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Jueves 13 de mayo de 2004

¡Que Dios nos ampare!

El gobierno se ha propuesto salir de una crisis creada por el populismo con un fuerte intervencionismo: controles distorsivos de los mercados y creación de empresas públicas. El resultado no puede ser otra cosa más que el desastre.

Finalmente el presidente se dio el gusto de anunciar la creación de una nueva empresa estatal para producir energía. No es este un paso aislado que lejos está de marcar un rumbo económico, sino que, muy por el contrario, es otro paso más hacia el retroceso de la economía argentina que se suma a otros recientemente dados.

En efecto, cabe recordar que esta nueva muestra de estatismo se suma a la ya creada empresa estatal de aviación –que, a propósito, nadie sabe si funciona o no–, al mantenimiento de la expropiación por parte del Estado de las divisas por exportación –cuyos dueños, los exportadores, son obligados por el Estado a venderlas–, a la sistemática destrucción del sistema de jubilación privada, a los controles de precios en los servicios públicos, a las retenciones a las exportaciones agrícolas y ahora a las de petróleo y gas, por citar algunos ejemplos.

Seguramente el Sr. Kirchner ya no estará en el poder cuando estas nuevas empresas estatales tengan pérdidas que inevitablemente serán un peso más para los sufridos contribuyentes. Ni tampoco estará en el poder cuando esas mismas empresas estatales terminen transformándose en un nido de corrupción, con ñoquis por doquier, directores nombrados por amiguismo político y compras fraudulentas de las que se volverán a beneficiar algunos contratistas del Estado, quienes ya en el pasado hicieron fortunas gracias a la corrupción reinante en las empresas públicas. Así, la justa distribución de la riqueza seguirá los mismos parámetros que tuvo durante décadas. Empresarios ricos gracias a las coimas que pagarán para venderle caro al Estado y funcionarios públicos que engrosarán su patrimonio personal comprando a precios disparatados. Mientras tanto, como cortina de humo para disimular esta redistribución del ingreso, las palabras soberanía nacional, políticas sociales y cuidar a los más pobres serán esgrimidas como fundamento del nuevo despojo al que será sometida la población. El problema le quedará al resto de los argentinos. Total, en nuestro país los políticos pueden pasar por el gobierno y hacer todo tipo de destrozos sin que ni Dios ni la Patria se los demanden.

Ejemplos: Alfonsín sumergió al país en la hiperinflación y terminó de destruir su economía y, aun con estos antecedentes, sigue hablando sin ningún sentimiento de culpa; Duhalde hizo un destrozo fenomenal con la devaluación y hoy es la alternativa política a Kirchner. Y así podríamos seguir con los ejemplos de De Mendigueren, Remes Lenicov, Rodríguez Saá y muchos otros que pasan por el gobierno, destruyen todo lo que hay a su paso y se van muy tranquilos a su casa como si nada hubiera pasado. Peor aún, son premiados con puestos en el exterior y ganan suculentos honorarios en dólares que, como no podía ser de otra forma, pagan los contribuyentes.

Pero volviendo al discurso del presidente del martes a la noche, lo que queda claro es que su estrategia de gobierno lo lleva, indefectiblemente, a ir enredándose cada vez más con el tema económico hasta el colapso final. ¿Por qué? Porque a las distorsiones que producen las medidas intervencionistas que aplica, trata de resolverlas con más intervenciones.

Ejemplo número uno. El control de cambios vigente, que obliga a los exportadores a vender sus divisas, hace que el Banco Central de la República Argentina (BCRA) tenga que emitir pesos para comprar los dólares de los exportadores. Como esa emisión monetaria puede generar inflación si entra en circulación, lo que hace el Estado es agregar otra regulación a la primera. Retira del mercado los pesos emitidos colocando deuda pública. El fuerte ritmo de emisión de Lebacs y Nobacs que está haciendo el BCRA muestra cómo el gobierno se va enredando en sus propias regulaciones. No me extrañaría que en el futuro, a medida que la deuda del BCRA siga creciendo, se obligue a los bancos a comprar bonos del BCRA con los depósitos de la gente. Y tampoco me sorprendería que más adelante asistamos a otra confiscación de depósitos o hiperinflación si el BCRA sigue emitiendo para comprar las divisas de los exportadores.

Ejemplo número dos. Se devaluó, se pesificaron los contratos, se crearon todo tipo de inseguridades jurídicas y, ante la menor inversión en el sector energético, el Estado intenta corregir el problema creado por la intervención estatal, con más intervención estatal: funda una empresa pública, aumenta los derechos de exportación de gas y petróleo y rompe contratos con Chile, entre otras medidas.

La creación de la nueva empresa estatal y la amenaza del presidente al sector privado para que baje el precio del gas en garrafa, confirma que este es un gobierno que está totalmente decidido a intervenir cada vez más en la economía, ya sea actuando como empresario o bien estableciendo controles.

La mayor intervención del Estado en la economía sólo permite pronosticar una creciente inseguridad jurídica para invertir, dado que la rentabilidad no será fruto de la buena gestión empresarial, sino que estará determinada por los caprichos del burócrata de turno. Será el Estado quien declare ganadores y perdedores. Los empresarios honestos tendrán que poner su patrimonio a disposición de las necesidades políticas del gobierno y los empresarios corruptos conseguirán jugosos ingresos haciendo negocios con el Estado intervencionista. Invertir en Argentina será lo mismo que ir al casino y jugar todas las fichas a un pleno.

No hay un solo caso en la historia económica mundial que muestre que un país pudo salir de una crisis desatada por el populismo con más populismo.

Nuestro país, que ha sido transformado por los políticos en un laboratorio de ensayos de los proyectos más disparatados, está a punto de vivir una experiencia inédita.

Si el gobierno persiste en esta estrategia, la crisis de enero de 2002 puede llegar a ser un juego de niños comparado con lo que puede venir.

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