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Jueves 9 de febrero de 2006

Plutarco y el consumo de carne

Tanto la Argentina como el Uruguay son grandes consumidores de carne vacuna, por lo que la suba del valor de ésta impacta considerablemente en el nivel de precios y en el bolsillo de la gente. Sin embargo, ambos países tienen estrategias totalmente diferentes para hacerles frente a los aumentos.

Argentinos y uruguayos tienen cosas en común. Tantas, que no es fácil encontrar diferencias entre ambos pueblos que conforman, en esencia, una sola nación. No obstante, hay algunas distinciones, no menores. La más notoria es quizás el apego a la ley de los orientales, que en los últimos tiempos ha sido dejado de lado por los argentinos, mal que les pese.

Una de las características sociales comunes, por otra parte, es la del gran consumo de carne, que en ambas márgenes del Plata sigue siendo -comparativamente- muy alto. Visto desde el exterior, según algunos, peligrosamente alto, según otros, casi legendario.

Por esto, tanto en la Argentina como en el Uruguay, el precio de la carne es un componente “quinta-esencial” de los respectivos IPC (Índice de Precios al Consumidor). De allí que, en ambos países, cuando los precios de la carne suben, ello se refleja fuertemente en los índices de inflación. A diferencia de Europa que, con una dieta mucho más variada, acaba de eliminar a la carne de los componentes de su IPC, por no considerarla parte de los alimentos básicos que afectan el costo de vida de su gente.

En la Argentina, un aumento del precio de la carne de un 10% se refleja en un 0,4% de aumento en el índice de inflación. Lo mismo ocurre en el Uruguay.

Con la extendida fase del ciclo de precios altos de las materias primas en que estamos, los precios de la carne han subido por el aumento de la demanda. Arrastrados por él. De allí que, en ambas márgenes del Plata, el Estado tuvo que enfrentar esta nueva situación. Benéfica, porque aumentan las exportaciones pero, quizás, preocupante porque ello se refleja rápidamente en los índices de inflación y, de algún modo, también en el humor de muchos.

El ex “tupamaro” y actual Ministro de Agricultura del Uruguay, José Mugica, reaccionó contra los frigoríficos y llegó con ellos a un acuerdo para moderar los aumentos de precios, consistente en poner a disposición del consumidor algunos cortes baratos, de modo de no debilitar las exportaciones y controlar el índice de inflación.

En la Argentina, el tema llegó al propio Kirchner. Como todo, en un ambiente cada vez más autoritario. Porque las exportaciones han crecido enormemente, hasta alcanzar los 1.300 millones de dólares este año. Y eso choca con el clásico paradigma peronista respecto de la carne, que dice que “lo primero y principal es que la gente tenga a su disposición toda la carne que quiera, barata”. Las exportaciones deben entonces postergarse o esperar, y los ingresos del sector sacrificarse. Por esto, primero se eliminaron las devoluciones de impuestos a los exportadores, para luego agregar retenciones (impuestos a la exportación, caso único -realmente freudiano-, en un mundo que subsidia masivamente a los agricultores) del 15% del valor de la exportación, desalentándolas y amenazando increíblemente con aumentar esas retenciones hasta el 25%. Porque, antes que nada, viene el tema del “poder político” y éste se construye inevitablemente sobre los votos de aquellos que definitivamente quieren tener siempre el asadito barato en la mesa, a cualquier costo. Particularmente si ello se logra sobre el sacrificio de otros. Así de simple. Esto -y no otra cosa- es lo que sugiere el referido paradigma peronista respecto de la carne. “Caiga quien caiga”, hubiera dicho por allí, alguno.

Mientras esto ocurre, en el más normal Uruguay, casi todos los precios han evolucionado en riguroso paralelo. Todos subieron más o menos del mismo modo, entonces. Con una suba generalizada que, en los últimos tres años, en moneda real, casi triplicó los precios.

Pero, cuidado, demagogos, ¡no apurarse! Esto sólo ocurrió después de años en los que el agro tuvo que “peludear” con “vacas flacas”, particularmente a fines de los 90 y comienzos de los 2000. Esto es, entonces, sólo una buena recuperación de niveles extraviados de precios relativos. Y palia el daño que ellos causaron, del que sólo los productores y los frigoríficos se acuerdan.

Mientras tanto, en el Uruguay, los precios de la carne de cerdo, como cabía esperar, se duplicaron. Y los de los pollos, siempre en esos mismos tres años, crecieron un 50%. De esta manera, la carne de vaca hoy duplica, en precio, a la de pollo y los precios de la carne de cerdo están, en cambio, al mismo nivel que los de la carne vacuna. Por esto no sorprende que haya aumentado sensiblemente el consumo familiar de pollo. Ni que, una vez liberado del IVA, lo mismo haya ocurrido con la excelente carne de cordero oriental.

“Vidas paralelas”, diría Plutarco. No tanto, según queda visto. Ocurre que en tiempos de Plutarco no había peronismo, de allí que la gente estaba inmune a su siempre extraña patología. © www.economiaparatodos.com.ar




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