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Jueves 8 de junio de 2006

Reflexión sobre el fascismo

La discriminación ejercida por aquellos que acusan de fascistas a los que son las verdaderas víctimas del silencio, la censura y la exclusión es sencillamente insoportable: un país en donde las opciones de vida oscilan entre el insulto y el silencio no es un país vivible.

En un reportaje (¿?) radial que le hice el miércoles pasado a una de los presidentes de la FUBA, María Damasseno –de ella se trata- me preguntaba con insistencia para qué la había llamado si no me gustaba lo que ella opinaba. En un tono de total incredulidad frente a lo que para ella era una ocurrencia rayana en la paranoia, insistía en querer saber cuál era el propósito de mi llamado y mis preguntas si yo no estaba de acuerdo con ella.

Llegar a sacar en limpio esta simple conclusión no fue fácil. Si a lo que mantuvimos se lo puede llamar “reportaje”, digamos que el “diálogo” estuvo permanentemente interrumpido, desde que María olfateó que mi perfil de país no era exactamente igual al suyo. A partir de ese momento, comenzó su andanada de gritos, mezclados con la incredulidad de no poder dar crédito a la idea de que un cristiano ose llamar por radio a alguien con quien no va a coincidir.

En el mundo dibujado por las “Marías Damassenos” no existen los diálogos entre personas de pensamiento diferente. Allí el pensamiento es único: o pensás como María o te callás, la condición para hablar con ella es tener su mismo criterio. En su cerebro ni siquiera entra la posibilidad de que las relaciones humanas se establezcan entre personas con distintas opiniones. De allí su tono, mezcla de sorpresa y estupefacción, cuando descubrió del otro lado del micrófono a un disidente.

¿Qué perfil tendría el país con las “Marías Damassenos” en el poder? Quizás uno parecido al actual, en donde el pluralismo se conjuga en singular, o quizás otro, más subido de tono, plagado de brazaletes y brazos extendidos en permanente señal de obediencia al pensamiento oficial.

Setenta y dos horas después de que Roberto Lavagna diera un reportaje de ocho páginas al diario Perfil, la andanada de diatribas le cayó encima al ex ministro de Duhalde y de Kirchner. Es más, los tres días de paz que tuvo seguramente se debieron al simple hecho de que para mandarlo a callar había que tomarse el trabajo de leer. Pero después de la holganza, la mazorca comandada por Luis D’Elia, Felisa Miceli y Carlos Kunkel salió a escrachar a quien había osado disentir con la voz del Cielo. Cuando Lavagna observó que “ahora parece que no somos tan plurales” a la hora de concertar, el presidente desde Chubut “aclaró” que el diálogo no incluye “a los que robaron y saquearon el país”. De ello se deduce que no sólo López Murphy, Macri, Sobisch y Carrió son ladrones, sino que Lavagna también integra esa lista. Lo único que no queda claro es cuándo el ex ministro perfeccionó sus latrocinios, dado que acompañó a la Verdad hasta hace muy poco. (¡¡¡¡Claro, debe haber sido durante el gobierno de Duhalde!!!!)

D’Elia salió a “imputarle” a Lavagna el delito de creer que los aumentos indiscriminados de salarios son inflacionarios. Independientemente de que no fue eso lo que dijo el ex ministro a Perfil, ¿cuál es el impedimento para que Lavagna pueda pensar eso? Muy sencillo: ese pensamiento no coincide con lo que creen los dueños de la actual Verdad, por lo tanto, debe callarse, so pena de ser acusado, como lo fue, de todo tipo de imputaciones incomprobables.

Este repugnante fascismo ejercido en forma indiscriminada por aquellos que acusan de fascistas a los que son las verdaderas víctimas del silencio, la censura y la exclusión es sencillamente insoportable. Que la imagen de bandas de matones, gritones profesionales y mentirosos consuetudinarios tapando la boca de los que opinan distinto llegue con distorsiones al pueblo es una situación que no puede persistir. La hipocresía debe terminar. Las personas de bien deben percibir con claridad dónde está el verdadero fascismo y quiénes son los reales y únicos fascistas.

Un país en donde las opciones de vida oscilen entre el insulto y el silencio no es un país vivible. Un país en donde las personas deban elegir entre quedarse calladas o ser objeto de diatribas, insultos, acusaciones infundadas y escraches es un país, lamentablemente, muy parecido a los regímenes que ahogaron la libertad del mundo y que llevaron a la humanidad a la más impresionante pérdida de vidas que recuerde la historia del universo. La hora de las cruces marcadas con alquitrán en las puertas de las casas ha pasado. Quienes se llenan la boca hablando de los derechos humanos deberían dejar de ejercer las prácticas de los máximos violadores de los derechos humanos de la Historia. La sistemática identificación de grupos de personas como “enemigos del país y del pueblo” por el simple hecho de que esas personas tienen ideas diferentes a los “fachos” que detentan el poder debe acabarse.

La prepotencia y el atropello, el ejercicio de la fuerza, la preponderancia del número y el privilegio del grito deben dar paso a la concordia, a la ponderación de la idea ajena, a la identificación con el prójimo y a la creencia de que la fortaleza espiritual del país se logrará a partir de la aceptación del pensamiento múltiple y diferente y de que no por expresar criterios distintos algunos argentinos son más argentinos que otros. Esa idea de lo “nacional” expresada como excluyente de un conjunto determinado de creencias debería de dejar de escribirse con “c” para pasar a escribirse con “z”, y dejar al desnudo al verdadero “nazionalismo”. © www.economiaparatodos.com.ar




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