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Jueves 16 de abril de 2009

Pudor

Habituados a que el maltrato a la democracia se haya convertido en moneda corriente, los argentinos hemos perdido la capacidad de sentir tanto asombro como vergüenza.

texto de la notaLa capacidad de asombro va camino de perderse definitivamente en la Argentina. La cantidad de hechos y cosas a las que nos hemos acostumbrado en los años K, cuando uno las contrasta contra la memoria de hace sólo unos años, llama la atención y alarma. Le hemos perdido el respeto al pudor. La naturalidad es la sensación con que tomamos lisas y llanas aberraciones.

La materialización del voto a como dé lugar, la obtención a cualquier precio del salvoconducto democrático que le permita a los ocupantes del Estado seguir “haciendo lo que quieren” (palabras usadas por Néstor Kirchner para definir la democracia en el acto callejero del 24 de junio de 2008 Congreso en la previa de la votación en el Senado de la resolución 125), la burla en plena cara de la gente, el tomar como simpáticas tácticas de guerra electoral lo que no constituye otra cosa que estafas a la voluntad del pueblo, es la regla en la que el kirchnerato ha convertido a la política argentina.

Consciente de que el mundo ya no permite las aventuras de dictadorzuelos que anden por allí arrebatando el poder por la fuerza, el nuevo fascismo sabe que debe obtener al menos una credencial “democrática” que le permita disimular su poder de facto. Para ello no duda en echar mano de cualquier cosa -literalmente- para sostenerse en sus poltronas.

En esa línea ahora han propuesto, con total soltura e impudicia, que funcionarios en ejercicio de funciones ejecutivas se presenten en las próximas elecciones para cargos legislativos con la anticipada decisión de no asumir nunca sus nuevos puestos y permanecer en los que tienen. La gente estaría votando a alguien que luego de una campaña completamente hipócrita (porque no es posible calificar de otra manera una campaña que se haga para propagandear teóricamente una acción que nunca se cumplirá porque el puesto para cuyo ejercicio el voto se pide, no se asumirá nunca) desaparecerá del lugar dejando en su puesto a alguien de quien el ciudadano no tiene la menor noticia.

Es la manera de llevar a la arena electoral la figura del testaferro: un hombre de paja que aparece por sorpresa cuando la cara visible que engañó a todos desaparece.

Especulan diciendo que la práctica no está prohibida. Muchos juristas incluso han debido aceptar que más allá de la inmoralidad y la falta de ética que implica, la acción no podría impugnarse legalmente. Otros en su afán de que el ardid no quede impune pretenden someterlo a la figura de la estafa privada que prevé el Código Penal, en una infantil esperanza que desconoce el hecho de que para que se de ese supuesto del tipo penal hace falta acreditar un daño particular a un damnificado puntual, algo de difícil traslación al terreno institucional. Más allá del comprensible esfuerzo de intentar prohibir por analogía lo que sería una inmundicia, es cierto que esa acción tendría escasas posibilidades de prosperar.

Pero el simple hecho de que a nadie se le haya ocurrido prevenir la posibilidad y, de ese modo, prohibir su práctica, es un indicio claro del deterioro moral del país: nadie lo prohibió porque nadie creyó que fuera moralmente posible que alguien lo intentara.

Está claro que esos inocentes no conocían a Kirchner ni previeron que alguien así pudiera aparecer en el horizonte político argentino.

Pero lo cierto es que la idea fue lanzada y, más allá de haber suscitado el inmediato rechazo de la oposición, de la prensa independiente, de los especialistas jurídicos y de los interpretes de la Constitución, muchos otros -más allá de propia troupe de felpudos oficiales- lo recibieron como una “ranada” de Kirchner, como una “genialidad” táctica equiparable a la confiscación de las AFJPs para hacerse de fondos o al adelantamiento de las elecciones.

Son los típicos enamorados de “los hechos”, aquellos para los cuales lo único que vale es la viveza táctica para conservar o lograr el poder. Se trata de la parte de la sociedad gracias a la cual un fenómeno como Kirchner es posible en un país como la Argentina.

Es la parte del país para la que el pudor es un sinónimo de tontería; para los que la institucionalidad de las reglas de juego es un detalle menor frente al que resulta estúpido detenerse. Son los fascistas de alma encantados con la acción directa.

Cierta parte de la prensa ha comenzado incluso a hablar de la “fórmula” Kirchner –Scioli como si esto fuera una elección presidencial. Nadie admite que las elecciones legislativas intermedias son concebidas en una democracia en serio como una “toma de temperatura” de las opiniones de la sociedad para que el gobierno tome nota de ellas y realice los ajustes en su acción que vayan en línea con el camino que el pueblo le marque.

Pero, claro, ¿cómo decir “opiniones de la gente”, “realizar ajustes de rumbo” sin advertir que lo que tenemos delante es un gobierno para el que la única opinión que vale es la suya y el único rumbo que sirve es el suyo?

Repetimos: Kirchner fue claro el año pasado. A los gritos pelados dijo en las escalinatas del Congreso: “si esto no les gusta, hagan un partido político, ganen las elecciones y después hagan lo que quieran”. Era su recomendación a la gente del campo. Para él, él está allí para hacer lo que quiere. Lo que le da la “legitimación” a su omnímoda voluntad es el voto y ese voto hay que conseguirlo a como de lugar.

La presente idea está a un milímetro del fraude. Hacer presentar a candidatos que nunca asumirán su cargo es pedir el voto para usarlo de legitimante para seguir haciendo lo que quiere. Es un engaño liso y llano.

El problema que está más allá del posible entendimiento de Kirchner es que la democracia no es eso: él no está allí para hacer lo que quiere sino para consensuar armoniosamente las múltiples opiniones que el pueblo expresa. El pueblo somos todos; no la minoría que lo vota a él, aun cuando parte de esos votos sean productos de la estafa.

Sin embargo lo más grave no es la existencia de un amoral. Lo grave es que la sociedad no tenga resortes de pudor suficientes para expulsar a personajes como éste del horizonte público argentino. © www.economiaparatodos.com.ar


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