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jueves 23 de febrero de 2006

Poder y corrupción

En ocasiones se sugirió que sólo la izquierda contaba con valores morales que le permitían ser inmune a la corrupción que acompaña al poder. Las experiencias del Partido de los Trabajadores brasileño y de todas las infames “nomenklaturas” del mundo socialista demuestran acabadamente que las “izquierdas necesariamente limpias” son un mito.

Es bien sabido que, en general, en el curioso “mundo” de la política, el poder corrompe. Y también que la acumulación de poder, esto es la existencia de mucho poder, corrompe mucho.

No siempre es necesariamente así, es cierto. Pero son tantas y tan frecuentes las experiencias que la historia acumula sobre la relación del poder y la corrupción que hay muy pocas dudas sobre este aleccionador axioma.

En algún momento se pretendió sugerir que solo la izquierda puede escapar a la corrupción. Las experiencias del Partido de los Trabajadores, de Lula, en Brasil, y los privilegios de toda suerte y la enorme y profunda corrupción de todas las infames “nomenclaturas” del mundo socialista, demuestran acabadamente que no hay tal cosa como “izquierdas necesariamente limpias”.

La corrupción infecta a la derecha, al centro y a la izquierda por igual.

Curiosamente también corroe a las “teocracias” musulmanas.

Así parece demostrarlo lo sucedido en Irán, que luce -quizás- como una sociedad distinta, profundamente religiosa, pero a poco que se analice lo que allí sucede se advierte que, paradójicamente, son precisamente los líderes religiosos los que acumulan no solamente poder, sino también fortunas inmensas, a espaldas del pueblo y de su bienestar.

Los llamados ayatollahs han organizado una red de unas 600 sociedades en el paraíso fiscal de Dubai, desde donde manejan silenciosamente sus respectivas fortunas personales o familiares, más allá de los impuestos de su propio país.

La estimación que existe sugiere que los religiosos iraníes habrían “sacado” ya de Irán unos 13 billones de dólares. Como “seguro” para “contingencias futuras”, probablemente.

Los más conocidos archimillonarios son: (i) El ex presidente y ayatollah Hashemi Rafsanjani, que fuera recientemente derrotado por los “jóvenes fundamentalistas” en su intento de retornar a la primera magistratura de su país. Rafsanjani, además de ayatollah es el emperador del pistacho, que enloquece a muchos musulmanes y tiene -además- fuertes intereses en el sector de la energía. No es tonto, entonces, el hombre, sino más bien “ligero”. Su fortuna personal se estima en unos 1.100 millones de dólares. (ii) El ayatollah Ali Meskini, el portavoz de la Asamblea Legislativa, que es en rigor el rey del azúcar, con un patrimonio estimado en más de 330 millones de dólares. (iii) El ayatollah Vaez Tabasi, que ha montado un gigantesco imperio inmobiliario, estimado en unos 700 millones de dólares. (iv) Y el ex general Mohsen Rezai, quien habría acumulado un patrimonio de más de 650 millones de dólares.

La lista de “ángeles millonarios” es larga, e incluye a otras figuras prominentes, como el ayatollah Khazali, que estuviera en el Consejo de los Guardianes, y a Mohammed Ali Taskhiri, el zar de la información en Irán, una suerte de equivalente, quizás, a nuestro sigiloso Héctor Magneto, el hombre fuerte de Clarín, que se vanagloria de hacer y destruir presidentes.

Esta fea hemorragia de corrupción ha preocupado notoriamente al joven presidente de Irán, Ahmadinejad, quien, recordamos, hizo toda su campaña electoral atacando duramente a la corrupción que parece afectar a la buena parte de la oligarquía religiosa de Irán. Razón por la cual es cierto que algunos de los ayatollahs deben ahora poner sus blancas barbas “en remojo”, porque bien puede cernirse una fea tormenta sobre ellos y sus fortunas. Es posible que pronto les llegue la hora de tener que explicar.

Lo grave es que no saben que la reacción del pueblo contra la percepción de corrupción es el bien conocido: “que se vayan todos”.

Así lo sugiere la derrota del liberalismo en Canadá, en manos de los conservadores, que hacía 13 años que no accedían al poder y que aprovecharon la ola de casos de corrupción que afectó al Partido Liberal y terminó quitándole el favor del electorado. Y también la no demasiado sorprendente derrota de la perceptiblemente corrupta OLP (Al Fatah) en manos del fundamentalismo propio de Hamas, en las recientes elecciones palestinas.

Pero queda visto, según enseña lo que ha acontecido en Irán, que ni los propios fundamentalistas religiosos están exentos de la corrupción que engendra el poder. Porque sucumben muy fácilmente ante ella.

De allí la necesidad de resistir siempre a todos los intentos de “concentración” del poder en pocas manos, aunque sean patagónicas; a las constantes “delegaciones” de facultades propias de un órgano constitucional a otro, a las que parecemos habernos resignado; y de exigir permanentemente transparencia y rendición de cuentas.

No es posible que la justicia federal sea funcional al poder. Ni que, de pronto, un sobrino “juzgue” (sin excusarse) al presidente respecto del manejo de los fondos provinciales, “archivando” así una causa que debió haberse manejado cuidadosamente, privilegiando la transparencia. Porque estos episodios sugieren que se maneja a una justicia que es funcional al Poder Ejecutivo.

La corrupción de los esquemas democráticos es frecuentemente utilizada para encubrir la extendida corrupción que hace que algunos políticos, de pronto, se transformen en ricachones o potentados, a los ojos de todos. Como algunos ayatollahs y como muchos de nuestros políticos vernáculos que, de pronto, lucen corbatas de Hermés o costosos trajes o camisas, o usan llamativos vehículos, a los que visiblemente no estaban acostumbrados antes de llegar al poder. Todo un tema no resuelto, que aqueja a nuestra ya desteñida República. © www.economiaparatodos.com.ar




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