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Lunes 13 de agosto de 2007

Recuperar el valor de la cena familiar

El espacio de comunicación, encuentro e intercambio que puede ofrecer la última comida del día tiende a desaparecer en la sociedad moderna.

Nuestros hijos son nuestro fiel reflejo. Este axioma que repito siempre, muchas veces me permite generar en los padres inquietudes acerca de si están formando bien a sus hijos.

Durante décadas, la última comida del día era el momento donde el padre que volvía de trabajar se sentaba con su familia y todos juntos podían comentar las actividades realizadas; debatir sobre distintos temas sociales, políticos o religiosos; o, simplemente, disfrutar de un momento de encuentro familiar. Era el espacio del diálogo, de la comunicación gestual y verbal por excelencia, donde los roles estaban bien definidos: el padre se sentaba a la “cabeza” de la familia, a su costado se ubicaba su mujer (quien había preparado con mucha dedicación la comida y representaba claramente el “corazón” de la casa) y, junto a ellos, los hijos ansiosos por contar sus actividades del día, por escuchar y ser escuchados.

Hoy, este momento está tendiendo a desaparecer por distintos motivos: los horarios de trabajo se han extendido, las actividades post laborales aumentaron y la televisión ocupa un lugar que antes no existía.

Es indudable que, en las últimas décadas, los avances tecnológicos y científicos han mejorado la calidad de vida de las personas. Sin embargo, en ocasiones nos hacen olvidar los ritos y tradiciones que forman parte de nuestra esencia como familia, es decir, como núcleo primario de la sociedad.

Recuerdo cómo en mi infancia y adolescencia (y seguramente muchos de los lectores también lo recordarán) las comidas familiares eran indefectiblemente el momento del encuentro de todos alrededor de la mesa, para conversar, debatir o escuchar teorías paternas o maternas que finalmente contribuyeron a formar la personalidad de las miles de personas que disfrutamos de esos intercambios.

Este espacio no siempre es necesariamente divertido, aunque sí debería ser profundamente formativo y tender no sólo a generar un momento de comunicación, sino también adecuados hábitos nutricionales. Lamentablemente, hay indicadores de que esta situación ha cambiado y, tal vez, no para mejor.

Distintas encuestas señalan que, en la actualidad, más del 30% de los adolescentes comen menos de dos veces por semana con su familia y más del 50% lo hacen viendo televisión.

El problema está a la vista. Si nuestros hijos comen cualquier cosa y a deshora, adquieren hábitos alimenticios nocivos que, sumados al sedentarismo que produce el exceso de horas frente a un televisor o computadora, terminarán generando problemas físicos como hipertensión arterial, diabetes, obesidad (más del 20% de los adolescentes son obesos) y problemas psicológicos asociados, como la disminución de la autoestima y la capacidad de sociabilizar.

Además de las complicaciones físicas y psicológicas, existen otras que son difíciles de mensurar. Como señalamos antes, más de la mitad de los niños y adolescentes comen mirando televisión, recibiendo información que no siempre coincide con el ideario familiar y sin la menor posibilidad de ser confrontada por los adultos que más los quieren (sus padres).

Mala alimentación, poco actividad física y social, e imposibilidad de debatir ideas con los educadores principales termina siendo una mezcla tóxica y altamente perjudicial.

Todos queremos que nuestros hijos sean felices y para esto debemos asumir nuestra responsabilidad de padres. Podemos y debemos recuperar el hábito saludable de comer en familia, de disfrutar una sobremesa donde los actores principales no estén proyectados por la pantalla del televisor, sino que las estrellas seamos los padres y los hijos.

Podemos y debemos recuperar el hábito de sentarnos a comer, donde nuestros hijos aprendan de nosotros cómo y cuánto comer, cómo mantener una conversación respetuosa, cómo debatir ideas respetando las del otro.

La comida familiar posiblemente no sea la solución de los problemas que enumeramos, pero sin duda es un comienzo. © www.economiaparatodos.com.ar

Diego E. Fernández Sasso es médico pediatra y miembro del equipo de profesionales de la Fundación Proyecto Padres.


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