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jueves 11 de octubre de 2007

¿Por qué Hugo Chávez?

Sin darse cuenta, los venezolanos depositaron su fe en un hombre que garantiza la perpetuación del sistema que empobreció a Venezuela. Sus políticas no son nuevas, sólo que antes se llevaron a cabo en grados y combinaciones distintas.

¿Qué hizo posible a Hugo Chávez? ¿Por qué un país permite a un hombre cuyas credenciales son las de líder de un golpe militar que intentó derrocar a un gobierno legítimo convertirse en el gobernante desbocado de la nación? ¿Qué clase de gente aplaude a un presidente que quiere reemplazar las instituciones republicanas por un sistema –el socialismo– que el siglo XX desacreditó hasta la médula?

Algunas de las respuestas a estos angustiosos interrogantes pueden encontrarse en un reciente trabajo del profesor Hugo Faría, patrocinado por el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) y la Universidad Monteávila en Caracas: “Hugo Chávez, desde la perspectiva de la economía venezolana y la historia política”. No se trata de un ejercicio puramente académico. La historia de América Latina demuestra que los caudillos populistas siguen apareciendo con asombrosa frecuencia. Entender por qué Chávez llegó al poder hace casi una década y ahora pretende una reforma constitucional que le permita la reelección permanente es un paso necesario para tratar de prevenir el surgimiento de futuros caudillos populistas.

En la primera mitad del siglo XX, Venezuela tuvo una economía bastante libre aunque su sistema político no era democrático. Lejos de dar pie a una típica economía dirigista dependiente de los recursos naturales, el descubrimiento de petróleo en 1918 aceitó un sistema de libre mercado que condujo a resultados espectaculares. Por supuesto, el petróleo, que estaba en manos privadas, vivió épocas de auge. Pero las manufacturas y los servicios también se expandieron a tasas superiores a las de la economía en su conjunto.

El Banco Central era autónomo, la tasa marginal del impuesto a la renta era del 12 por ciento, el Estado no absorbía más de una quinta parte de la producción de la nación y el superávit fiscal era un ritual de todos los años. Hacia 1960, un trabajador venezolano promedio ganaba 84 centavos por cada dólar que percibía un trabajador estadounidense promedio.

Algo ocurrió entonces. Comenzó bajo el gobierno dictatorial de los años 50 y cobró ímpetu cuando la democracia llegó a Venezuela en 1958: los venezolanos pasaron de ser en su mayoría emprendedores autónomos a depender de un Estado que empezaba a crecer y crecer. El profesor Faría considera que el éxito económico condujo a un deseo de participación política –es decir, a la democracia–, que a su vez generó toda clase de presiones sobre una nueva elite política propensa a consentir los instintos de la gente, que prefería la dependencia antes que el trabajo duro.

“El comienzo de la democracia”, afirma Faría en este trabajo publicado en inglés, “trajo más políticas redistributivas y una mayor influencia de los grupos rentistas que tuvieron el efecto de socavar las libertades económicas”. Los resultados fueron un elevado gasto fiscal, límites a la inversión extranjera, una oleada de nacionalizaciones y la politización de la moneda y el poder judicial. Entre 1960 y 1997, el año previo a la llegada de Hugo Chávez al poder, el ingreso real per cápita de Venezuela se redujo a una tasa anual promedio del 0,13 por ciento.

Yo añadiría otra explicación a la ofrecida por Faría acerca del tránsito hacia el Estado gigante tras el establecimiento de la democracia en Venezuela: la cultura política de las elites latinoamericanas. Ellas estaban profundamente influenciadas por las ideas nacionalistas en boga, según las cuales el desarrollo sólo era posible independizándose de los grandes centros de poder y gestando mercados internos mediante la protección gubernamental. Las políticas asociadas a estas ideas –sustitución de importaciones, nacionalizaciones, manipulación monetaria, control de precios– habían arraigado profundamente en el imaginario político de América Latina.

Cuando Chávez realizó su campaña contra el “puntofijismo” –el nombre con que se conoce en Venezuela a las cuatro décadas de gobierno democrático que van de 1958 a 1998–, calzó con un pueblo que había perdido la fe en sus instituciones republicanas. Ese pueblo no recordaba los días del Estado pequeño y asociaba la economía venezolana con la explotación del libre mercado debido a que unos pocos grupos cercanos al Estado parecían prosperar a expensas del resto.

Sin darse cuenta de ello, vaya tragedia, la gente depositó su fe en un hombre que garantizaba la perpetuación del sistema que había empobrecido a Venezuela. Nada de lo hecho por Chávez –dádivas, nacionalizaciones, expropiación de tierras, control de precios, impuestos– es nuevo. Bajo los gobiernos de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera (en dos ocasiones), Carlos Andrés Pérez (dos veces), Luis Herrera y Jaime Lusinchi, esas políticas también se llevaron a cabo en grados y combinaciones distintas. El precio del petróleo no era tan alto como lo es hoy, así que las deficiencias eran más difíciles de ocultar que en la Venezuela actual.

La inmensa responsabilidad de los gobiernos democráticos de Venezuela en el surgimiento de Chávez es algo que los latinoamericanos jamás deben olvidar. No fue la democracia liberal como sistema, sino quienes actuaron bajo su manto, los que hicieron a Chávez, el hombre que ahora va en pos de la reelección indefinida. Qué historia tan triste. (c) 2007, The Washington Post Writers Group.

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