentes cargados con armas ilegales enfrente de ventanillas burocráticas que les entregarían $300 a cambio de los “fierros” es, de por sí, ridícula. Nadie en su sano juicio puede suponer que malvivientes capaces de las peores atrocidades van a entregar su arsenal porque Kirchner se los pide. Como esta imagen es tan obvia que no merece ser discutida, el presidente pegó un imaginario triple mortal en el aire y, sin que se le moviera un pelo, dijo que “era hora de dejar de hacer justicia por mano propia”. ¿¿¿Cóooomoooooo???? ¿Se supone, entonces, que el ostentoso “plan” va dirigido a la gente honrada que tiene armas legales? ¿Se puede inferir, entonces, que el presidente cree que el verdadero problema de seguridad que tenemos es que la gente honesta con armas legales anda a los tiros por la calle, persiguiendo delincuentes por su propia cuenta? ¿Creerá, entonces, el presidente, que los inseguros son los delincuentes y la que los acecha por fuera de la ley es la sociedad?

Esta interpretación guardaría coherencia con la idea que tienen personajes como Eugenio Zaffaroni y Carmen Argibay (encumbrados a jueces de la Corte por el propio Kirchner) de que los delincuentes, en realidad, son víctimas sociales que se ven arrastradas tristemente hacia el delito por las injusticias que la gente honrada comete con ellas al ralearlas de sus oportunidades económicas. El delito, para esta interpretación, sería el vehículo sui generis que los delincuentes encuentran para “igualar los tantos” y ajustar las cuentas con la sociedad. Por lo tanto, a la que hay que poner en vereda es a la gente que anda por allí lucubrando la peregrina ocurrencia de defenderse.

Resulta francamente increíble que tengamos que escuchar semejantes sandeces. Aquí no hay hechos de “justicia por mano propia”. Que mencione el presidente –si es que puede– los casos resonantes de justicia por mano propia que hayan impactado a la sociedad. Que enumere –como la gente podría hacerlo con las acechanzas delincuenciales que sufre todos los días– aquellos casos en donde una persona honrada, en posesión de un arma declarada, persigue, hiere o mata a un delincuente.

Sin derecho penal, sin policía, con una preponderancia intelectual de los que creen que la sociedad es injusta con una franja de personas que, como consecuencia de ello, terminan delinquiendo y, ahora, sin armas particulares legales en posesión de la gente honesta, el camino estará allanado para que los delincuentes arrasen lo que queda.

¿Habrá querido vendernos el presidente esta idea? Si es así, tiene razón en temerle a Blumberg. El padre honrado de un chico bien educado que fue asesinado por los que Kirchner cree están acechados por una sociedad armada, encarnará el clamor verdadero y desideologizado de un pueblo harto. Ese pueblo le irá a gritar en la cara y en la plaza que el presidente cree propia que sólo aspiramos a que la ley nos proteja y que el haber optado por estudiar, por trabajar y por esforzarnos no nos convierte en los victimarios. Si el presidente, embebido de un conjunto de ideas tan peligrosas como fracasadas, no advierte por dónde pasa el meridiano del problema, no tardará en pagarlo con la moneda que más le duele entregar: su propia imagen. © www.economiaparatodos.com.ar

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